JJ ve lo que los demás no: los silencios, los secretos, los sueños que nadie se atreve a contar.
Cuando Stephen falla y Fernan aparece, misterioso y distante, su mundo ordenado se sacude.
Entre emociones, desafíos y pequeños triunfos, JJ descubrirá...
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El sonido de la campana resonó por todo el pasillo, como un eco que anunciaba otra mañana igual a las demás. Los estudiantes caminaban con prisa, algunos cargando libros, otros bromeando en voz alta. Entre ellos, Stephen avanzaba con el uniforme del equipo de béisbol, la gorra en la mano y esa expresión tranquila que lo distinguía. Para muchos, él era solo "el chico del diamante", disciplinado y constante.
A su lado iba JJ, la mejor amiga que conocía desde siempre. No necesitaban demasiadas palabras para entenderse. JJ llevaba una libreta bajo el brazo, manchada de pequeños trazos de lápiz y colores; pasaba horas dibujando y pintando, atrapando en papel lo que sentía o lo que el resto no alcanzaba a notar. Ella no estaba en ningún club ni buscaba ser popular, pero su sensibilidad era la que mantenía los pies de Stephen en la tierra.
-¿Listo para entrenar hoy? -preguntó JJ, sonriendo de medio lado. -Siempre lo estoy -respondió él, aunque su voz no sonaba tan segura como sus palabras.
Ese día, sin embargo, no todo sería rutina. En la entrada del salón apareció un chico desconocido. Llevaba la mochila colgada de un hombro y avanzaba con pasos firmes, como si no necesitara a nadie más que a sí mismo.
Fernan.
Era alto, con la piel tan blanca que resaltaba bajo las luces del aula. El pelo negro, intensamente negro, caía rebelde sobre su frente, y cuando levantó la vista por un instante, dejó ver unos ojos azules que parecían extraños en alguien tan callado: fríos y, al mismo tiempo, profundos. Ojos únicos.
Nadie dijo nada; solo se escuchó el murmullo de algunos que intentaban adivinar de dónde había salido. Fernan se limitó a sentarse en la última fila, sin saludar ni mirar a nadie más.
JJ lo observó unos segundos más de lo normal. No por curiosidad, sino porque algo en él le resultaba distinto, como un dibujo sin terminar que necesitaba descifrar. Stephen, en cambio, apenas lo notó: estaba demasiado ocupado pensando en el próximo partido y en cumplir con lo que todos esperaban de él.
La clase comenzó, pero en el aire quedó esa sensación extraña de que algo acababa de cambiar. Nadie lo sabía aún, pero esa mañana marcaría el inicio de una historia que, como un diamante, podía brillar intensamente... o arder en llamas. ---- El sol de la tarde se filtraba entre los árboles cuando la campana final anunció la salida. Los pasillos se llenaron de voces y pasos apresurados, cada quien con planes distintos: algunos se iban directo a casa, otros a practicar en sus clubes.
Stephen ajustó la gorra en su cabeza, cargando el bat sobre el hombro. -¿Vienes? -le preguntó a JJ, que lo esperaba junto a la puerta del salón con su libreta en la mano.
Ella asintió sin pensarlo. Acompañar a Stephen a sus entrenamientos era casi parte de su rutina, aunque nunca tocara un bat. Le gustaba observar, dibujar los movimientos, imaginar las escenas congeladas en el tiempo.