Capítulo I - El eco de las estrellas

3 1 0
                                        

El vacío me envuelve como una cuna sin bordes. No hay arriba ni abajo, solo la expansión infinita de galaxias que giran en silencio. El vuelo ya no requiere esfuerzo: me sostienen las corrientes invisibles del cosmos, como si siempre hubiese pertenecido a ellas. Abro los brazos y la energía se extiende, ardiendo suave en mis manos, recordándome que alguna vez fui humano.

Atravieso un cúmulo de polvo estelar, y las partículas brillan alrededor de mi cuerpo como luciérnagas atrapadas en un remolino. Cada estrella que dejo atrás parece murmurar mi nombre, aunque quizás sea solo el eco de mi propia memoria, fragmentada en milenios.

Recuerdo poco. Recuerdo demasiado. Un destello de una ciudad, luces artificiales, un laboratorio perdido en mi mente. Pero cuando intento aferrarme a esos recuerdos, se disuelven como arena entre los dedos.

El universo me recibe como testigo, como intruso. He visto soles apagarse como velas y he seguido el nacimiento de mundos que nunca conocerán mi paso. Y, sin embargo, en lo más hondo, me persigue la certeza de haber tenido un comienzo: un tiempo donde el aire quemaba mis pulmones y la carne obedecía al desgaste del tiempo.

Vuelo entre galaxias como quien busca un espejo. Busco imágenes que me devuelvan una forma; busco la manera de recordar el motivo que me volvió inmortal. A veces creo que lo que busco es una respuesta, otras veces creo que persigo algo más oscuro: un cierre, una rendición.

No estoy seguro de la decisión que tomé. No sé si era lo correcto quedarme con aquello que podía cambiarlo todo, o si mi acto fue el inicio de una condena que ahora debo sostener. Y ahora, mientras cruzo universos que no piden permiso, me pregunto si lo que busco en esta eternidad —tal vez el fin, tal vez la final pausa— no será en realidad el comienzo de mi propio final, la manera de terminar con esta vida que ya no sé si quiero seguir sosteniendo.

EternoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora