Uno.

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Buenos Aires.

Luciano se aseguró de que no hubiera nadie en los pasillos de la universidad. Al verse completamente solo, corrió hacia el casillero de su amado. Con manos temblorosas, sacó una carta de su bolsillo; el papel estaba impregnado con su propio aroma a leche de vainilla. Sonrió con ternura y, antes de guardarla, le dio un suave besito al sobre.

-Mateo, por favor, leé mi carta -susurró para sí mismo.

Deslizó el sobre por debajo de la puerta del casillero y dejó escapar un largo suspiro, sintiendo que el corazón se le salía del pecho. En ese instante, el timbre resonó con fuerza por todo el pasillo, anunciando el inicio de las clases. Asustado de que lo descubrieran, Luciano salió corriendo.

Mientras tanto, Mateo caminaba distraído, charlando con un compañero de clase, cuando de repente chocó de frente con Luciano. El impacto lo hizo tambalear, y de inmediato lo miró con evidente fastidio.

-Hey, gordo, la próxima vez fíjate por dónde vas -soltó Mateo con brusquedad.

Luciano, asustado, se acomodó las gafas que le habían quedado chuecas por el golpe. Sentir el desprecio de Mateo le encogió el corazón.

-L-lo siento, no volverá a suceder -alcanzó a articular.

Sus ojos se llenaron de lágrimas y, debido a la angustia, su cuerpo comenzó a liberar involuntariamente densas ráfagas de feromonas de tristeza. Mateo percibió el aroma de inmediato, deteniéndose en seco.

-Lo siento... -insistió Luciano, intentando huir de la humillación, pero Mateo lo tomó firmemente del brazo, impidiéndoselo-.¿Qué ocurre? -preguntó.

Luciano mantenía la cabeza gacha, incapaz de mirar a los ojos. Lo que el omega no sabía, era que ese aroma a leche con vainilla estaba volviendo completamente loco a Mateo Toloza por dentro.

Mateo sintió una oleada de furia y frustración extrema; Luciano estaba liberando su fragancia favorita, desatando un torbellino de instintos que lo hicieron gruñir con violencia. Facundo, al notar la alarmante tensión y viendo que Mateo parecía dispuesto a abalanzarse sobre el chico, lo agarró del brazo para frenarlo.

-Detente, estamos dentro de la universidad -le advirtió Facundo con seriedad, forcejeando para contenerlo-. ¿Estás loco? Dejá en paz a Luciano y, por favor, no seas cruel con él.

Pero Mateo, completamente cegado por el aroma, ignoró las palabras de su amigo. Lo apartó de un manotazo y, sujetando a Luciano con fuerza, se lo llevó arrastrando los pasillos. Entraron de golpe al baño y, una vez allí, empujó al omega contra la pared con brusquedad.

-¿Quién creés que sos para liberar ese tipo de feromonas en mi contra? -gruñó Mateo, acorralándolo al apoyar su mano firmemente en la pared, justo al lado de la cabeza de Luciano.

-Lo siento, me asustaste -se disculpó Luciano, encogiéndose de hombros y bajando la mirada, aterrorizado.

El miedo hizo que Mateo comenzara a liberar sus propias feromonas: un aroma amargo cargado de ira pura. Como respuesta biológica al peligro, el cuerpo de Luciano soltó su fragancia de vainilla aún más fuerte, inundando el baño. Eso terminó de enfurecer a Mateo.

Mateo lo miró con una mezcla de rabia y deseo salvaje. Esa fragancia tan envolvente y deliciosa se le metía por los poros. Negó con la cabeza, intentando recuperar el control, mientras observaba ese bonito, pequeño y frágil cuerpo. Una parte oculta de su instinto ansiaba tirarse encima de Luciano y morder su piel, marcarlo allí mismo. Volvió a negar con la cabeza, apartando esos pensamientos oscuros y maldiciendo internamente; no podía morder ese cuerpo exquisito debido a lo que había pasado aquel día.

Él Omega con aroma a leche con vainilla Stories to obsess over. Discover now