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El reloj marcaba casi las siete de la noche cuando Jennie entró al apartamento con una gran sonrisa, cargando una bolsa llena de tupperwares.

—Mamá nos mandó comida otra vez —anunció alegremente, sacando recipientes con kimchi, arroz, sopa y hasta postre.

Lisa la observaba desde el sofá con el ceño fruncido, como si esa bolsa fuese una amenaza directa a su relación.

—¿Otra vez? —resopló—. ¿Tu mamá no se cansa de mandarte cosas todos los días?

Jennie se rió suavemente y le lanzó un beso en el aire.

—Ay, Lili… deberías agradecer que gracias a mi mamá comemos tan rico.

Lisa se levantó de golpe y cruzó los brazos, poniéndose frente a ella.

—No es por la comida, Jennie. Es que… —hizo una pausa dramática, frunciendo aún más el entrecejo—. ¡Parece que amas más a tu madre que a mí!

Jennie la miró con cara de “¿hablas en serio?”, y luego soltó una carcajada tan fuerte que casi se le cae la sopa.

—¡Obvio que amo a mi madre! —dijo divertida, acercándose a Lisa y dándole un golpecito en la nariz—. Pero a la única mujer que podré amar así… es a ti. Bueno… después de mi mamá.

Lisa abrió la boca, ofendida, como si le hubieran declarado la guerra.

—¿¡Después!? —exclamó, casi indignada—. ¡¿Por qué después?! ¡Yo debería ser la primera!

Jennie, divertida, dejó la bolsa en la mesa y rodeó a Lisa con los brazos.

—Porque mi mamá me dio la vida, Lili. Y tú… me la haces increíble todos los días. —Le sonrió con ternura, dándole un suave beso en los labios—. Pero si quieres, podemos hacer un trato: mamá será la primera en darme comida… y tú, la primera en darme besos.

Lisa intentó mantener su expresión de enfado, pero terminó cediendo cuando Jennie la besó otra vez. A regañadientes murmuró:

—Está bien… pero solo porque no quiero pelear con tu mamá.

Jennie rió, feliz de ver cómo incluso en sus celos más absurdos, Lisa la amaba con una intensidad casi infantil.

—Ay, mi celosita favorita… no importa cuántas mujeres existan en este mundo, ni siquiera mamá podría robarte el lugar que tienes en mi corazón.

Lisa, todavía con un leve puchero, se dejó caer sobre el sofá arrastrando a Jennie con ella.

—Igual… algún día voy a ser la número uno, quieras o no.

Jennie sonrió y le acarició la mejilla.

—Ya lo eres, tonta.

DEJA LOS CELOS, MANOBAN • JENLISAStories to obsess over. Discover now