[Extracto del documental “Un Universo Desconectado” – Archivo histórico, año 2400 – Emitido por el Canal Intergaláctico 5, patrocinado por oerO, la empresa de galletas que se comen a sí mismas]
"En la vasta inmensidad del cosmos, civilizaciones enteras han dominado el viaje intergaláctico, la terraformación de mundos y la manipulación de la materia; incluso han logrado maravillas como el café que no quema la lengua, los implantes cerebrales que convierten el ronquido en sonetos shakespearianos, o la aplicación que detecta conversaciones incómodas y, sin previo aviso, simula una llamada urgente de tu tía astronauta perdida en un asteroide. Sin embargo, hay un problema que ningún avance ha resuelto: el maldito internet lento."
En el Sector Empanada-4, el 92% de los sistemas planetarios reportan conexiones tan inestables que descargar un archivo de 2 MB puede tardar décadas. Hay mundos donde aún se usan mensajes en botella… digitales. Y en regiones más aisladas, los memes llegan con siglos de retraso, quitándoles toda gracia… salvo algunos como el “tun tun sahur” y el de los tres Spiderman, que sobreviven a todo.
En ese contexto aparecieron los cazadores de señal: tripulaciones que, en lugar de explorar agujeros negros o unirse a guerras galácticas, vagan por los confines del universo buscando Wi-Fi como arqueólogos digitales desesperados. Entre ellos, destaca la nave más optimista y menos preparada del cuadrante: "Le Pingue Señal", famosa por encontrar la conexión más rápida registrada… en el baño público de un universo paralelo hecho de una especie de gelatina.
El zumbido de la nave era lo único que se escuchaba en el puente de mando. Bueno, eso y el crujido sospechoso de López, la piloto, que masticaba algo que parecía una fritura... o un pedazo de mapa estelar viejo, aunque nadie quiso preguntar.
En su asiento, el Capitán Rigoberto Valdés golpeaba con ansiedad el costado de su tableta de navegación, como si así fuera a cargar más rápido.
—Esto no es normal… —murmuró, con la mirada fija y apretando los ojos para enfocar.
—Capitán, ¿otra vez revisando la señal? —preguntó López, mientras giraba en su asiento con una bolsa de frituras flotando a su lado—. Llevamos tres meses igual.
—No. Mira esto. —Valdés levantó la pantalla: la barra de señal no solo estaba llena… latía, como un corazón.
Marquina, el ingeniero jefe, levantó la vista desde la cafetera principal, a la que le estaba poniendo cinta adhesiva interdimensional.
—Debe ser un bug... o un glitch... o un espejismo digital. Como aquel planeta que parecía Netflix y resultó ser un vertedero de gifs.
Valdés ignoró la advertencia y tocó un par de botones.
De pronto, una puerta de portal se abrió a la derecha del puente, mostrando brevemente un universo habitado solo por pizzas flotantes que discutían sobre política. Nadie dijo nada. Era lunes, y aunque era el año 2444, todos seguían odiando los lunes.
López infló las mejillas y exhaló.
—¿Coordenadas?
—Cargadas —anunció Valdés.
Le Pingue Señal dió un giro y cruzó tres realidades, un arcoíris carnívoro y una lluvia de memes físicos (sí, memes impresos que caían del cielo), hasta que un punto azul apareció en la ventana principal.
—Planeta clase “meh” —leyó Marquina—. Atmósfera respirable… y… no puede ser.
—¿Qué? —preguntó López.
—El escáner dice que hay una red abierta.
Hubo un silencio raro, como cuando alguien menciona “cena gratis” en una fiesta y todo el mundo se mira sin querer parecer desesperado.
—¿Nombre de la red? —preguntó Valdés.
Marquina tragó saliva.
—“FREE_WIFI_4EVER”.
López abrió la boca asombrado dejando caer lo que tanto masticaba.
—Capitán… esto puede ser una trampa.
—O puede ser... —Valdés sonrió, con la mirada encendida— lo que llevo buscando desde que dejé mi trabajo en Soporte Técnico: una conexión estable. ¡Vayamos a verlo!
La nave descendió entre nubes plateadas y praderas tan perfectas que parecían impresas en papel fotográfico barato. No había ciudades, antenas ni rastro de tecnología
La nave descendió entre nubes plateadas, praderas perfectas y un paisaje que parecía sacado de un folleto turístico barato: praderas verdes, lagos cristalinos y aves que volaban en formación como si estuvieran haciendo un comercial. No había ciudades, antenas, torres de comunicación, o rastro de tecnología alguno que justificara una señal así… salvo un único cartel metálico, plantado en medio de un campo plano
Todos miraron por la ventana y en letras luminosas parpadeaba:
"CONÉCTESE AQUÍ SIN CONTRASEÑA”
—Esto no me gusta —dijo López ajustándose el cinturón—. Planeta vacío, red abierta, cartel amable… suena a asesino en serie digital.
—O a bendición tecnológica, quizás finalmente voy a ver un reel sin que se congele —respondió Valdés, ajustándose el casco—. Voy a conectarme.
Bajaron de la nave. El aire era tan limpio que dolía respirarlo. Frente al cartel, una consola solitaria brillaba con una interfaz simple y un gran botón verde que decía “ACEPTAR”.
—¿Esto es todo? —dijo Valdés, incrédulo—. ¿Nada de configuraciones, nada de validaciones o de captchas?
–Mírele el lado positivo, al menos no va a tener que estar seleccionando todas las imágenes con semáforos una y otra vez –dijo Marquina.
Pero en cuanto Valdés tocó la pantalla, esta empezó a escupir un texto interminable a una velocidad absurda. Valdés empezó a deslizarse hacia abajo encontrando palabras en cientos de idiomas, cláusulas que parecían trabalenguas y símbolos que no eran letras pero que igual daban mala espina.
López frunció el ceño.
—¿Qué demonios es eso?
—Los términos y condiciones –respondió Valdés, con la misma emoción que otros reservan para decir “me saqué la lotería”, mientras sonreía como un niño frente a una piñata.
Y entonces, en la esquina inferior de la pantalla, algo apareció en letras diminutas:
“Propietario de la red: El Guardián del Spam”
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HumorEn el año 2444, la humanidad conquistó tres galaxias, pero todavía no logra lo más básico: ¡Una conexión WI-FI realmente estable! El Capitán Rigoberto Valdés y su tripulación abordan "Le Pingue Señal" rumbo a un planeta misterioso con una red abiert...
