Mi Eva

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Fue un día de primavera, un sábado por la tarde, en el que las calles estaban llenas. La brisa estaba fresca, las hojas y los pétalos de las flores se hallaban sobre todo el suelo de la calle. Recuerdo ese día porque fue la primera vez que me habían dado una paliza, provocada por robar un pedazo de pan. Corrí y corrí hasta llegar al barrio de los ricos, personas asquerosamente ricas. Allí se susurraban rumores demasiado horribles para ser ciertos: que vendían niños, que los ofrecían para servicios de índole sexual a cambio de dinero, todo para su propio beneficio. Pero el rumor no mentía. Lo confirmé cuando la realidad se estrelló contra mí, sin darme tiempo a dudar. Aquel lugar era conocido como el Palacio Rojo. Así le llamaban a la calle. Un nombre elegante para un sitio que escondía tanta podredumbre. En sus residencias vivían sargentos de alto rango, mercenarios, comerciantes y figuras célebres. Personas de alta alcurnia... o individuos que habían comprado su lugar allí. Algunos gracias a su renombre; otros, por ensuciarse las manos con actos corruptos que el dinero se encargaba de limpiar. Y aun así, todos compartían algo en común: sabían exactamente lo que ocurría allí... y lo permitían.

Así que ya sabrás lo asustada que estaba cuando me vi en un lugar como ese, tan opuesto a mí, con mi apariencia descuidada, sin zapatos, con el vestido manchado y el cabello todo enredado, tratando de no ser vista por mis agresores. Pero no me arrepiento de haber robado ese pan. Yo podría recibir cien latigazos y todas las golpizas, si fuera necesario, para volver a ese día en donde te conocí.

Mis oídos escucharon un silbido como si estuvieran llamando a un perro, acompañado de un 'escóndete aquí'. Pero no fue cualquier voz, era la más dulce y amable que había escuchado desde que llegué a este país, donde solo era maltratada con malas palabras y, sobre todo, actos maliciosos. Esa voz pertenecía a una niña de al menos once años, y por supuesto, me refiero a ti. Me permitiste entrar en tu carruaje y refugiarme debajo de tu vestido azul para no ser vista por mis agresores. No podría explicar con palabras el dulce aroma que emanaba de ti, un embriagante aroma a vainilla, todo lo contrario a mí. Sin embargo, no te inmutaste, no parecías darle importancia a mi aspecto, solo te inclinaste un poco y, con voz suave, me preguntaste si me encontraba bien.

No te respondí con palabras, pues sentí un poco de vergüenza, ya que mi inglés no era tan bueno en ese momento y mi pronunciación sonaba chistosa. Así que solo moví mi cabeza de arriba hacia abajo.

-Umm, ya veo. Me llamo Eva. Ellos ya se fueron, estás a salvo. Mejor vete antes de que lleguen mis padres. Están en esa tienda de enfrente.

Me limité solo a decir un 'gracias' y salir del carruaje sin darme cuenta de que había arrancado el lazo de tu vestido. Me había aferrado tan fuerte a él que lo desprendí de tu hermoso vestido azul, que lo más probable es que fuera hecho a tu medida pero, mi querida Eva, yo tampoco me arrepiento de haber estropeado tu atuendo, porque gracias a ese lazo, nunca se me olvidó tu nombre y apellido, Eva Lauder.

No pude decirte mi nombre en ese momento, pero tú sabes que yo siempre seré tu Tamako, y tú siempre serás mi Eva.


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Desde que te conocí.Stories to obsess over. Discover now