𝕰𝖑 𝖓𝖔𝖒𝖇𝖗𝖊 𝖊𝖓 𝖊𝖑 𝖈𝖔𝖓𝖙𝖗𝖆𝖙𝖔

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La ciudad huele a asfalto mojado y a promesas que nunca se cumplen. Estoy apoyado contra la pared de un callejón sucio, en el corazón de este caos de luces y sombras. El neón del bar al otro lado del bulevar parpadea, pintando mi cara con tonos rosas y azules que no pegan con lo que soy. Mis dedos no paran de juguetear con la navaja en mi bolsillo. Es un tic, una forma de mantenerme cuerdo cuando mi cabeza amenaza con irse a otro lado. Y hoy, créeme, no es un buen día para dejarla vagar. No cuando acabo de recibir un nuevo contrato.
Mi teléfono vibra dentro de la chaqueta de cuero. Lo saco, entrecerrando los ojos contra el brillo de la pantalla. Un mensaje cifrado, como siempre. Lo descifro en segundos —soy bueno en eso, demasiado bueno— y ahí está. Un nombre: Kendal Jensen. El heredero de los Jensen, esa familia que tiene el mundo de la moda de lujo y los viñedos más exclusivos en la palma de su mano. Y, si los rumores son ciertos, también un par de secretos que no salen en las revistas. La cifra que acompaña el encargo me hace soltar un silbido bajo. Siete ceros. Suficiente para largarme de esta vida, para desaparecer en alguna playa donde nadie me encuentre. Tal vez para siempre.
Pero no es el dinero lo que me hace dudar. Es la maldita foto que viene con el mensaje. Kendal Jensen, veintitantos, con el pelo rubio revuelto como si acabara de levantarse de la cama. Su sonrisa es suave, casi tímida, como si no encajara con el poder que lleva su apellido. Y luego están sus ojos. Un verde que te corta la respiración, como si supieran algo que el resto del mundo no tiene ni idea. Apago la pantalla con un movimiento brusco, casi rompiéndola. No me gusta mirar demasiado a mis objetivos. Hacerlo los hace humanos. Y yo no puedo permitirme eso. No en este trabajo.
Cruzo el bulevar y me cuelo en el bar. Está lleno, pero sé moverme como si fuera invisible, una sombra más entre el ruido y las luces. Al fondo, detrás de una cortina de terciopelo rojo, está Lake Jensen. La hermana de Kendal. Mi cliente. Su cabello negro cae en ondas perfectas, y su vestido de diseño grita dinero, pero sus ojos... sus ojos son fríos, como si calcularan cada movimiento antes de que ocurra. Me siento frente a ella, sin quitarme la chaqueta. No me gusta estar cómodo con gente como ella.
—Llegas tarde —dice, sin levantar la vista de su copa de vino tinto. Su voz es afilada, como si quisiera cortarme con cada palabra.
—Llego cuando quiero —respondo, mi tono bajo, casi un gruñido. Odio que intenten controlarme, aunque sean los que pagan—. ¿Qué tienes para mí?
Lake desliza un sobre por la mesa. Es discreto, sin marcas, como si no escondiera una sentencia de muerte. Lo abro y saco una hoja. El nombre de Kendal está escrito en letras negras, como si ya estuviera condenado. Y lo está.
—Es simple —dice ella, dando un sorbo a su copa, como si estuviera hablando del clima—. Mi hermano es un estorbo. Demasiado idealista, demasiado... débil. La familia necesita alguien que no se doblegue. Ese alguien soy yo. Haz tu trabajo, y el dinero es tuyo.
Alzo una ceja, apoyando los codos en la mesa. Hay algo en Lake que me revuelve las tripas. No es solo su frialdad, es la forma en que habla de su hermano, como si fuera un mueble que estorba en su perfecta mansión. Pero no estoy aquí para juzgar. Estoy aquí para cumplir.
—¿Por qué él? —pregunto, y me arrepiento al instante. Los asesinos no hacen preguntas. Pero esa foto, esos malditos ojos verdes, me tienen descolocado.
Lake me clava la mirada, como si intentara decidir si mi curiosidad es un problema.
—Porque no encaja —dice al fin, con una sonrisa que no llega a sus ojos—. Kendal cree que puede salvar el mundo con sus desfiles de moda y sus discursitos sobre sostenibilidad. Es un niño jugando a ser rey. Y no voy a dejar que arruine todo lo que mi familia ha construido.
Guardo el sobre en mi chaqueta, asintiendo. No necesito más detalles. Nunca los necesito. Pero cuando me levanto, Lake añade, en un susurro que suena como una amenaza:
—Y Beckham... no la cagues. No me gusta la gente que falla.
No digo nada. Solo le lanzo una mirada que dice más que cualquier palabra y salgo del bar, dejando atrás el olor a perfume caro y traición.

La noche siguiente, estoy en un tejado frente a la mansión Jensen. El rifle de precisión está montado, el visor apuntando a una ventana del tercer piso. Ahí está Kendal, solo, sentado en un sillón con un libro en las manos. La luz de una lámpara lo envuelve, haciendo que su pelo parezca casi dorado. Ajusto el visor, mi dedo rozando el gatillo. Es un tiro limpio. Fácil. Demasiado fácil.
Pero entonces, como si sintiera algo, Kendal levanta la vista. Esos ojos verdes parecen atravesar la oscuridad, como si pudieran verme a pesar de los cientos de metros que nos separan. No es posible, claro. Estoy escondido, soy una sombra. Pero mi corazón da un salto, y mi dedo se aleja del gatillo como si quemara.
—Mierda —murmuro, apartando la mirada del visor. Me paso una mano por el pelo, frustrado. No es mi primera vez. Ni la décima. Entonces, ¿por qué siento que me falta el aire?
Kendal vuelve a su libro, ajeno a todo. Hay algo en cómo gira las páginas, con tanto cuidado, que me hace querer saber más. ¿Qué está leyendo? ¿Por qué está solo en una casa tan enorme? ¿Por qué parece tan... frágil? Tan diferente a lo que esperaba.
Sacudo la cabeza, cabreado conmigo mismo. No puedo pensar así. Kendal Jensen es solo un nombre en un contrato. Un trabajo. Pero mientras desmonto el rifle y guardo el equipo, algo dentro de mí sabe que esto no va a ser tan sencillo. No esta vez.
Cuando llego a mi apartamento, el sobre sigue quemándome en el bolsillo. Lo tiro sobre la mesa, junto a una botella de whisky que ya está por la mitad. La foto de Kendal se desliza fuera, y no puedo evitar mirarla otra vez. Esos ojos. Esa maldita sonrisa que parece saber algo que yo no.
—Estás jodido, Beckham —murmuro, dando un trago largo directamente de la botella.
Y no sé si hablo del contrato... o de mí mismo.

Killer BlvdDonde viven las historias. Descúbrelo ahora