Prólogo

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En Tegueste, el aire olía a sal y despedida. Era una tarde tibia, de esas en que el sol se queda colgado un poco más en el horizonte como si también le costara marcharse. Pedri caminaba nervioso por la plaza del pueblo, con esa mezcla de ilusión y vértigo que solo se siente cuando los sueños de la infancia se vuelven reales. El FC Barcelona lo había fichado. Él todavía no acababa de creérselo.

Tara Martín lo esperaba sentada en el banco donde tantas veces se habían encontrado desde niños. Sus manos se entrelazaban una y otra vez sobre el regazo, intentando domar la ansiedad que le roía el pecho. Llevaba semanas ocultando un secreto que le cambiaba la vida. A él también, aunque aún no lo supiera.

Cuando lo vio acercarse con esa sonrisa limpia, la garganta se le cerró. Pedri parecía el mismo chico de siempre: despeinado, con los ojos brillantes y ese andar ligero, como si ya estuviera corriendo hacia el futuro.

—¿De verdad mañana te vas? —preguntó ella, con la voz quebrada.

Él asintió, bajando la mirada un instante.
—Es mi oportunidad, Tara. Lo que siempre soñamos... bueno, lo que yo siempre soñé.

Ella sonrió, aunque le dolía el alma. Lo amaba lo suficiente como para no ser la sombra que empañara su luz. Quiso decirle la verdad, confesarle que en su vientre ya latía una vida que compartían los dos. Pero las palabras se le atascaban en la lengua. ¿Y si se lo digo y renuncia? ¿Y si me odia por frenarle el camino?

—Prométeme una cosa —dijo ella, con los ojos fijos en los suyos—. Que nunca vas a olvidar de dónde vienes.

Él se inclinó hacia ella, acariciándole la mejilla.
—Ni a ti tampoco.

Se besaron como quien sabe que ese recuerdo será lo único que le quede.

Cuando él se dio la vuelta para marcharse, Tara lo siguió con la mirada, conteniendo el temblor en sus manos apoyadas sobre el vientre. Su secreto era ya un sacrificio: dejarlo volar, aunque eso significara tenerlo sola.

El eco de los pasos de Pedri se perdió por la calle empedrada. Ella se quedó allí, con el corazón partido y la certeza de que, en silencio, había cambiado el destino de ambos para siempre.

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