Prólogo: El Último Amanecer
El amanecer sobre los acantilados de Île de Ré era una pintura viviente. El cielo, un lienzo de tonos melocotón, dorado y lavanda, se reflejaba en el mar tranquilo que lamía las rocas con suavidad. Para cualquier otro, sería un momento de paz sublime. Para Harry James Potter, de cuarenta y un años, era la calma que precede a la eternidad.
Vestía ropas sencillas, lejos de las túnicas de jefe de aurores. Su cabello, aunque desordenado, estaba salpicado de canas que contaban historias de batallas ganadas y pérdidas sufridas. La cicatriz en su frente, pálida e inactiva desde hacía décadas, era solo un recuerdo tallado en la piel. A su lado, Fleur Isabelle Potter, con la gracia eterna de su linaje veela, contemplaba el horizonte. Su belleza, lejos de desvanecerse, se había profundizado con los años, matizada por la sabiduría y una fortaleza de acero.
—Es hermoso, ¿verdad? —murmuró Harry, su voz ronca por el paso del tiempo y las cicatrices no físicas.
—*Oui, mon cœur* —respondió Fleur, apoyando la cabeza en su hombro. Sus dedos se entrelazaron con los de él, un gesto practicado durante veinte años de matrimonio—. Tan tranquilo. A veces olvido que el mundo puede ser así.
Entre ellos, sobre una manta, dormían sus dos tesoros. Lyra, de once años, con el cabello negro como el carbón de su padre pero los ojos azul zafiro de su madre, y Louis, de ocho, un pequeño duplicado de Harry, con una mata de cabello rebelde y una sonrisa traviesa incluso en sueños.
Habían ganado. Voldemort era un espectro del pasado. El mundo mágico, aunque con cicatrices, respiraba en paz. Harry tenía la familia que siempre soñó, la mujer que era su fortaleza y su refugio. Y sin embargo, una sombra se cernía sobre ellos, antigua y oscura.
El objeto descansaba entre ellos: un orbe de cristal nebuloso, atravesado por vetas de plata y oro, pulsando con una luz tenue. Lo habían encontrado en las ruinas de una civilización pre-medieval, un artefacto de poder temporal que, según las leyendas, podía reescribir destinos. También era una bomba de relojería.
—¿Crees que debimos destruirlo? —preguntó Harry, su mirada fija en el orbe.
—*Non* —dijo Fleur con firmeza—. Su energía es demasiado inestable. Intentar destruirlo podría… —No necesitó terminar. Ambos sentían la distorsión que emanaba del objeto, un zumbido apenas audible que retorcía levemente el aire a su alrededor.
Fue entonces cuando el orbe pulsó con violencia. La luz se volviía cegadora, las vetas de plata y oro giraron frenéticas. El zumbido se transformó en un estruendo que parecía venir de dentro de sus propias cabezas.
—¡Harry! —gritó Fleur, agarrándolo del brazo.
Él ya se movía, cubriendo a sus hijos con su cuerpo instintivamente. Fleur hizo lo mismo, sus manos volando hacia sus varitas, pero era inútil. Esto era magia antigua, cruda, beyond de cualquier encantamiento que conocieran.
—¡No los toques! —vociferó Harry, viendo cómo Lyra se despertaba sobresaltada, sus ojos llenos de pánico.
El orbe estalló.
Pero no fue una explosión de fuerza, sino de tiempo mismo.
Una onda de energía silenciosa y absoluta se expandió, engullendo la playa, el acantilado, la familia. Harry sintió cómo cada célula de su cuerpo se desintegraba y recomponía a la vez, cómo sus recuerdos se arremolinaban como un torbellino. Lo último que vio fueron los ojos aterrados de Fleur, su mano estirada hacia él, y el grito desgarrador de Lyra.
—¡FLEUR!
Todo se volvió blanco. Y luego, negro.
