Un amor expuesto

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Risas y más risas, estábamos sentados en círculo, conversando de una trivialidad a otra, de manera tan natural que pareciese que lleváramos años de conocernos.

Un grupo de amigos que se conoció por casualidad, por una afición, la música. Había sido cuestión de días, una conexión especial me hizo unirme a ellos, sonreía. Estaba en mi lugar, sonriendo, sintiendo que por fin podía ser yo misma.

Estaba segura de que el resto también lo era, podía haber vulnerabilidad, llanto, risas... Pero sobre todo CONFESIONES.

-Debo confesar algo.- expresó Fer, haciéndose pequeña en su lugar, levantando los hombros ligeramente, mientras sus mejillas se coloreaban se un rojo carmesí.

-¡Dilo ya!- exclamó Sofí, tomando con fuerza la bolsa de palomitas número 4 de la noche, la cual no pensaba prestar a nadie.

-Ay, esperen que me pongo nerviosa.- explicó, al sentir todas las miradas sobre ella. Tapó su rostro con sus manos, tratando de agarrar valor de donde fuera.

-¡Habla!- pidió Bee, dando pequeños golpes al piso con sus pies consecutivamente, emocionada. Ella amaba el momento del confesiones al igual que todas las chicas.

Teníamos que aprovechar que el único chico que había llegado a tiempo a la reunión había salido a comprar hielo con Mimi. Nunca es suficiente hielo al parecer.

Cuando Fer estaba a punto de confesar mi teléfono sonó, vi el nombre de mi madre en la pantalla. Me levanté con una pequeña mueca, mientras seguía viendo mi celular.

-Lo siento chicas, debo contestar.- expresé antes de salir de la habitación y llegar al pasillo, tras cerrar la puerta. Estaba segura de que me perdería de la confesión.

Conteste el teléfono, mientras bajaba las escaleras.

-Sí...- pregunté en cuanto la llamada comenzó. Al llegar a la entrada del pequeño edificio en el que estábamos, tomé mi abrigo del perchero y saqué mis llaves del bolso que había dejado junto con el.

Abrí la puerta que daba al exterior, nevaba, era invierno, la cuidad estaba silenciosa, vacía. A lo lejos vi un hombre caminar arrastrando los pies, ninguna otra señal de vida.

Me concentre en mi llamada, colgué con una sonrisa en los labios y antes de darme la vuelta una conversación indiscreta llegó an mis oídos.

-Yo quiero estar contigo...- ¿era la voz de Mimi? Me pregunté en mi interior, frunciendo ligeramente el ceño.

-Lo sé, yo también quiero estar contigo. Pero entiende que no puedo, mi moral...- ¿Rod? No entendía absolutamente nada, caminé lentamente unos pasos. Al divisar el callejón aledaño, ahí estaban, con sus abrigos, sus gorros y bufandas que les impedían sufrir por el frío.

Rod cargaba las bolsas de hielo, mientras miraba intensamente a Mimi, como si estuviera hipnotizado por sus ojos oscuros.

-Estoy harta de esa excusa, tú estúpida moral y las supuestas reglas que nos impiden estar juntos. ¿De verdad me quieres? Solo estoy alimentando tu ego, ¿verdad? Es eso...- expresó con rabia, dando pasos hacia atrás, para empezar a caminar de un lado a otro, mientras lo apuntaba con su dedo índice.

-Mimi...- dejó caer las bolsas de hielo sobre el asfalto cubierto por una fina capa de nieve. Tomó sus hombros y esperó a que la más pequeña le mirara de vuelta.- Te quiero, me gustas, muchísimo y lo sabes. Pero no creo que sea correcto que esté contigo en este momento. Sé que no lo ves con tanta claridad como yo y ahí es justamente donde me doy la razón. Lo que menos quiero es hacerte daño, no me lo perdonaría.- mi corazón sintió sus palabras, era sincero. Una sonrisa se escapó de mis labios, Mimi era tan afortunada.

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