Septiembre, 1992.
Después de una larga jornada en la clínica psiquiátrica, caminé fuera del hospital para dirigirme hasta el estacionamiento, en donde había dejado mi auto.
Estando allí, cerré la puerta y busqué algo en la guantera. De allí saqué un paquete medio aplastado de cigarrillos y lo miré con alivio.
—Maldito idiota—musité, pensando en el visitante con el que tuve que lidiar un rato antes mientras sacaba el último cigarrillo de la caja.
En ese momento, el corazón casi se me sale en cuanto escuché a alguien recargarse sobre el marco de la ventana abierta de mi auto, justo al lado mío.
—Hijo de pu- ¡Stevie!—dejé los cigarrillos y sonreí al ver a mi viejo amigo.
—Esa cara se me había hecho familiar—Stevie O rió.
—¿Qué haces por aquí?
—Investigando casos de discriminación y negligencia médica, ya sabes—Stevie suspiró.
—¿En este hospital? Imposible—dije en el tono más sarcástico posible mientras rodaba los ojos.
—¿A qué viene eso?—Stevie soltó una pequeña risa.
—Son una bola de idiotas, siguen realizando terapias de conversión y desestiman el trabajo de las enfermeras.
—¿Terapia de conversión? Suena interesante para otra investigación.
—Deberías checarlo.
—¿En qué área estabas trabajando?
—Recién entré a trabajar en el pabellón de psiquiatría hace 2 meses.
—Wow, ¿no te da miedo? Está lleno de locos ahí.
—Pocas veces, sinceramente me dan más miedo los familiares de los pacientes, algunos deberían considerar internarse también, hijos de puta.
Stevie soltó una gran carcajada ante mi comentario.
—¿Entonces, no te gusta el trabajo?
—La verdad sí me gusta, por eso no me voy a dejar derrotar por el estrés que provoca estar en ese tipo de situaciones.
—Me alegro por eso, todos los trabajos tienen su parte pesada.
—Lo sé, ¿con los abogados también es pesado?
—Hay casos distintos, aunque a veces necesito un poco de hierba para relajarme bien antes de continuar con el trabajo.
—¿Hierba? Me vendría mucho mejor que un simple cigarrillo.
—¿Estás segura?
—Aprendí a consumirla adecuadamente después del incidente del brownie.
—Puta mierda, creímos que te estabas muriendo—Stevie sonrió.
—Buenos tiempos—Sonreí también, recordando con nostalgia mis años de preparatoria.
—Sí, sí—Stevie buscó algo dentro de sus bolsillos para después dármelo—. Toma, es el número de mi dealer de confianza, dile que vienes de mi parte.
—Vaya, muchas gracias, amigo—dije, agarrando el papel.
—No es nada, ojalá poder verte de nuevo mientras siga con la investigación aquí.
—Lo mismo digo, suerte con la investigación.
—Gracias, realmente la necesito.
Después de aquella conversación, me dirigí hasta mi casa, completamente exhausta. Desde hacía un año decidí mudarme para ser independiente, aunque no vivía completamente sola, sino con mi mejor amiga, Rita.