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**— ∞ —**
La conciencia regresó a Harry con el suave balanceo de un tren. Un olor familiar lo invadió: dulce de calabaza, el perfume de la Señora de Dulces y… polvo de carbón.
Abrió los ojos con dificultad.
No estaba en un acantilado. Estaba en un compartimiento. La luz del sol entraba por la ventana, iluminando motas de polvo que danzaban en el aire. Frente a él, sentada y con la nariz pegada a un libro de *Runas Antiguas*, estaba Hermione Granger, un año más joven, con sus rizos castaños aún más exuberantes. A su lado, Ron Weasley roncaba suavemente, la cabeza apoyada contra el vidrio.
—¿Harry? ¿Estás bien? —preguntó Hermione, bajando el libro—. Te quedaste mirando fijamente la ventana durante diez minutos. ¿Es la cicatriz?
Harry no podía responder. Miró sus propias manos. Más pequeñas. Sin las callosidades de años empuñando una varita. Llevaba las ropas holgadas y desteñidas de los Dursley. Un espejo en el compartimiento mostró su reflejo: un niño de catorce años, demasiado delgado, con gafas redondas y una expresión de absoluto y total shock.
*El Expreso de Hogwarts. Cuarto año.*
El Torneo de los Tres Magos.
*Dios mío.*
Su corazón galopaba. Lyra. Louis. *Fleur*. ¿Estaban a salvo? ¿Habían sobrevivido? El dolor fue tan físico que contuvo el aliento. Había perdido todo. De nuevo.
Pero luego, la esperanza, feroz y tenaz, brotó en su pecho. El orbe. El viaje en el tiempo. Estaba aquí. En el pasado. ¡Podía cambiar las cosas! Podía evitar la muerte de Cedric, la guerra, el dolor. Podía…
…encontrar a Fleur.
Ella también estaría aquí. Tenía que estarlo. La idea lo electrizó. La Fleur de este tiempo, la de diecisiete años, la participante de Beauxbatons, la que aún no lo miraba como a su igual, como al amor de su vida.
Una determinación de acero se apoderó de él. Encontraría a su esposa. La protegería. Y haría que se enamorara de él, otra vez, sin revelar su secreto. Sería un juego peligroso, pero era su única oportunidad de recuperar su futuro.
No sabía que, en ese mismo instante, en un carruaje azul plata que avanzaba hacia Hogwarts, Fleur Delacour despertaba de un desmayo similar.
Sus ojos, de un azul penetrante, se abrieron con pánico, mirando las preocupadas caras de sus compañeras de Beauxbatons.
—*Fleur? Ça va?* —preguntó una chica.
Ella no la escuchó. El eco del grito de su hija resonaba en sus oídos. *Lyra*. La sensación de la mano de Harry desvaneciéndose de la suya. La agonía de la pérdida absoluta.
Y luego, la realidad la golpeó. Estaba en el carruaje. Iba a Hogwarts para el Torneo. Iba a conocer*—*a conocer de nuevo— a un Harry Potter de catorce años, un niño al que en esta línea de tiempo apenas consideraría digno de su atención.
Su dolor se convirtió en una fría y calculadora resolución. Harry estaba aquí. En algún lugar. Joven e inocente. Y ella haría *lo que fuera* necesario para acercarse a él, para protegerlo, para hacer que la amara de nuevo. Usaría todo su conocimiento del futuro y toda la elegancia veela a su disposición para seducir a su propio esposo, sin que él supiera jamás la verdad.
Dos almas gemelas, separadas por un abismo de secretos, navegando hacia el mismo destino, decididas a reconquistar el corazón del otro con las armas del futuro.
El juego había comenzado.
Fin del Prólogo
KAMU SEDANG MEMBACA
À la Reconquête de Toi
RomansaDos almas, un secreto, y una segunda oportunidad para enamorarse. Harry Potter y Fleur Delacour lo tenían todo: un matrimonio feliz, dos hijos maravillosos y una paz duramente ganada tras la guerra. Pero una tragedia involving un antiguo artefacto t...
