Llevaba rato dándome vueltas en la cabeza la idea de aspirar a un mejor puesto. Es complicado. Ahora soy cabo, y aunque pasar de soldado a cabo fue un logro enorme, también trajo consigo un peso que no cualquiera carga. A veces no es el rango el que cambia, sino lo que se espera de ti. Y eso... eso sí que pesa.
Tengo veinte años. Dos años en el ejército. Suena poco, pero ha sido suficiente para ver más de lo que muchos ven en toda su vida. Me gusta pensar que he mejorado, que mis habilidades están más pulidas, que no soy el mismo chamaco que entró con miedo y sin saber realmente a qué se metía. Algunos conocidos dicen que estoy desperdiciando mi vida aquí. Que entregársela a un gobierno podrido no tiene sentido. Que tarde o temprano voy a terminar como un número más, otro nombre tachado en un archivo confidencial.
No tengo amigos afuera. Solo conocidos. Ningún lazo fuerte con el mundo civil. Nunca me gustó depender de nadie, pero a veces... sí, a veces la soledad se siente como una granada sin espoleta.
Desde niño me fascinaban los videojuegos de disparos. Mi favorito siempre ha sido Counter Strike. Me encantaba la coordinación, la estrategia, el trabajo en equipo. Me pasaba horas frente a la computadora, soñando con ser parte de algo así. Supongo que ahora lo soy... aunque aquí no hay respawns. Aquí, cuando alguien cae, no se levanta.
Ver las calles seguras, ver a la gente caminar tranquila... ese simple acto me recuerda por qué sigo aquí. Portar este uniforme y este rifle no es solo cuestión de órdenes. Es un compromiso. Una responsabilidad que pesa más que cualquier chaleco antibalas. Caminar entre balas y mantener la calma... parecer que no tienes miedo, aunque por dentro estés hecho pedazos. Lo he vivido. Las balas no avisan. A veces pasan tan cerca que el zumbido se queda en tus oídos días enteros.
Y sí, he visto llorar a delincuentes. Suplicar. ¿Pero ellos suplicaron cuando emboscaron a mis compañeros? ¿Cuando los masacraron sin piedad? No lo creo. En dos años de servicio he visto demasiadas caras. Gente con motivos distintos, con historias que los trajeron hasta aquí. Algunos por necesidad, otros por convicción, otros simplemente porque no tenían nada mejor.
A veces, en medio del tiroteo, me siento invencible. Como si pudiera enfrentar a hordas de hombres armados yo solo. Pero esa adrenalina se disipa rápido. Regresas al cuartel, te acuestas... y el silencio es más pesado que el plomo. Aun así, duermo. No porque sea fuerte, sino porque aprendí a vaciar la mente, a borrar emociones. Es parte del adiestramiento. Lo llamamos el test de locos. Cada seis meses nos evalúan. Nos dicen quién sigue, quién se fue, quién ya no pudo más. Algunos pierden piernas, otros brazos, y algunos simplemente se pierden a sí mismos. Paranoia, ansiedad, insomnio. Y sin embargo... seguimos aquí. Mirándonos en silencio. Es parte del show.
Entonces suena la alarma.
—¡DE PIE, SOLDADOS! —grita el sargento con su voz rasposa y grave, la misma de siempre.
En menos de dos minutos estamos todos uniformados, con la cama tendida, formados frente a nuestras literas. La disciplina nos convierte en máquinas. Repetimos al unísono:
—¡SEÑOR!
El sargento camina frente a nosotros, con el rostro tenso.
—Se solicita apoyo inmediato en la calle Gustavo Carranza. Amenaza clasificada como mutante.
Al escuchar eso, una corriente helada me recorre la espalda. El ambiente se tensa. Nadie dice nada. Nadie ha combatido a uno de esos. No hay protocolos. No hay entrenamiento previo. Solo suposiciones, rumores... y miedo. ¿Por qué nosotros?
No importa. La orden está dada.
—¡VÁMONOS!
El sargento, por primera vez desde que lo conozco, se pone casco y chaleco. Eso lo dice todo.
YOU ARE READING
OPERACIÓN: Brigada Alpha
Science FictionUna ola de mutaciones violentas, inexplicables y letales ha comenzado a brotar en puntos aislados del planeta. Gobiernos enteros han caído en el silencio, ocultando lo que no pueden comprender... o controlar. Entre los escombros de la verdad, circul...
