Gran Premio de Brasil – Domingo de carrera
El cielo de São Paulo amaneció cubierto de nubes, como si el circuito de Interlagos presintiera la intensidad de lo que estaba por suceder. Era el día de la carrera. Las tribunas vibraban, las banderas ondeaban, y en el paddock, la tensión se respiraba en cada rincón.
Carlos llegó más temprano de lo habitual. Estaba silencioso, concentrado, pero con una mirada distinta. No era solo la presión de competir, era algo más… una mezcla de frustración contenida, inseguridad y orgullo.
Sofía lo notó desde que lo abrazó esa mañana.
—¿Dormiste bien? —preguntó con suavidad.
—Lo suficiente —respondió él sin mirarla del todo—. Hoy quiero que estén en la grada. No quiero distracciones.
Sofía no insistió. Solo asintió, aunque por dentro, algo se le encogió.
Mientras tanto, Lando caminaba junto a su ingeniero por el paddock. Su energía era distinta. No arrogante, sino determinada. Sabía que ese día tenía una oportunidad real. Y sí, también sabía que ellos estarían mirando.
La carrera comenzó con drama desde la primera curva. Carlos tuvo una mala salida, perdió posiciones en los primeros metros y, tras un ligero contacto con otro coche, su ritmo se vino abajo. Peleó con todo lo que pudo, pero el monoplaza no le respondía como esperaba. Cada vuelta era una batalla.
Sofía lo veía desde la tribuna junto a Sebastián, quien aplaudía sin entender del todo lo que pasaba.
—Papá va bien, ¿verdad? —preguntó el niño con ilusión.
Sofía lo besó en la frente—. Va lo mejor que puede, mi amor.
A diferencia de Carlos, Lando tuvo una carrera impecable. Supo defender, atacar y leer cada cambio en la pista. Subió posiciones y en las últimas vueltas peleó el segundo lugar con Max. Finalmente, cruzó la línea de meta en P3. Otro podio más.
Cuando el himno sonó y el champagne estalló en el podio, Sofía bajó la mirada. No era tristeza. Era incomodidad… complejidad. Carlos no había subido, y Lando sí. Otra vez.
En el box de Ferrari, Carlos se quitó el casco con rabia contenida. No dijo nada. Su ingeniero le tocó el hombro, pero él lo apartó con un gesto. Se encerró unos minutos antes de salir directo a la zona de descanso.
Allí estaba Sofía, esperándolo. Pero él solo la miró por un segundo y siguió caminando. No con frialdad, sino con algo roto dentro.
Más tarde, en el hospitality, Lando bajó del podio y se encontró con Sofía y Sebastián.
—¿Lo viste? —preguntó el piloto, agachándose frente al niño.
—¡Sí! ¡Ganaste! Bueno… casi.
Lando rió—. Sí, casi. Pero el trofeo brilla igual, ¿verdad?
Sofía sonrió, pero su mirada era una mezcla de alegría y cautela. Sentía que cada paso que daban, cada éxito, cada tropiezo… volvía a mover las piezas de una historia que aún no terminaba de acomodarse.
Y en algún rincón del circuito, Carlos, solo, miraba su celular. La imagen del podio ya circulaba por todos lados. Lando. Sofía. Sebastián. Todo junto, otra vez.
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Mentiras que duelen - últimos capítulos
FanfictionEs la última parte de la historia
