Prefacio

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Época antigua.

Hay eternidades tan fugaces que duran solo instantes.

Estaremos juntos toda la eternidad, aunque la mía dure menos que la tuya —pensaba Wei Wuxian cada vez que miraba a su amado esposo.

A veces no podía evitar observarlo a lo lejos y sentirse culpable por tener que, tarde o temprano, abandonarlo una vez más.

Ambos estaban conscientes de la mortalidad, pero era un tema que no les gustaba tocar, en especial a Lan Wangji, quien siempre callaba a besos a su esposo cuando este intentaba hablarle sobre la muerte.

Lan Wangji había alcanzado la inmortalidad debido a su nivel de cultivación, algo que Wei Wuxian jamás lograría en el cuerpo de Mo Xuanyu. Había perdido su cuerpo original, y aunque su alma era la misma indomable de antaño, su núcleo dorado no.

Durante años había cultivado con la ayuda de Lan Wangji, pero por más que se esforzaba no lograba incrementar su nivel. Llegaron a la conclusión de que el cuerpo débil en el que se encontraba le ponía muchas limitantes, una de ellas era extender su longevidad.

—¿Vas a venir a la cama?

Salió de su ensimismamiento al sentir desde atrás la voz grave de su esposo haciéndole cosquillas en el cuello.

Wei Wuxian sonrió y se giró para mirar el hermoso paisaje que era el rostro de Lan Wangji enmarcado por su cabello suelto.

—Iré en un momento.

—No tardes mucho —besó sus labios un par de veces antes de volver sobre sus pasos hacia la habitación matrimonial.

Wei Wuxian volvió a su posición inicial, sentado en el marco de la ventana, con una jarra de Sonrisa del Emperador completamente intacta. Llevaba un par de horas ahí sentado, meditando mientras miraba el paisaje de su hermoso hogar.

Sonrió.

Los Lan habían sido muy buenos con ellos, en especial Lan Qiren, pues justo después de que se casaron les obsequió un pabellón hermoso en las montañas, completamente para ellos. Era un lugar precioso, lejos de todo y de todos.

—"Pabellón Loto Carmesí" —murmuró Wei Wuxian al viento, aún después de años viviendo ahí, el nombre de su hogar le ocasionaba un hormigueo agradable en el estómago. Y es que vivir ahí a solas con el amor de su vida era como un sueño hecho realidad. Estaban aislados en un cómodo lugar, nadie podía juzgarlos ni molestarlos. Había sido un buen obsequio.

Aunque ahora que lo pensaba bien, no podía evitar reír un poco, pues más bien parecía que el tío Lan los había enviado lejos para no volver a escucharlos en sus noches de pasión desenfrenada.

En ese bello pabellón tenían todo lo que les pudiera hacer falta, y más.

Su hogar era demasiado grande solo para ellos dos, sin embargo, era sumamente acogedor.

Con el paso de los años lograron convertirlo en un hogar lleno de calidez al que sus amigos y familia disfrutaban visitar. Tenían un pequeño pero hermoso lago en donde desembocaba una de las cascadas de las tantas montañas que los rodeaban. Ahí fue donde encontraron al culpable del nombre de su hogar. Había un brote de loto de un curioso tono carmesí, dicho brote no se abrió sino hasta que se mudaron al pabellón, sorprendiéndolos con sus pétalos de un rojo vibrante e intenso. Era único en su clase.

Estación tras estación, ese loto permanecía vivo y abierto en todo su esplendor a pesar de que sus demás compañeros se marchitaban y renacían según las estaciones. El loto carmesí no envejecía, pero tampoco se reproducía.

Loto CarmesíStories to obsess over. Discover now