Capítulo 1 - Sombras en el bosque

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El bosque estaba envuelto en una neblina densa, un aire pesado que se aferraba a las ramas desnudas como si el invierno no hubiera querido soltar su dominio. Cada crujido bajo las botas de Lydia era amplificado por el silencio fúnebre del lugar. Su capa negra ondeaba apenas con el viento, y bajo ella llevaba el bolso de cuero donde guardaba lo esencial: armas, dispositivos improvisados y un fajo de fotocopias arrugadas con rostros de criaturas buscadas. Vivos o muertos, daba igual. El precio siempre era bueno.

Una de esas hojas estaba ahora en su mano. Lydia la miró con sorna mientras el crujir de cadenas y el chisporroteo eléctrico se mezclaban en la oscuridad. Allí, atrapado en una red electrificada que apenas lo dejaba moverse, se debatía un zombi. Pero no era como los que apestaban a cien años de podredumbre. No, este tenía el porte de un pirata maldito: mandíbula firme, cabello largo y gesto furioso. Un muerto demasiado guapo para estar tan podrido.

—Paschier Virelaux... —leyó Lydia en voz alta, con burla—. ¿Acaso eres francés o algo?

El zombi gruñó, y la red chisporroteó de nuevo cuando intentó zafarse. Ella sonrió. No era idiota: esas redes de su invención estaban diseñadas para que cualquier fuerza bruta terminará en descargas que harían arder hasta a un cadáver animado. Y por si fuera poco, el collar que descansaba en su cuello —esa calavera siempre brillante, fría, pesada— le permitía ejercer cierto control sobre los seres que capturaba. No importaba si acababan en manos de la policía, en un laboratorio, o en algún comprador anónimo: lo suyo era negocio. Simple.

Sacó de su bolso una esfera luminosa y la lanzó contra el zombi. La bola estalló en un fulgor violeta que hizo que Paschier rugiera con un dolor profundo, más espiritual que físico. Lydia solo arqueó una ceja y chasqueó la lengua.

—No llores. No eres el primero que atrapó y no serás el último.

Entonces, el aire cambió. Un murmullo surgió detrás de las lápidas agrietadas que rodeaban el claro del bosque. Y de pronto, emergió una silueta envuelta en capa negra. El vampiro avanzó con solemnidad, como si pisara un escenario en vez de tierra húmeda.

—Oh, deja de gesticular —dijo con voz profunda, casi teatral—. Pero dime, la piel tan pálida y la capa negra? ¿De dónde has sacado todo eso... de una tienda de disfraces?

Lydia entrecerró los ojos, ladeando la cabeza. El vampiro la sostuvo con la mirada, helada, calculadora.

—Voy a beber de tu cuello hasta dejarte sin vida —amenazó, grave.

Ella suspiró con fastidio. Odiaba a los vampiros. Siempre creían que debían adornar cada amenaza con un barniz de seducción barata. Mientras los zombis iban directo al grano —desgarrar, devorar—, los vampiros sentían la necesidad de posar, de dramatizar.

Cuando se abalanzó hacia ella, Lydia no dudó: levantó su pistola eléctrica, un modelo tuneado con incrustaciones de falsos diamantes morados, y disparó. El vampiro se convulsionó y cayó de rodillas con un gruñido. El destello de la descarga iluminó brevemente el claro.

—La pistolita y yo hemos pasado grandes momentos —murmuró Lydia con sarcasmo, observando cómo se retorcía—. Y parece que este será otro de ellos.

El vampiro quedó tirado en el suelo, patético, más esquelético que elegante. Ella se acercó y ajustó en su tobillo una tobillera metálica con sensores.

—Quedas detenido. —Sonrió con malicia—. Esa joyita que te he puesto detecta cualquier incremento de sangre humana en tu organismo. Si intentas beber... los sensores te inyectarán agua bendita.

El vampiro abrió los ojos de golpe, horrorizado.

—Oh, y no intentes arrancártela —añadió Lydia—. Si rompes el sello, se liberará todo el contenido. Créeme, no te gustará.

