New York C1

28 3 5
                                        

***
Millie†

Vivir en New York nunca me emocionó. Venía con la abuela todos los años sin falta, pero ahora que vivía aquí había notado que podía divertirme, aunque fuera a base de mentiras. No era lo mismo que en Latinoamérica, pero con Diana a mi lado sabía que estos meses serian distinto… quizá magnífico.

—¡Wow, esto es grandioso! —chilló Diana, aún asombrada por los enormes edificios que tenía enfrente—. ¿Cómo es posible que no quisieras vivir aquí? ¡Es hermoso! —añadió, arrastrándome hacia una de las tiendas.

Solo se fue medio año

—Vamos, apresúrate. Mañana empiezan las clases y necesitamos estar hermosas —gritó desde la entrada de una de las tiendas más lujosas de New York.

Mi tarde se dividió entre compras innecesarias y helado. Lo único que realmente disfruté fue descubrir una tienda diferente: prendas oscuras, auténticas, como si hubieran estado esperándome.

El regreso a casa fue tranquilo. Conducía mi jeep rojo caramelo hasta el departamento de Diana. Dejamos las bolsas en la sala y comenzamos a arreglarnos para la cena familiar. Yo me puse unos pantalones cargo negros, una blusa roja y mis converse de siempre. Cómoda, me hundí en el sofá mientras veía a Diana desordenar su armario como si su vida dependiera de elegir el vestido correcto.

No entendía su obsesión. Al final, solo era una cena familiar.

“Porque vendrá el nieto de uno de los empresarios más prestigiosos de Rusia, tonta”,
me recordó mi conciencia.

Rodé los ojos. Maldije en silencio y busqué en el celular una mejor alternativa. Una fiesta. Zerena, la capitana del equipo de voleibol, ya había anunciado que su mansión estaría abierta esa noche.

Mis amigas nunca decepcionan  con las fiestas y Zerena hacia muy buenas fiestas

Una hora después, una limusina nos dejó frente a un edificio tan imponente que Diana parecía incapaz de cerrar la boca.

¡Dios! Es como si hubiese vivido en un monte los últimos meses

Y solo se había ido unos meses a Rusia de intercambio

—Diana, compórtate. Vienes de Rusia, no de una caverna —la reprendió su madre, tía Alisha. Era rubia, esbelta y elegante, de esas mujeres que parecían flotar en lugar de caminar—. Hola, querida, tenía tiempo sin verte. Mira nada más cómo estás de linda —me halagó, tomándome del brazo con esa dulzura que en mi familia era escasa.

Ella y mi abue Azul eran las únicas que no me daban igual.

—Buenas noches —saludamos Diana y yo al unísono.

Nos sentamos una al lado de la otra. Mi padre y el suyo encabezaban la mesa con sus esposas, pero todos sabíamos que la verdadera cabeza de la familia era mi abue Azul. Ella devoraba su postre sin remordimientos mientras recibía miradas reprobatorias de medio salón. Diana y yo apenas conteníamos la risa.

—Comencemos, pues —anunció finalmente mi abue, dando inicio a una tortura disfrazada de cena.

Pasada una hora de discusiones de negocios que me aburrían más que una mosca en el cristal, me levanté.

—Nos vemos, mami —le susurré a mi abue, dándole un beso en la mejilla. Arrastré conmigo a Diana, que no dejaba de coquetear con el nieto del vejete.

La mirada de mis padres me atravesó como cuchillas, pero no me importó.

—Quiero quedarme —pidió Diana con un puchero.

Odiaba eso. Odiaba que me dejara por un imbécil. Para mí, los hombres eran todos iguales: idiotas que solo sabían usar a las mujeres.

Ecepto mis amigos

—Quédate —solté seca, subiéndome a mi jeep que había traído el chófer.

—No tienes por qué ser así —respondió molesta.

Yo apreciaba a Diana, pero no iba a quedarme a escuchar estupideces románticas. No estaba de humor.

La fiesta quedaba cerca del restaurante, así que en minutos ya estaba frente a la mansión de Zerena. Era lujosa, sí, pero nada que no hubiera visto antes. Los lujos nunca me impresionaron había estado rodeada de ellos toda mi vida.

—¡Por fin llegaste! —gritaron mis compañeras del equipo, con copas en la mano, arrastrándome hacia la pista improvisada.

Al principio no tenía ánimos. Pero cuando Fronteo de Plan B inundó la sala, todo cambió. Las chicas latinas se unieron a cantar conmigo, eufóricas. Nada me hacía sentir más viva que el reguetón en español, gritado hasta desgarrar la garganta. Bailamos hasta que el calor se volvió insoportable y varias cayeron rendidas por la borrachera.

Yo aún quería seguir.

Al final, me despedí y subí al auto. Conduje sin rumbo, hasta que, casi sin notarlo, me encontré frente al cementerio. Pasada la medianoche, el silencio era espeso como humo.

Entré. El camino estaba flanqueado por tumbas de todos los tamaños y estilos. Me dirigí a la que siempre buscaba: sin nombre, solo una fecha. 30-09-2025

Me senté frente a ella. No había nada que decir, pero me quedé en silencio, atrapada en mis pensamientos oscuros.

Desde niña había tenido la certeza de que moriría joven. No era un deseo: era un presentimiento. Mis amigos también lo sabían. Hablábamos de muertes probables: sobredosis, suicidios, accidentes… todos convencidos de que no llegaríamos a viejos. En mi caso, la presión en el pecho siempre me recordaba que sería mi fin.

Me limpié las lágrimas antes de levantarme. Si quería llegar a los dieciocho, debía dejar de sobrepensar.

Iba a despedirme de la tumba cuando escuché un susurro desgarrador.

Me quedé inmóvil. No debía haber nadie más ahí.

—¿Por qué me dejaste solo, ah? —la voz de un joven rompió la noche. Estaba de rodillas, vestido de negro, frente a una lápida. Su rostro permanecía oculto, inclinado hacia el suelo—. Se suponía que creceríamos juntos, que huiríamos junto a ella…

Su voz se quebró, y luego gritó:

—¡Te odio porque me dejaste! Igual que ella… —y la rabia le destrozó las palabras.

Era como mirarme en un espejo: otra alma rota, tan perdida como yo.

Me marché sin hacer ruido, subí al auto y me alejé a toda prisa.

La mañana siguiente cayó sobre mí como un balde de agua fría: estrés, agobio, gente mediocre que se creía más de lo que era solo porque tenía dinero. Yo los ignoraba; no valía la pena gastar energía.

***
La mañana era frescas aún aunque ya no era invierno la brisa fría lograba mezclarse con la primavera observaba perdida el patio sentada en uno de los asientos del salón hasta que la voz del profesor me saco de mis pensamientos

—Chicos, tomen asiento. Les presentaré a su nuevo compañero —dijo el profesor. La clase entera enmudeció.

—Él es Tate Brown.

Un chico de un metro ochenta y algo más me miraba con esos ojos verdes penetrantes que me habían echo llorar muchas noches en mi niñez

Tate.
Mi peor pesadilla.
El niño que me había arruinado la infancia. El vecino que mataba mis mascotas. Mi enemigo número uno.

Y ahora venía a sentarse a mi lado.

Puta vida, lo que me faltaba.

Holissss agradezco de antemano a los que decidieron darme una oportunidad y pido disculpa si tienen errores gramaticales o de coherencia tenganme paciencia porfa y ayúdame votando y comentando besosss 🫶🏻

Somos mentirosos Mga kuwentong kahuhumalingan mo. Tumuklas ngayon