PRÓLOGO, Capitulo 0 y 1

2 0 0
                                        

EL CANTO DE LA CREACIÓN, EL SILENCIO DEL VACÍO.
Antes del tiempo, existía el potencial. Un lienzo en blanco nacido del primer estallido.
En ese caos, dos voluntades despertaron. Opuestas. Absolutas.
Una era Lúmina, la Tejedora. Anhelaba la sinfonía. Deseaba que el polvo estelar danzara y se uniera en el abrazo de las estrellas, que la materia susurrara la primera chispa de vida. Su esencia era la existencia misma. El ser.
La otra era Nihilus, el Desvinculador. Anhelaba el silencio perfecto de la nada. Consideraba la existencia un ruido, una imperfección en la calma del vacío. Su esencia era la no-existencia. El no-ser.
Su campo de batalla fue la infinidad. Su guerra no se libraba con armas, sino con la voluntad. Donde Lúmina tejía una galaxia, Nihilus susurraba y esta se desvanecía en el olvido. Su conflicto fue un lienzo que se pintaba y borraba a cada instante.
En un sistema solar anónimo, su danza final de creación y aniquilación hizo añicos sus conciencias puras.
Lúmina, en un último acto, guio su esencia rota a un joven planeta azul y verde. Se hundió en su núcleo como una semilla de poder, el futuro Flujo Elemental.
Nihilus, fracturado, fue repelido. Su esencia quedó atrapada en la luna estéril, un pulso de aniquilación esperando que un alma vacía, en el mundo de abajo, escuchara su llamado. Y así, por primera vez, el universo conoció la paz. Una paz nacida del agotamiento.
Pero la paz, como el lienzo, no estaba destinada a permanecer en blanco. Pasaron eones, y en el planeta azul y verde, la semilla de Lúmina dio su fruto más complejo: la humanidad. Y con la humanidad, el conflicto encontró un nuevo hogar.
Desde sus inicios, la especie se dividió. Unos, en sintonía con el canto de la vida del planeta, descubrieron que podían manejar los elementos con la voluntad de Lúmina. Aprendieron a medir su conexión con la creación, y a esta medida la llamaron Unidad Flujo (UF).
Pero otros, cegados por la promesa de un poder absoluto, escucharon el susurro de la luna.
Encontraron en la antimateria la expresión física del vacío y aprendieron a canalizar el Pulso de Aniquilación, un poder puro y nato de oscuridad. Su fuerza, una medida de su capacidad para borrar la existencia, fue bautizada como el Índice de Aniquilación (IA).
El eterno conflicto de los dioses había encontrado un nuevo lienzo: el corazón de la humanidad. Y un nuevo ciclo de guerra y paz, de creación y aniquilación, comenzó.

CAPÍTULO 0: LA LEY DEL MILENIO

El mundo es un equilibrio. Una balanza cósmica con dos pesos opuestos: la Creación y el Silencio. Cuando la balanza se inclina, cuando la energía de la vida crece demasiado caótica o la sombra del vacío amenaza con consumirlo todo, el universo mismo busca corregirse. Y así, desde el albo de la humanidad, se estableció una ley inmutable. Un ciclo. Un sacrificio. Cada mil años, en algún lugar inhóspito del planeta —un desierto abrasador, los picos de una montaña olvidada, las profundidades de un océano— dos almas son escogidas. No nacen para ello, son marcadas por el destino, sus espíritus hallados compatibles con las voluntades primordiales de Lúmina y Nihilus.
Una de ellas, a menudo encontrada en lugares de una vida vibrante y una voluntad inquebrantable, es imbuida con la esencia de la creación. Se convierte en el recipiente de los seis elementos, un avatar de la vida misma. Llega a ser conocido como el Campeón de Lúmina.
La otra, frecuentemente un alma forjada en la soledad, el dolor o una profunda comprensión del vacío, escucha el susurro de la luna. Se le otorga el poder de deshacer, de borrar la existencia.
Llega a ser conocido como el Heraldo de Nihilus.
Su propósito es uno solo: encontrarse en un duelo sagrado. Una batalla que se llevaba a cabo cada mil años, no para la conquista, sino para mantener el equilibrio y evitar que la oscuridad reinara de nuevo en el mundo y el universo.
La ley de este duelo era absoluta. No había victoria. Solo un reinicio. En un choque final de poder elemental y aniquilación pura, ambos avatares se consumían mutuamente, muriendo en un sacrificio que devolvía sus energías al cosmos y garantizaba otros mil años de una frágil paz.
Ciclo tras ciclo, la historia se repitió. Un Campeón que era un rey sabio se enfrentó a un
Heraldo que fue un ermitaño. Una Campeona que era una feroz amazona se enfrentó a un Heraldo que fue un erudito silencioso. Las caras cambiaban, pero el final era siempre el mismo.
La canción y el silencio danzaban, y al final, ambos se desvanecían. Siempre.
Pero hace mil años, la ley fue rota. El ciclo fue profanado.
En los picos helados que coronaban el mundo, el duelo tuvo lugar como siempre. Pero el sacrificio no se completó. El Heraldo de Nihilus de esa era, un ser de una voluntad y un poder sin precedentes llamado Zerach, no solo derrotó al Campeón.
Él… sobrevivió.
Por primera vez en la historia registrada, el Silencio no se desvaneció junto a la Canción. Solo la silenció y permaneció. Y el mundo, sin saberlo, ha vivido desde entonces en un tiempo prestado, en una paz falsa, bajo la sombra de un ciclo roto.

Sousei to ShoumetsuStories to obsess over. Discover now