Gao To corría lo mas rápido que sus piernas le permitía, estaba asustado y no podía evitar mirar atrás a cada segundo mientras seguía en su huida.
Se detuvo cerca de una desolada calle, sus pulmones ardían y exigían aire y sus piernas un descanso. Mientras tomaba una gran bocada de aire fresco volvió su mirada hacia atrás y se sintió aliviado al ver que no había nadie siguiéndolo.
—Parece que no eres tan rápido—La figura recargada contra la pared apenas visible le hizo temblar y intentar correr pero era tarde los hombres de aquel hombre ya estaban detrás de él impidiéndole huir—Sabes que no puedes huir de mí.
Gao To retrocedió un paso, sus manos temblaban mientras buscaban desesperadas algún escape, aunque sabía que no lo había. El eco de sus propios latidos le retumbaba en los oídos, más fuerte que las voces de los hombres que lo rodeaban.
—¿Qué... qué quieres de mí? —logró decir, su voz apenas un susurro.
El hombre apoyado en la pared sonrió. No era una sonrisa amable, sino una mueca que parecía disfrutar de su miedo.
—Lo que siempre ha sido mío —contestó con calma—Tú
Gao To sintió que las rodillas le flaqueaban. La seguridad con la que ese hombre pronunciaba esas palabras lo desarmaba más que cualquier golpe.
—Yo... yo no soy tuyo —respondió, aunque ni él mismo estaba convencido de la fuerza en su voz.
El hombre se separó lentamente de la pared, avanzando con pasos calculados, como un depredador que ya sabe que la presa no tiene salida. Sus ojos brillaban con un fuego inquietante, mezcla de deseo y posesión.
—Siempre lo fuiste —murmuró—. Desde la primera vez que te vi escapar entre la multitud, desde que intentaste ocultarte de mí... supe que estabas destinado a mí.
El aire se volvió pesado, opresivo. Gao To retrocedió hasta chocar con el frío muro de concreto, y en ese instante comprendió que huir ya no era una opción.
El hombre extendió la mano, rozando apenas su mejilla con los dedos, un contacto que lo hizo estremecerse. No era ternura lo que transmitía ese gesto, sino una devoción peligrosa.
—No importa cuánto corras, cuánto grites o cuánto niegues lo que sentimos —su voz bajó a un susurro casi íntimo—. Nadie más podrá tenerte.
Gao To cerró los ojos, atrapado entre el miedo y una extraña atracción que no quería reconocer.
