Se conocieron siendo niños. Se convirtieron en estrellas siendo adolescentes.
Y en algún punto entre ambos momentos, se enamoraron.
Jin-Sung era el Sol: siempre brillando.
Yoon-Jae, la Luna: resplandeciendo solo bajo su luz.
Desde los mensajes de la...
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Todavía recuerdo la primera vez que te vi. Llovía. No era esa lluvia dramática de película, sino la aburrida, la que te empapa los calcetines y hace que tu madre te grite por no haberte puesto chaqueta. Yo tenía siete años, vestía como una estrella del pop porque a mi madre le parecía adorable, y actuaba como una porque, bueno, yo también lo creía.
Tú estabas sentado solo en el banco de piedra del patio, con la capucha enorme del abrigo cubriéndote casi por completo, las rodillas contra el pecho y la mirada fija en el charco bajo tus pies, como si guardara un secreto.
Ni siquiera levantaste la vista cuando pasé junto a ti. Ni cuando pisé a propósito un charco a tu lado, salpicándote un poco los pantalones.
—¡Perdón! —dije, con una sonrisa que no sentía. No estaba arrepentido. Solo quería que reaccionaras.
No lo hiciste.
Solo levantaste la cabeza despacio, con el rostro pálido y serio, y me miraste como si hubiese interrumpido una conversación silenciosa entre tú y el agua.
Tus ojos eran grandes, tristes y bonitos. Entonces no tenía las palabras para describirlo, pero recuerdo haber pensado: parece una pintura olvidada bajo la lluvia.
—¿Por qué estás solo? —pregunté.
Te encogiste de hombros.
—¿No tienes amigos? —insistí. Siempre he sido así de pesado.
Dudaste un segundo antes de murmurar: —No.
Odié esa respuesta. No porque fuera verdad, sino por cómo la dijiste. Como si no pasara nada. Como si merecieras estar solo.
—Bueno —declaré, sentándome a tu lado—, pues ahora ya tienes uno.
No dijiste nada. Solo me miraste. Y yo te miré también. Para entonces los dos estábamos un poco empapados.
—Soy Jin-Sung —me presenté, tendiéndote la mano.
La observaste como si te ofreciera un arma, pero al final, por fin, la tomaste. Tu mano estaba fría, tu agarre flojo.
—Yoon-Jae, —dijiste.
Y así empezó todo.
No sabía que tu familia era estricta y callada. Ni que escribías poemas en los márgenes de tus cuadernos, o que odiabas cuando te preguntaban qué querías ser de mayor. No sabía que te gustaban las tortugas porque eran lentas, discretas y siempre llevaban su casa a cuestas. No sabía nada de eso todavía.
Pero sí sabía tu nombre.
Y sabía que quería hacerte reír.
Así que seguí apareciendo.
Al principio, apenas hablabas. Me mirabas bailar como un loco y ponías los ojos en blanco, pero nunca me pedías que parara. Me dejabas arrastrarte a los juegos, a los líos, a la vida. Poco a poco, tus hombros se relajaron. Te vi sonreír, tímido, torcido, como si te diera miedo que se te rompiera la cara. Vivía por esa sonrisa.
—Eres raro —me dijiste una vez, en voz baja. —Y tú una roca —te respondí.
Y los dos teníamos razón.
Un día me llamaste Sol. Dijiste que te recordaba al sol, que iluminaba las habitaciones en las que entraba, y que tal vez por eso, cuando me escondía detrás de ti para que los profesores no me vieran, seguían encontrándome.
Me reí, pero el apodo se quedó.
Y cuando te pregunté por qué tú eras Luna, solo respondiste: —Porque el Sol necesita a la Luna para descansar.
No dijiste nada más. Nunca necesitaste explicarme las cosas.
Ese invierno le conté a mi madre que tenía un mejor amigo. Sonrió y me preguntó si era el chico que nunca hablaba. Le dije que sí. Me pidió que fuera amable contigo. Entonces no entendí qué quería decir.
Ahora creo que sí lo sé.
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