Él es la sombra que gobierna la noche. Tú, la luz que se atreve a cruzar sus dominios. En un casillo donde el tiempo no existe y la sangre se convierte en pacto, tus pasos se hundirán en un destino marcado por la obsesión de Alucard.
Lo que comienz...
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La noche era profunda, apenas interrumpida por el resplandor pálido de la luna que se deslizaba sobre los riscos como una herida abierta en el cielo. Tus pasos resonaban en el silencio, cada uno de ellos marcando la distancia hacia aquel destino inevitable. No sabías cómo ni por qué tus pies te habían guiado hasta lo más recóndito del bosque, donde se erguía un castillo imposible de ignorar, tan antiguo que parecía haber nacido junto con las sombras mismas del mundo.
Las torres se elevaban desafiantes hacia las nubes, los ventanales estaban cubiertos de vitrales oscurecidos y el portón, de hierro forjado, parecía más un umbral que una entrada. Ahí, en ese lugar donde el viento gemía como un lamento perpetuo, sentías que algo te esperaba.
No era curiosidad lo que te había traído. Tampoco era simple azar. Había sido un murmullo constante en tu sangre, un eco que te había acompañado en sueños y vigilias, conduciéndote, casi sin darte cuenta, hasta los dominios de un amo cuyo nombre aún no te atrevías a pronunciar.
Y, sin embargo, no había vuelta atrás. Con la mano temblorosa, empujaste las puertas del castillo. El crujido se extendió como un presagio, y el aire helado de su interior te envolvió de inmediato, anunciando que lo que había comenzado como un llamado silencioso sería, en adelante, tu destino inquebrantable.
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De entre las sombras de este relato se alza un eco antiguo, nacido del legado inmortal de Bram Stoker. Que esta historia sea, pues, un tributo a su Drácula eterno.