Capítulo I

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El sol se reflejaba dorado intenso, cegador sobre el agua del Gran Canal, tan ancho que no se podían ver las dos orillas a la vez, serpenteaba el continente conectando las ciudades. Los barcos irrumpían en la calma surcando el camino con sus remos alargados como patas de un insecto de madera. Los capitanes Abisales dirigían el rumbo del agua como timones vivientes. Bajo las cubiertas, los esclavos encadenados remaban al compás de las órdenes de los capataces.

—UNO —los remos bajaban empujando el agua— DOS —los remos subían.

En el barco, “El amor de Lucrecia”, el calor sofocante bajo cubierta caía sobre los esclavos, mareados, cansados y hambrientos, con la conciencia en vilo. Si se desmayaban morían a manos de los dueños. Seraphine usaba cada gramo de fuerza para no desfallecer. Remando junto a sus compañeros de viaje.

—UNO… DOS —la orden se repetía.

En las sudorosas espaldas descubiertas de los esclavos se veían sin dificultad las marcas brillantes como tatuajes vivos de las bendiciones de cada facción de poder. Marcas con las que nacían, el símbolo luminoso que revelaba su afinidad mágica y los unía a una facción. Hemáticos, ígneos, abisales, ferales, florevis.

—UNO… DOS —ritmo constante en la clara voz del capataz.

La espalda huesuda de Seraphine manchada por el sudor y el polvo, surcada de cicatrices, marcas humanas en lugar de mágicas. El único Sinmarca entre los esclavos de la barcaza. De los pocos no bendecidos nacidos en la última era.

La marca no es solo un don; es una cadena que ata a los bendecidos a su facción, su lugar en la jerarquía implacable del mundo. Nacer sin marca era como nacer sin alma, un animal que se disfraza de humano, los Sinmarca eran nada. Malditos. Seraphine era uno de esos seres. Sin nombre para el mundo. Solo para sí mismo.

—UNO… DOS… ALTO —el barco crujió, llegaron al Puerto Hundido, la parte baja de Ciudad Central dividida por el Gran Canal.

En la cubierta el aire “fresco” golpeo su cara al bajar del barco, el olor a vicio, pobreza y corrupción reinaba. —Nada como el aroma a podredumbre y desesperación para mejorar un mal día— pensó con desagrado. Los esclavos caminaban en una fila, encadenados unos a otros, con las muñecas ensangrentadas y los cuerpos doloridos. Seraphine tropezó, pero se mantuvo erguido, arrastrando los pies mientras descendía por la pasarela hacia el muelle.

Seraphine había pasado por cada gran ciudad conectada al Gran Canal, pero ninguna le parecía tan desagradable como Puerto Hundido la joya corrupta de Ciudad Central. El laberinto de ruinas semisumergidas torturaba la vista. Torres derruidas que se hundían en el agua turbia, muelles rotos donde barcazas abandonadas flotaban como esqueletos de madera, y pequeños canales de aguas turbias infestados de algas en descomposición.

El nexo donde los marginados de las cinco facciones convergían, ladrones, contrabandistas abisales, esclavistas, asesinos hemáticos, mercenarios ferales, prostitutas florevis, esclavos y sinmarca. Hombre y mujer dispuestos a hacer cualquier cosa por dinero.

El grupo de esclavos al que pertenecía Seraphine, era guiado por un capataz ígneo con mal carácter, recorrían descalzos las calles mojadas con pies pesados. Pasaban callejones y ruinas, entre un mar de gente. El joven vio un grupo de Abisales ahogando a un niño en un charco, el agua fangosa subiendo viva como tentáculos ondulantes que subían por su cuerpo hasta cubrirle la cara.

Sus carcajadas resonando como truenos en sus oídos por encima del bullicio reinante en Puerto Hundido. Incluso vacío su estómago se revolvió, su grupo se movía despacio entre la muchedumbre. —¿Cuántas veces no he sido ya testigo de espectáculos atrocidades? — la pregunta flotaba en su mente como un reclamo —Debería estar acostumbrado—

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⏰ Last updated: Nov 13, 2025 ⏰

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SeraphineWhere stories live. Discover now