Entre estudios y convocatorias

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El sol de mayo se filtraba por las cortinas blancas de la habitación de Sophia , creando pequeños destellos dorados sobre los libros de filosofía e historia que se extendían por toda su cama. Había vuelto a casa aprovechando el día festivo en Toledo, donde estudiaba segundo de bachillerato en un internado, y ahora se encontraba rodeada de apuntes, subrayadores y esa sensación familiar de agobio que la acompañaba cada vez que pensaba en la EvAU.

—Dios mío, no entiendo nada de Kant —murmuró mientras se tiraba del pelo rubio, que llevaba recogido en un moño despeinado.

Su teléfono vibró sobre la mesilla. Era un mensaje grupal de sus mejores amigas del instituto.

**Vega**: *Soph, ¿cómo van los estudios en casita?*

**Gala**: *Seguro que está más relajada allí que nosotras aquí con los profes asfixiándonos*

Sophia sonrió por primera vez en toda la mañana. Vega y Gala eran sus anclas, las únicas que realmente entendían la presión que sentía por destacar académicamente, especialmente siendo la hermana de Fermín López Marín, la nueva promesa del Barcelona.

**Sophia**: *Relajada una mierda, tengo la sensación de que se me va a olvidar todo lo que he estudiado*

**Vega**: *Tranquila, tía. Eres la más lista de todas nosotras*

**Gala**: *¿Tu hermano está en casa? Pregúntale si Gavi sigue soltero por favor 🤣*

El corazón de Sophia se detuvo un segundo al leer el nombre de Pablo. Hacía meses que intentaba no pensar en él, desde que había decidido mantenerse alejada después de... todo lo que había pasado entre ellos. La culpa y la vergüenza seguían ahí, latentes, especialmente cuando recordaba lo estúpida que se había sentido al ver las fotos de él con todas esas modelos en revistas y redes sociales.

**Sophia**: *Gala, deja de ser fan girl y ponte a estudiar*

Dejó el teléfono a un lado y trató de concentrarse de nuevo en sus apuntes, pero los gritos emocionados desde el piso de abajo la distrajeron. Se levantó de la cama y bajó las escaleras, donde encontró a toda su familia reunida en el salón.

Su madre, Lola Marín, estaba abrazando a Fermín mientras su padre, Fermín López, tenía los ojos pegados a la televisión. En la pantalla, Luis de la Fuente estaba leyendo la lista de convocados para la Eurocopa.

—¡Mi niño va a la Eurocopa! —gritaba Lola con lágrimas en los ojos.

Fermín, con su sonrisa característica, intentaba mantener la calma, pero Sophia podía ver la emoción bailando en sus ojos oscuros. A sus veintiún años, su hermano mayor había conseguido algo que muchos futbolistas solo soñaban: representar a España en un torneo continental.

—Enhorabuena, crack —le dijo Sophia, acercándose para darle un abrazo sincero. A pesar de la diferencia de edad y de que a veces se sintiera invisible al lado de su exitoso hermano, lo adoraba.

—Gracias, enana —respondió él, revolviéndole el pelo—. Aunque creo que mamá está más emocionada que yo.

En ese momento, sonó el timbre. Su padre fue a abrir y regresaron los Páez Gavira, que vivían en la misma calle. Era tradición que las dos familias compartieran los momentos importantes.

—¡Fermín! —gritó Aurora, que con sus veintiún años había desarrollado una personalidad tan efusiva como cariñosa. Se lanzó a abrazarlo—. ¡Estoy tan orgullosa de ti!

Sophia observó cómo Pablo felicitaba a su hermano con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Sus veinte años habían estado marcados por una lesión en el ligamento cruzado que lo había mantenido apartado de los terrenos de juego durante los últimos meses. Aunque ya no necesitaba muletas y caminaba con normalidad, Sophia podía notar la cautela en sus movimientos. Verlo así le partía el corazón, aunque intentara disimularlo.

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