Owen, un adolescente británico, se muda a Japón y es acogido por una familia enigmática. Mientras intenta adaptarse a un mundo desconocido, sueños extraños y secretos ocultos comienzan a rodearlo... y todo se complica aún más cuando conoce a un chic...
Una mañana tranquila, cuando el sol apenas asomaba por el horizonte, un joven de catorce años comenzaba a despertar. El canto de los pájaros entraba por la ventana entreabierta y la brisa fresca acariciaba las cortinas que se movían lentamente. Tenía el cabello castaño y los ojos de un avellana muy claros, que brillaban con la primera luz de la madrugada. Todavía vestido con su pijama, se desperezaba con calma, sin imaginar lo que aquel día le traería.
Unos golpes suaves en la puerta interrumpieron su ensueño.
—Pase —murmuró Owen, un poco adormilado, mientras se incorporaba en su cómoda cama y se frotaba los ojos.
La puerta se abrió despacio y una mujer de rostro cálido entró en la habitación. Sus rasgos eran tan parecidos a los del muchacho que bastaba verla para reconocer el lazo de sangre. Se sentó a su lado con cuidado, hundiendo apenas el colchón, y le sonrió con ternura.
—Hijo, como sabes, dentro de poco tendrás que ir a estudiar a Japón —comenzó a decir con voz suave y serena—. Y quería contarte quiénes van a cuidarte mientras estés allá.
Mientras hablaba, tomó la mano del muchacho y la acarició despacio, como si quisiera grabar ese instante en su memoria. El chico la miró curioso, con la mezcla de sueño y sorpresa pintada en sus ojos claros. Sabía que aquel viaje se acercaba, pero aún no comprendía del todo lo que significaba dejar su hogar, su familia y comenzar una vida nueva en un lugar tan lejano.
—¿Quiénes son, mamá? —preguntó finalmente, inclinando la cabeza con un gesto infantil que todavía lo hacía parecer más pequeño de lo que era.
Ella sonrió con un dejo de nostalgia, como si dentro de sí luchara entre el orgullo de verlo crecer y la tristeza de tener que dejarlo ir.
—El señor Takeda tendrá tu tutela hasta que termines la secundaria, o incluso la universidad si decides continuar tus estudios —dijo con tono maternal—. Aunque tendrás la opción de volver a Inglaterra con nosotros o quedarte en Japón una vez finalices. Y, por supuesto, en los días festivos siempre podrás regresar a Inglaterra para pasar tiempo con nosotros.
El joven asintió lentamente, tratando de imaginar cómo sería su nueva vida. La idea de un país lejano, con un idioma y costumbres distintas, lo llenaba de una mezcla de emoción y nerviosismo. Su madre apretó suavemente su mano antes de levantarse, dejándolo solo por unos instantes, mientras él se quedaba pensando en lo que vendría.
Se recostó nuevamente sobre la almohada, dejando que los primeros rayos del sol calentaran su rostro. Pensaba en cómo serían sus días en un lugar tan distinto: las calles, la escuela, los nuevos amigos… Todo parecía lejano y desconocido, pero a la vez prometedor.
Por un instante, imaginó a su madre sonriendo desde lejos, acompañándolo con su pensamiento aunque él estuviera a miles de kilómetros. Esa idea le dio un extraño consuelo y, al mismo tiempo, un ligero escalofrío, como si intuyera que la distancia traería desafíos que todavía no podía comprender.
Se levantó finalmente, sacudiéndose el sueño de encima, y caminó hacia la ventana. Observó el jardín bañado en la luz matinal y respiró hondo, intentando retener un poco de esa calma antes de que el mundo cambiara por completo a su alrededor.
—Bueno… supongo que es hora de empezar —susurró, con una mezcla de nerviosismo y curiosidad, mientras se levantaba de la cama.
Se dirigió al baño, aún con la mente llena de preguntas sobre cómo sería su vida en Japón. Cada gesto cotidiano —lavarse la cara, cepillarse los dientes, vestirse— parecía llevar un doble significado ahora: no solo prepararse para el día, sino para un futuro completamente distinto al que conocía.
Bajó las escaleras y encontró a su madre en la cocina, preparando el desayuno con cuidado, como si cada movimiento fuera un intento de que todo siguiera igual antes de su partida.
—Owen, ¿has desayunado suficiente? —preguntó ella, sonriendo con un dejo de preocupación.
—Sí, mamá —respondió él, intentando sonar seguro—. Estoy… listo.
El ambiente estaba tranquilo, pero en el aire se sentía la tensión silenciosa de la despedida que se acercaba. Sus padres lo habían criado para ser independiente, pero incluso así, la idea de dejar todo lo conocido y viajar a un país extranjero lo llenaba de una mezcla de emoción y miedo.
Después del desayuno, su madre lo abrazó con fuerza.
—Recuerda, Owen, aunque estés lejos, siempre podrás volver a nosotros —dijo, acariciándole el cabello con suavidad
Owen asintió, intentando grabar ese abrazo en su memoria. Pronto, subiría al avión, cruzaría continentes y descubriría un mundo completamente distinto. Mientras caminaba hacia la puerta, su corazón latía rápido, mitad por la anticipación, mitad por la incertidumbre de lo desconocido.
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Si le va bien a esta historia, voy a seguir publicando.