capitulo 1

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Capítulo 1: Ecos del pasado

El viento de Forks soplaba con suavidad aquella tarde, haciendo que las hojas húmedas del bosque susurraran secretos que parecían destinados solo para ella. Rosalie Hale caminaba con pasos medidos, su figura erguida y elegante destacando entre la bruma que abrazaba los árboles. Los recuerdos de su vida humana, aquellos fragmentos difusos que solían arder con nostalgia y dolor, habían quedado enterrados bajo la eternidad de su existencia vampírica. Sin embargo, hoy algo en el aire parecía despertar ecos olvidados, algo que la hizo detenerse y mirar alrededor con atención inusual.

Era imposible ignorar la sensación de que alguien la observaba, que la buscaba más allá del velo del tiempo. Había tenido una vida humana, sí, pero nunca se había detenido a pensar en las conexiones que había dejado atrás. No hasta aquel día. No hasta sentir un calor extraño recorriendo su pecho, una sensación que el frío de su piel inmortal no podía explicar.

Fue entonces cuando la vio. Una figura humana, delgada, de cabellos oscuros y ojos que irradiaban un reconocimiento profundo. Aquella mujer parecía emerger del bosque mismo, como si los árboles la hubieran protegido durante años, manteniéndola intacta en algún rincón secreto del tiempo. Rosalie se quedó inmóvil. El corazón humano que ya no latía en ella habría querido acelerarse, temblar, confesar emociones que había enterrado con su humanidad. Pero no había pulso, no había sangre que impulsara sentimientos: solo la memoria de lo que pudo ser.

—Rosalie —dijo la mujer, con una voz que parecía acariciar cada fibra de su ser—. He esperado mucho tiempo por ti.

El nombre, pronunciado con tanta certeza y suavidad, hizo que un escalofrío recorriera su espina dorsal. Nadie había llamado a Rosalie por su nombre humano en siglos. Nadie excepto ella, su verdadera compañera, la mujer que había estado destinada a caminar a su lado antes de que la tragedia la transformara en algo que ya no podía compartir su humanidad.

Rosalie quería acercarse, quería abrazarla, escuchar cada palabra que aquel tiempo perdido había acumulado. Pero algo la detenía: el miedo. Miedo a la vulnerabilidad, a que la verdad de su eternidad destrozara lo que quedaba de la conexión humana. Su corazón, aunque inmóvil, parecía latir de forma imaginaria, recordándole que nunca podría regresar.

—No —susurró Rosalie finalmente, con la voz gélida que siempre mantenía frente a los humanos—. No puedes entender. Esto no es lo que crees.

La mujer frunció el ceño, la incertidumbre y la tristeza mezclándose en sus ojos. —Lo sé. Pero no puedes negar lo que éramos, lo que aún podríamos ser. —Se acercó un paso, y Rosalie retrocedió, incapaz de tocarla, de sentirla sin el abismo de siglos entre ellas.

Rosalie recordó aquel tiempo antes de la transformación, cuando su vida humana era breve y frágil, llena de sueños y esperanzas que nadie más podía comprender. Entonces, en su mente, aparecieron los recuerdos de su compañera: risas compartidas bajo cielos estrellados, promesas susurradas al viento, la sensación de un hogar que nunca había tenido. Pero todo eso estaba enterrado bajo la eternidad de su piel fría y su corazón inmóvil.

—No puedo —dijo Rosalie, con una tristeza que incluso ella misma no esperaba sentir—. Lo siento. No puedo ser lo que eras, ni puedo volver a ti. Lo que soy ahora… no hay lugar para nosotros.

La mujer se quedó en silencio, y por un momento, el mundo pareció detenerse. Las hojas dejaron de susurrar, y el viento se volvió tenue, como conteniendo la respiración ante el peso de la separación. Sus ojos brillaban, no de ira, sino de comprensión dolorosa. —Siempre te esperaré —dijo finalmente, con un hilo de voz—. Aunque tengas miedo. Aunque me rechaces.

Rosalie asintió levemente, sin fuerzas para hablar más. Sabía que aquel encuentro marcaría su eternidad. Había reconocido su destino, pero también había confirmado que jamás podría caminarlo. Su compañera se alejó, y mientras desaparecía entre la niebla del bosque, Rosalie sintió un vacío que ni la inmortalidad podría llenar.

Esa noche, sola en su refugio, Rosalie pensó en lo que había perdido antes de nacer para siempre. En lo que nunca podría recuperar. Y por primera vez, el frío que siempre la había protegido le dolió de verdad.

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