—¡Paty! ¡Apaga esa maldita música de una vez!
Belén golpeó la puerta vecina con tanta fuerza que el portón vibró. Llevaba puesta una bata de lino oscuro, el cabello recogido en una coleta tensa y unos lentes para leer que no lograban suavizar el odio que le hervía en la sangre. Las luces color neón que salían desde la casa de al lado parpadeaban como una discoteca improvisada, y de fondo, un grito:
—¡Una más y nos vamos! ¡Pero que sea de Thalía!
La voz de Paty retumbó con escándalo alegre, justo antes de que el beat volviera a reventar los vidrios. Belén apretó los dientes, cerró los ojos, y volvió a golpear la puerta con los nudillos, esta vez con más furia.
—¡Paty! ¡Te estoy hablando! ¡Son las dos de la madrugada! ¿¡Estás enferma o qué demonios!?
La música bajó unos segundos. Alguien se rió adentro. Luego, la puerta se entreabrió, y ahí apareció ella.
Paty tenía el cabello suelto, húmedo, recién salido de la ducha, y aún más rebelde por la humedad del calor. Llevaba un top negro apenas sostenido por los tirantes y un short de pijama que dejaba ver media pierna. Sus labios, de un rojo tan provocador como impertinente, dibujaban una sonrisa burlona.
—¿Otra vez usted, vecina?
—Otra vez yo. Otra vez tú. Y otra vez esta porquería de fiesta en la casa de al lado. ¿Cuántas veces hay que repetírtelo? Esto es una vecindad. Hay normas. Hay respeto.
—¿Respeto? —Paty soltó una risa nasal—. Uy, no me grite con palabras tan grandes que me da miedo. Mire, estoy joven, soltera, con voz de oro y un sistema de sonido que merece usarse. ¿Qué quiere que haga? ¿Me quede callada llorando viendo novelas como usted?
—Quiero que te comportes como un ser civilizado. Que le bajes a tu show barato, saques a tus amigos y dejes dormir al resto de los vecinos. Incluyéndome.
—Pero si nadie más se queja, señora. Sólo usted. Ya me anda gustando eso. ¿No será que me espía por la ventana?
—¿Espiarte? —Belén soltó una risa amarga—. Lo único que podría observar con interés en ti es el desastre psicológico que tienes por personalidad.
—¡Ay, Belén! —canturreó Paty—. Me habla tan bonito que me dan ganas de invitarla una copa.
—La próxima copa que me acerques te la voy a romper en la frente.
—Uy... agresiva. Le hace falta algo. O alguien.
—A mí lo único que me falta es silencio. Y paz. Dos cosas que tú te tragaste desde que llegaste a esta cuadra.
—Pues váyase. Dicen que las casas de retiro son bien calladitas.
—Tengo cuarenta años, Paty. No ochenta.
—A veces se siente como si tuviera ciento veinte. Qué forma tan triste de envejecer, peleando con veinteañeras desde la reja.
Belén inspiró hondo. Muy hondo. Su mano temblaba levemente. Dio un paso hacia adelante, lo suficiente para acercarse sin tocarla, sin invadir, pero haciéndose sentir.
—Mira, niña. No sé cómo creciste. No me importa si tus papás te celebraban cada escándalo. Pero esta no es una cantina, ni una fiesta universitaria. Es una calle tranquila. Gente decente. Gente que trabaja. Gente que no puede con tus malditos karaokes a media semana.
—¿Gente decente como usted? —Paty la miró de arriba abajo, sin miedo, sin culpa, sin respeto—. Usted es puro odio con perfume caro.
—Y tú eres ruido con minifalda.
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Vecina Ruidosa
RomancePaty tiene veinte años, una energía explosiva y una voz que retumba por todo el vecindario cada noche de karaoke. Belén, con el doble de su edad, vive a su lado... y la odia. Elegante, meticulosa y de carácter amargo, no tolera los escándalos de la...
