Capítulo I

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El sudor me resbalaba por la frente, mientras mis labios susurraban la primera línea de mi discurso de presentación: "Buenos días, señores... asesores...", exhalé largo y me rasqué la ceja derecha. Aquellas palabras seguían sin convencerme y a pocos minutos de la reunión, ese asunto era grave.

Me convencí de que era tarde para volver a cambiarlas y deslicé el dedo por la pantalla de la tableta, apenas deteniéndome en los inicios de cada párrafo para recordarlos y en algunas gráficas de la propuesta económica que expondría frente a los asesores legales y financieros de la única inversionista de mi empresa, Brida Valmar, y de cuya opinión favorable dependía la segunda etapa del proyecto de mi vida y la de mis socios.

Sacudí la cabeza para despejar las dudas que nublaban mi mente, inhalé profundo y forcé una sonrisa, mientras repetía la frase de inicio con mayor seguridad.

Aquel no era el momento para flaquear.

—¿Ximena? —Un escalofrío recorrió mi cuerpo al escuchar mi nombre. Me giré vacilante hacia el escritorio donde la amable asistente de presidencia me observaba con una sonrisa cálida—. Ya puedes pasar —dijo y señaló el pasillo a mi lado.

Asentí varias veces y le agradecí en un murmullo, con el estómago revuelto por los nervios y la expectación.

Mientras avanzaba hacia la oficina, el sonido de los tacones me parecía atronador, la camisa me asfixiaba y la fricción del pantalón me resultaba molesta. Me pregunté el por qué había decidido vestir de aquella manera tan inusual para esa reunión y la respuesta vino por si sola: por miedo.

Esa era la manera en cómo quería que me percibieran, el escudo tras el cual me escondería, lo había elegido a consciencia y me había gustado hasta que salí del apartamento para asistir a la cita.

En vano me regañé por permitirme tal descontrol emocional, en aquel momento no me importaba que hubieran pasado tres años desde aquella mañana de viernes en que le presenté mi idea de negocio a Brida: esta parecía ser la primera vez y la estaba sufriendo como tal.

Al llegar a mi destino, respiré profundo varias veces, suprimí las ganas de secarme el sudor de las manos en los muslos, alisé mis cortos cabellos rojos, me acomodé la chaqueta y el pantalón, y susurré la frase de apertura de mi presentación, antes de tocar la pesada puerta negra.

La firme voz de la presidenta de la cadena de Hoteles Valmar se escuchó casi de inmediato.

Empujé la puerta y una intensa luz natural que inundaba la oficina focalizó mi atención en el exuberante jardín zen, que se revelaba a través del ventanal que abarcaba toda la pared frontal. Aquella vista me robó el aliento y me provocó una sonrisa, con la que hice el recorrido visual por toda la oficina hasta hallar a mi única compañera, Brida.

La mujer de cabello cano me observaba recostada en el escritorio, con las piernas extendidas, los talones cruzados y un gesto travieso en el rostro.

Inquieta, volví a recorrer la estancia. Consulté el reloj y la fecha en la pantalla de mi celular, no había llegado tarde, ese era el día. Entonces, ¿por qué no había nadie?

Me giré de nuevo hacia Brida, quien seguía en la misma posición.

—Y bien, ¿dónde están los demás? Esperaba encontrar la oficina llena de tus asesores —pregunté, confundida.

—De haber sido así, tu falta de modales habría causado una muy mala primera impresión, Ximena Esquivel. ¿Qué clase de saludo es ese? —advirtió Brida.

—Lo siento, buenos días, es que... —De nuevo miré el mobiliario vacío frente al ventanal—. No comprendo esta soledad. ¿Me podrías explicar?

—No veo problema si antes de hacerlo, entras y me saludas como es debido, Ximena. —Su reclamo me hizo consciente de que aún seguía de pie en la puerta. Apenada, me acerqué a ella.

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