El coche se detuvo frente a la antigua casa que la banda iba a habitar por las próximas semanas. Sofi abrió la puerta y fue la primera en saltar al césped, dejando que la brisa fresca le revolviera el cabello. A su alrededor, las demás chicas saltaban y reían, llenando el aire de gritos de emoción: Kenny corría hacia la terraza para inspeccionarla, Mich examinaba cada ventana, y Ivy ya había empezado a sacar su guitarra de la funda, como si quisiera tocar en cada rincón.
Antonella bajó lentamente, con una sonrisa amplia, los ojos brillando con la emoción de lo nuevo. La casa tenía un aire acogedor y secreto: techos altos, pasillos largos, y ventanas por donde entraba la luz del atardecer que iluminaba cada pared con tonos dorados. Cada habitación era una promesa de días llenos de música y confidencias.
—¡Miren esta habitación! —gritó Ivy, corriendo hacia una esquina soleada—. ¡Podemos grabar aquí!
Kenny se recostó en el sillón del salón y dejó salir un suspiro de felicidad:
—No puedo creer que esto sea nuestro hogar por unas semanas… es perfecto.
Antonella se acercó a Sofi y le tomó la mano, entre risas:
—Esto va a ser increíble… ¿te imaginas todas las canciones que vamos a crear juntas?
Sofi sonrió, sintiendo cómo su corazón se aceleraba. Había algo especial en la forma en que Antonella podía iluminar un lugar solo con su presencia, como si cada risa suya hiciera brillar el techo sobre ellas.
La tarde pasó entre risas, maletas desordenadas y primeras notas musicales que llenaron los pasillos. Cada acorde parecía más vivo, más genuino, porque lo compartían juntas, unidas por la amistad y la pasión que las había llevado hasta allí.
Cuando cayó la noche, las chicas se sentaron en el jardín trasero, alrededor de una pequeña fogata improvisada. Antonella levantó la mirada al cielo y señaló las primeras estrellas que aparecían:
—Miren… la primera constelación de la noche. Siempre me recuerda que, aunque estemos lejos de casa, hay algo constante que podemos observar.
Sofi la observó, sintiendo que esas palabras contenían más de lo que aparentaban: un pequeño destello de soledad mezclado con esperanza, un hilo que conectaba a Antonella con algo más grande que ellas mismas.
La noche cerró con risas suaves, planes para canciones futuras y la promesa silenciosa de que esos días en la casa serían inolvidables. Cada una de las chicas sabía, sin decirlo, que algo estaba naciendo allí, no solo en la música, sino también entre ellas, invisible y brillante como las primeras estrellas de la noche.
