Capítulo 1 - El cordero y el trono

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El aire olía a madera vieja, incienso costoso y tradicion.

Jimin mantenía la mirada baja, no porque quisiera, sino porque debía.
La seda blanca que cubría su cuerpo temblaba levemente a la altura de sus muñecas, donde aún dolía el castigo de esa mañana. Una simple pregunta, solo eso había bastado, una duda, una palabra fuera de lugar y su padre le cruzó la cara como si borrara una mancha en un lienzo perfecto.

Ahora, esa mejilla aún enrojecida ardía bajo la tenue luz del vestíbulo Jeon, mientras el alfa que lo engendró lo entregaba como una ofrenda.

—Es puro, sumiso y obediente, hará lo que se espera de él —dijo el padre de Jimin con voz áspera, casi aburrida— Y no se queja.

Jimin tragó saliva, no lloró aunque su garganta ardía por hacerlo, sus ojos azul claro se atrevieron a alzarse por un instante y entonces lo vio.

Jeon Jungkook

Alfa, su Alfa...
Alto, impecable, vestido de negro como si el matrimonio fuera un funeral, ni una arruga en su camisa, ni una emoción en su rostro.

Era guapo de una belleza afilada, como el borde de un cuchillo.

Y cuando sus miradas se cruzaron... Jimin pensó que quizá, solo quizá, había un alma ahí dentro.

—¿Este es el elegido? —preguntó Jungkook sin moverse, sin siquiera mirarlo por segunda vez.

—Sí, tiene dieciocho, es fértil y ya está en edad, su madre era de buen linaje —respondió el padre, como si hablara de una botella de vino caro.

Cuando cruzó el umbral de la mansión Jeon, lo primero que sintió fue el cambio en la temperatura: un frío elegante, casi clínico, que no venía del clima sino del ambiente, había al menos cinco personas sentadas en semicírculo frente a él —todos alfas de traje oscuro, expresión vacía y ojos como bisturís—, como si se tratara de una subasta silenciosa.
Jungkook estaba en el centro, de pie. Su mirada —oscura, afilada, implacable— se deslizó por el cuerpo de Jimin con la precisión quirúrgica de quien busca fallas, se detuvo en su mejilla enrojecida, la vio y no dijo nada.
Pero hubo un leve cambio, una mínima contracción en su mandíbula, como si algo dentro de él reconociera el golpe... o lo aprobara.

—Tiene buena estructura ósea —murmuró uno de los alfas, cruzando las piernas con aire aburrido—  Y esas caderas... bien podrían dar gemelos.

—Un omega bastante fino, el color de ojos... impresionante, nunca había visto un azul así, parece esculpido a simple vista digno de portar el apellido Jeon—añadió otro, sin rastro de calidez.

—Omega! —hablo el mayor del clan con voz seria—. ¿Por qué no nos sirves un poco de vino?, a pesar de tu edad, imagino que al menos sabrás cumplir con las normas básicas de etiqueta.

Jimin se acercó con pasos cuidadosos, sintiendo el peso de todas las miradas clavadas en su espalda. Sus dedos temblaron al tomar la botella que reposaba sobre una mesa cubierta con un mantel blanco, sirvió el vino en las copas y para su fortuna, no derramó ni una gota, vertió el líquido con precisión, con la elegancia involuntaria de quien ha aprendido a moverse como si flotara.

Sin levantar la mirada, ofreció la primer copa a Jungkook con ambas manos, la cabeza inclinada y el cuello expuesto.

Sumisión perfecta, dolor contenido y gracia aprendida a la fuerza.

Cuando sus ojos se encontraron por un segundo, Jimin quiso hablar, pedir algo, preguntar si eso era suficiente, pero recordó la bofetada de esa mañana y calló.

—Espero que, a pesar de su edad y apariencia frágil, sea capaz de darme herederos fuertes —murmuró Jungkook, sin apartar la mirada de su mejilla roja—. Aunque esa marca sugiere que no es tan sumiso como debería... ¿me dará problemas?

El padre de Jimin esbozó una sonrisa cortante, sin rastro de calidez. Giró apenas el rostro hacia su hijo, y esa sola mirada bastó. -Fríafila, afilada, cargada de advertencia - Jimin bajó aún más la cabeza, con un temblor casi imperceptible, y expuso su cuello en señal de sumisión , no hubo palabras de su parte, solo silencio, y obediencia.

—Se le ocurrió hablar sin permiso esta mañana —explicó el hombre con tono neutro, casi aburrido— No fue nada grave... solo una pregunta fuera de lugar, pero como su padre, tengo la responsabilidad de recordarle cuál es su posición antes de que lo olvide.

Se acomodó el puño de la camisa con parsimonia, como si acabara de dar un reporte de rutina.

—No volverá a cometer ese error, le aseguro que sabrá obedecer sin cuestionar, como buen omega.

—No parece muy útil —musitó Jungkook por fin, dejando caer la mirada sobre su cuerpo—. Parece... delicado.

Jimin sintió que las palabras lo arañaban, no por su tono sino por su exactitud.

Lo era
era Delicado
era Bailarín

Criado con libros de poesía escondidos bajo la cama y una caja musical entre las costillas, lo único que le quedó de su madre antes de que el mundo decidiera por él.

—No necesita ser útil, solo necesita obedecer y dar herederos —remató el padre, orgulloso de su mercancía.

Jungkook asintió, una vez y nada más, ni una sonrisa, ni una bienvenida, ni una mano tendida.

Solo una orden seca:
—Llévenlo a su habitación, tengo reuniones toda la tarde.

Se giró y los demás alfas lo siguieron para continuar hablando temas del clan.

Jimin no dijo nada, no por falta de palabras, sino porque desde que tenía uso de razón, entendió que un omega como él no hablaba, solo servía, solo aguantaba, solo obedecía.

Y así, entre pasos que no resonaron en los pisos lustrados, lo llevaron hacia su nuevo encierro.

Mientras subía las escaleras, sintió la caja musical dentro del bolsillo, era pequeña, pero le daba una enorme seguridad y confianza y al menos, en medio de la soledad y el rechazo, una melodía le recordaría que alguna vez alguien lo amó.

El deber de un omegaStories to obsess over. Discover now