Capitulo 1

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Algunos decían que la balanza entre fama y fortuna nunca era justa.
Algunos nacían sin conocer el hambre ni el miedo; otros apenas sobrevivían.

Kael sabía bien hacia dónde se había inclinado su balanza: hacia la desdicha.

Encadenado, con apenas unas telas raídas cubriéndole la piel, soportaba el ardor constante del collar de plata en su cuello. La quemadura nunca se apagaba. Había aprendido a ignorarla, a no protestar, a callar siempre. Sabía que esa era la única forma de seguir con vida.

Aun así, a veces se preguntaba: ¿Por qué sigo aferrado a sobrevivir?
Había sido reducido a lo más bajo. Era un omega. Y no solo eso: un esclavo.

La sala estaba iluminada por una lámpara amarillenta.
Alrededor de la mesa se sentaban siete hombres, todos alfas. Altos, imponentes, soberbios.

—La manada Luna Carmesí se está tomando atribuciones que no le corresponden—dijo uno, con un vaso en la mano.

Otro asintió con un gruñido.
—Se han negado a negociar, y hace unos días arrasaron con una manada pequeña en el sur. Mataron a todos... salvo a los omegas.

Uno bufó con desprecio.
—¿Para qué quieren omegas? Solo sirven para coger. Y ni todos sirven. Algunos se quejan demasiado.

La carcajada retumbó.
—¿Qué esperas cuando los violas?—rió otro, chocando su copa contra la mesa.

Kael permanecía inmóvil en la esquina, la cabeza gacha. Nunca debía mirar a los alfas a los ojos. Lo había aprendido a las malas. Su odio ardía en silencio, un veneno que lo mantenía con vida.

Los alfas seguían hablando, como si planearan un banquete.

—El cargamento de omegas está listo para la entrega. Vamos a sacar buen provecho de este negocio—dijo uno, destapando una botella. Luego señaló hacia Kael—¡Eh, tú! Ven y sírveme, maldito omega.

Kael asintió en silencio. Se acercó rápido y llenó la copa.

El alfa sonrió con asco.
—Está lindo este—murmuró, metiéndole la mano entre las piernas.

Otro chasqueó la lengua.
—Está demasiado usado. Apenas sirve para algo. ¡Oye, muévete y sírveme también!

Kael obedeció. Uno tras otro, todos bebieron animadamente mientras planeaban la próxima venta.
El tráfico de omegas era uno de los grandes negocios del momento.

Absorto en sus pensamientos, Kael sintió algo. El collar de plata limitaba sus sentidos, su capacidad de transformarse, pero aún así percibió un ruido extraño.

—Cállense...—gruñó uno de los alfas, poniéndose de pie—¡Maldita sea, alguien ent...!

La puerta estalló. Una nube de humo inundó la sala.

Cuatro figuras se deslizaron dentro como sombras. Vestidos de negro, solo sus ojos eran visibles. El primero blandía una espada larga, similar a una katana. En un solo movimiento abrió el pecho del primer alfa. El rugido de dolor llenó la sala: la herida ardía con plata.

Los demás intentaron transformarse, pero una esfera rodó por el suelo y estalló en polvo plateado. Tosieron, debilitados. Las sombras se lanzaron sobre ellos, katanas brillando. Uno tras otro, los alfas cayeron, sus heridas sin posibilidad de regenerarse.

Kael no se movió. Seguía encadenado a la pared, el humo ardiéndole en los ojos. Sus antiguos amos estaban muertos. El suelo era un charco de sangre.

Una de las figuras se le acercó. Lo observó en silencio, antes de quitarse el guante derecho. Con el dedo desnudo rozó el collar de Kael. El contacto con la plata le arrancó un ligero ardor, pero no retiró la mano.

Sangre De OmegaHistórias para pegar e não largar. Descubra agora