El coche se deslizaba por la carretera como si huyera de algo. María llevaba los pies descalzos sobre el salpicadero y el viento entraba por la ventanilla, enredándole el pelo oscuro como una maraña. Álvaro conducía con la mano firme en el volante y la otra descansando sobre su pierna. No hablaban mucho, pero no hacía falta. Él le sonrió de reojo, y María sintió ese calor en el pecho que tanto le gustaba.
—Última curva —anunció él, señalando la línea de árboles que se abría más adelante—. Después, San Eterno.
El nombre siempre le había parecido extraño. San Eterno. Como si el pueblo hubiera nacido viejo. Como si llevara siglos respirando el mismo aire.
Cuando la primera casa apareció tras la arboleda, María no pudo evitar fruncir el ceño. Esperaba un pueblo pintoresco, con calles empedradas y balcones llenos de flores. En su lugar, encontró casas altas y delgadas, apretadas unas contra otras como si tuvieran miedo de quedarse solas. Las ventanas eran estrechas, oscuras.
—Parece… diferente —dijo ella, intentando sonar amable.
Álvaro rió.
—Es un poco raro al principio. Pero ya verás, la gente es muy amable.
Lo dijo con la seguridad de quien conoce demasiado bien el sitio. María le creyó. Siempre lo hacía.
Atravesaron la calle principal. Había pocas personas, y todas se detuvieron a mirar el coche. No de una forma curiosa, sino con una fijeza incómoda, como si memorizaran sus caras. María sonrió, por educación. Nadie devolvió la sonrisa.
Qué pueblo más raro, pensó.
El coche se detuvo frente a una casa antigua, de fachada blanca desconchada y contraventanas verdes. Nada mal. Tenía un porche amplio y un jardín descuidado que pedía a gritos una poda. María bajó con una sonrisa amplia.
—Me encanta —mintió, porque amaba más a Álvaro que a cualquier otra cosa.
Él le rodeó la cintura y la besó en la frente.
—Te lo prometo, vas a ser feliz aquí.
Un sonido la interrumpió.
Algo… como un murmullo. Le pareció escuchar su nombre, muy lejos, entre el susurro del viento. Se giró rápido, pero no había nadie. Solo el ruido de las hojas moviéndose.
—¿Has oído eso? —preguntó, algo nerviosa.
Álvaro frunció el ceño.
—¿El viento? Sí. ¿Por qué?
María dudó un segundo. No sonó como viento. Pero se encogió de hombros.
—Nada. Tonterías mías.
Él sonrió y abrió la puerta. El interior olía a madera vieja y humedad, como un libro que llevaba demasiado tiempo cerrado. Mientras recorría la sala, María sintió algo extraño: el silencio. Ni coches, ni pájaros, ni voces de vecinos. Solo el crujido de la madera bajo sus pies.
—¿Siempre es tan… tranquilo? —preguntó.
—Es un pueblo pequeño. La gente no hace ruido.
Otra frase rara. Pero Álvaro la abrazó por detrás, y por un momento olvidó el silencio, el murmullo, y todo lo demás.
Hasta que volvió a escucharlo.
Un susurro, suave, como una respiración detrás de su oído:
María…
Se apartó de golpe, con el corazón desbocado. Miró a Álvaro.
—¿Me has… hablado?
Él la miró extrañado.
—No he dicho nada.
Ella tragó saliva. Se obligó a sonreír.
—Creo que necesito dormir. Estoy cansada.
Pero mientras subía la escalera, sintió algo peor que el cansancio: la certeza de que alguien más estaba en esa casa. Y que sabía su nombre.
ŞİMDİ OKUDUĞUN
Elegidos por el silencio
KorkuMaría pensaba que mudarse con su novio a San Eterno sería el inicio de una nueva vida. Pero el pueblo no la recibe con calma... sino con susurros. Las calles están vacías. Las ventanas, siempre cerradas. Y por las noches, alguien -o algo- la llama p...