Un aplauso resonó en la penumbra. Lento, burlón, demasiado familiar. Lydia giró la cabeza y vio a un hombre alto, de cabello oscuro, sonrisa venenosa y ojos como brasas apagadas. A su lado, una mole de músculos en plena transformación: un hombre lobo, con garras a medio surgir y el rostro crispado salvaje.

—Bravo, Lydia... —entonó el recién llegado con voz seductora y cruel—. No esperaba menos de ti.

Lydia apretó la mandíbula.

—Cárlien... —escupió su nombre como un veneno.

El vampiro atrapado levantó la vista hacia él, suplicante. Cárlien se inclinó con ironía.

—No temas. Lydia no es tan simple. Ella puede robarte el alma y hacerla trizas... como hizo con la mía.

Los ojos de ella centellearon de furia.

—Tú no tienes alma —respondió, seca, cansada, con un dejo de hastío.

Cárlien sonrió, encantado con la herida que todavía lograba abrir.

—Ah, Lydia... siempre tan cruel. Por eso sigo volviendo.

El aullido del hombre lobo cortó el aire.

El vampiro aún se retorcía en el suelo, fulminado por la descarga, y Lydia se inclinó apenas para ajustarle mejor la tobillera.

—Los vampiros no pesan nada —murmuró con fastidio, como si hablara consigo misma—. Ventajas de no tener fluidos internos.

Se enderezó y sacudió la capa, con un gesto teatral que la hacía parecer menos cansada de lo que estaba.

—Me llamo Lydia —anunció, como si se tratara de una declaración oficial, su voz resonando entre las sombras.

El silencio del bosque fue interrumpido de inmediato.

—Lion —dijo el vampiro abatido, aún jadeando pero con una arrogancia intacta, como si el hecho de estar en el suelo fuera solo un pequeño tropiezo.

—Cárlien Armandé —se presentó el moreno con su sonrisa encantada de siempre, aunque nadie le había preguntado. Lydia rodó los ojos con tanta fuerza que casi escuchó el crujido en sus propias sienes.

Desde la red electrificada llegó otra voz, gutural pero clara:

—Paschier Virelaux. —El zombi pirata apretó los dientes, como si su apellido extranjero debiera pronunciarse con respeto.

Y por último, el hombre lobo, que había observado toda la escena con diversión animal, alzó una ceja y dejó escapar una risa grave.

—Garzeth Umbrae —dijo con sorna—. Solo porque todos ya se presentaron.

Lydia aplaudió una vez, lenta y burlona.

—Muy bien, la velada de gala está completa. Misión cumplida, caballeros. —Guardó su arma en la funda con gesto elegante—. Ahora necesito que me lleven a casa.

El silencio volvió a caer sobre el claro, hasta que Cárlien rompió en una carcajada suave, como seda manchada de veneno.

—¿Llevarte? —repitió, disfrutando de la ironía—. ¿A ti, la gran cazadora?

—Sí, a mí —respondió Lydia, cruzándose de brazos—. Porque soy humana, daaah.

Garzeth soltó un gruñido divertido, mostrando dientes afilados.

—Parece justo —dijo el hombre lobo, inclinándose hacia ella como si evaluara cuánto pesaba.

Cárlien se acercó, su sombra alargándose sobre la de Lydia. Con un gesto casi caballeroso, se colocó a un lado de ella.

—Yo cargaré con el peso más precioso —declaró, exagerando cada palabra.

Garzeth, rodando los ojos, se situó al otro lado, encajando su enorme brazo bajo el de Lydia como si ella fuera una muñeca de trapo.

Ella suspiró con resignación, colgando entre ambos.

—Genial... transporte compartido. Esto va a ser un viaje larguísimo.

Mientras avanzaban por el bosque, la niebla se cerraba tras ellos como si quisiera borrar todo rastro. Y Lydia, balanceándose en brazos de un vampiro y un hombre lobo, no podía evitar pensar que, tal vez, aquella cacería recién estaba empezando.

Lydia la Cazadora de sombrasStories to obsess over. Discover now