1. Seis en punto

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El despertador sonó a las seis en punto.

Nanami no lo necesitaba. Ya estaba despierto.

Se sentó al borde de la cama con la precisión de un relojero. Ni un minuto antes, ni uno después. El sol manchaba de luz las cortinas de su departamento. Afuera, la ciudad bostezaba despacio: los primeros trenes pasaban, los semáforos parpadeaban sobre calles aún medio dormidas.

Nanami se alisó el cabello hacia atrás con una mano rápida, y caminó hasta la cocina. Pan tostado. Café negro. Silencio.

Todo como siempre.

Se ajustó la corbata. El traje estaba limpio, planchado, inmaculado. Como cada día. A las siete en punto, salió de casa.

A esa hora, Tokio ya era una sinfonía de pasos apurados, murmullos, bocinazos. Gente corriendo a trabajar. Niños con mochilas más grandes que ellos. Vendedores de esquina. Y él, caminando con la espalda recta, esquivando el ruido sin inmutarse.

La misión del día no prometía ser complicada. Una serie de muertes misteriosas en un distrito viejo, medio olvidado por la ciudad moderna. Podría ser una maldición menor. O podría ser otra estupidez burocrática de la Asociación, que prefería enviar hechiceros de primer grado para no tener que mover un dedo ellos mismos.

Nanami suspiró. Entró al metro.

Seis y cuarenta y dos. Puntual.

El lugar era una zona industrial casi abandonada. Cables sueltos, paredes grafiteadas y olor a aceite quemado. El aire estaba tenso, como si todavía quedara algo en el ambiente. A esa hora, no había nadie. Solo un par de patrulleros cerraban el paso.

Nanami caminó entre los restos del edificio derrumbado. La estructura se había desplomado por completo. Según el informe, fue una "explosión de gas". Como siempre.

Pero él podía sentirla. La energía maldita seguía adherida a las paredes rotas, como una película invisible sobre la superficie.

Una maldición había estado allí. Una fuerte.

La había destruido sin mayor esfuerzo. Un solo golpe certero con su arma envuelta en tela partió la maldición en dos.

Creyó que su trabajo había terminado.

Hasta que escuchó algo.

No un grito. No un llanto.

Un gimoteo.

Leve. Casi un susurro. Tan tenue que parecía parte del viento, pero no lo era.

Nanami se detuvo. Giró el rostro y agudizó el oído.

El sonido volvió.

Se acercó a lo que quedaba de un rincón cubierto por escombros. Con cuidado, movió una viga rota, un par de bolsas derretidas por el calor, un trozo de lo que alguna vez fue una silla. Y debajo…

Un niño.

Pequeño. Encorvado. Cubierto de polvo y hollín. La ropa chamuscada en los bordes. Los ojos abiertos, demasiado abiertos, clavados en él como si no entendieran qué era lo que estaban viendo. El cuerpo temblaba apenas, como si aún no supiera si debía huir o quedarse quieto.

No lloraba.

No se movía.

Solo lo miraba.

Nanami no dijo nada al principio. Quiso preguntarle qué hacía allí, pero al ver la sangre seca en su ropa, no se atrevió.

Se quedó quieto. Midió la distancia. Miró alrededor. No había nadie más. Solo ruinas. Solo cenizas. Solo él y ese niño de no más de seis años, atrapado entre cosas rotas.

—Estoy aquí para ayudarte —dijo finalmente, con voz baja, clara.

El niño no respondió.

Nanami se arrodilló con lentitud. Extendió una mano. El niño no se acercó, pero tampoco se apartó. Solo parpadeó. Una vez. Luego otra.

Y entonces, sin aviso, sus dedos pequeños se aferraron a los de Nanami.

paternidad | jjk & m. reader Where stories live. Discover now