Y de pronto, tú.

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Era martes, y la lluvia parecía querer cubrir por completo la ciudad. A decir verdad, a veces deseaba que lo hiciera.

Las gotas golpeaban los vidrios del apartamento, como pequeños dedos que pedían permiso para entrar. Afuera, el mundo parecía demasiado cansado para dar paso al amanecer, y yo solo tenía ojos para una cosa.

El olor a café lo llenaba todo. Como quien necesita desesperadamente respirar, llené la taza y, sin miedo, lo tomé. El sabor amargo era lo único capaz de sacarme de la cama; aunque en pie, una parte de mí aún clamaba por cinco minutos más de sueño.

Volví a mi pieza, dispuesto a sacrificar una parte de mi alma otro día más. Solo para subsistir lo suficiente y arrastrarme a un trabajo que detesto al día siguiente.

Algo dentro de mí se sentía mal: un agujero en el pecho que hervía como metal caliente, pero que debía ignorar. Apreté la mandíbula y respiré profundamente para no dejar que me rompiese en pedazos.

Dolía más admitir que hacía tiempo había dejado de estar feliz con mi vida. Ya no era felicidad lo que sentía, solo la costumbre de ignorarlo y continuar con las cosas como estaban.

Aunque a veces, la suerte parece sonreír. La lluvia comenzó a cesar, gota a gota, hasta desaparecer por completo, dejando detrás de sí un camino de grandes charcos y humedad.

El cielo, poco a poco, se comenzaba a despejar, dejando paso a los primeros rayos del sol que la ciudad había visto en días. Caminar en el frío, aún envuelto en la frescura del ambiente, parecía mejor idea que simplemente subir al coche y conducir de manera automática. Aún quedaba tiempo para llegar; podía cambiar algo de este anodino día.

El reloj aún daba tregua y, a pesar de que siempre me costaba dormirme en las noches, el sueño se volvía reparador de forma inesperada. Madrugar no era problema: mi mamá siempre me enseñó que ser responsable en la vida es la mejor forma de que a uno le vayan bien las cosas.

Y, aunque confío mucho en mi mamá y la ame con todo mi corazón, esta vez parecía equivocada.

—"A quien madruga, Dios le ayuda, cielo" —decía convencida día tras día, tratando de dar un sentido a un despertar que nadie había pedido. Ya fuese en la escuela o en el trabajo, aquello de despertarme aún cuando el mundo no había abierto parecía no ser para mí. Algunos nacen con suerte, otros solo nacemos estrellados.

Las calles estaban totalmente vacías. La bruma comenzaba a levantarse y parecía ser lo siguiente que consumiese la ciudad. Hubiese dado mi vida por volver a casa y tumbarme de nuevo.

Volví a consultar mi reloj, esclavo de la hora. Nunca me había molestado cumplir obligaciones, y creo que eso es algo a mi favor, aunque jamás he gustado de las prisas de la vida: correr de aquí para allá, estresado por cientos de cosas que hacer, para las que el día parece no tener horas.

Saqué mi celular para revisar el correo electrónico, y ahí estaban: todos listos otra vez, como pequeños hijos a los que atender sin descanso, uno detrás de otro. Responder e-mails es lo peor de este trabajo: anodino, repetitivo, lento y absolutamente tedioso, haciendo que mi cerebro entre en un estado de semi-muerte, obligándome a pasar las horas en estado vegetativo.

El sonido de otros pasos llamó de pronto mi atención. No era algo extraño, tan solo alcé la cabeza.

A pocos metros de mí, un chico rubio de mi edad, de profundos ojos verdes y color dorado como el trigo, también se había detenido. Mi mirada chocó con la suya y me tomó un instante reconocerle: Simón.

Ese tipo me había hecho la vida imposible en el colegio; gracias a él es que quise olvidar mis años de escuela. Pero mi estómago se revolvió durante un instante, el corazón parecía detenerse y contuve la respiración.

Simón.

Desde que se fue de la ciudad no lo había vuelto a ver. Aquel niño en mi memoria un día simplemente desapareció, y ahora estaba ahí. ¿Y si quería volver a golpearme? ¿O peor aún, hablar?

Agaché la cabeza, apartando la vista, y cambié de carril, dejando a Simón al otro lado. Podía sentir su mirada golpearme mientras continuaba tratando de hundirme en mi teléfono para evitarlo. Miré de reojo, tratando de ver qué estaba haciendo, y sus labios se abrieron como si quisiese llamarme, pero tan solo volvió a cerrarlos y continuó caminando.

Sentí mis piernas flaquear durante un instante; mi respiración se sentía pesada, y mi corazón golpeaba mi pecho como si quisiera romperlo, echar a correr... y eso hice. Como si el Simón que acababa de ver, con ese cabello reluciente como los primeros rayos del amanecer y esos ojos verdes como esmeraldas, solo fuera el fantasma de una vida que había conseguido dejar atrás.


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⏰ Last updated: Sep 03, 2025 ⏰

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