Prólogo: el libro rojo

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Nunca había poseído un libro que debiese llenar, concretamente, no había tenido ninguna posesión que tuviera que rellenar para mí y solo para mí. Lo más cercano a esto fueron papeles donde describía mis acciones, aunque no eran... agradables.

¿Qué más escribo?

En mi limbo de pensamientos un furtivo y brillante relámpago azotó desde el cielo las tierras de Maryam desatando una lluvia torrencial que chocaba con las ventanas de mi habitación, aunque llamarla mía es incorrecto, sino que descanso en la mansión de un duque.

El duque Raphael Collins es un hombre raro para su entorno, él mismo lo ha dicho y reconoce esa extrañeza que lo acompaña a donde vaya, asimismo lleva aires de firmeza, autoridad y control que se ven reflejados en su amabilidad y su fiereza en las negociaciones.

¿Cómo terminé aquí? Si alguien preguntara y pudiera responderle, no sabría por dónde comenzar.

Lo primero que sentí al llegar a Maryam fue nada y después caí al suelo donde el ardor del dolor y la frialdad de la tormenta se fusionaron en mi piel, una sensación conocida. No podía descansar, de hacerlo moriría.

Apoyado a contra pared con heridas que desconocía la causa fui saliendo del callejón, la visión era borrosa por mi estado y la fuerza del cielo que parecía odiarme. Entonces, al igual que antes de caer, no sentí nada y luego desperté.

Suavidad, un dulce aroma a pan, un té... jamás había visto algo igual, no que fuese ignorante de la comodidad y de la tranquilidad... es solo que nunca la había experimentado con tanta intensidad. Pasados los días a través de la servidumbre me enteré de que fue Raphael quien salió de su carruaje por mi figura en la tormenta, quien me tomó en brazos y llevó a su casa; un niño desconocido, herido y sin saberlo, él, de gran peligro, que aun después de mi confesión por esa pócima me mantuvo a su lado y me nombró su protegido. Que hombre más extraño.

Tengo miedo... otro relámpago alcanzó mi posición, mucho más que el anterior, su presencia resonó en el cristal y atravesó hasta mi pecho, no sé cuánto tardé en volver a mover la pluma, no quiero que vuelva a pasar; lo hará.

Tengo que hacer algo...

Y con esa última oración cerré y guardé el libro, también las cortinas que terminaron por dar lugar a la oscuridad de la noche combatida solo por los relámpagos y la luna. Sin ropas que quitarme, por hacerlo antes, me acomodé aun sintiendo esa extraña sensación que me invade cada que me acuesto y cada que voy a dormir.

SilencioWhere stories live. Discover now