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Max estaba acostado en el pecho de Carlos ambos con las piernas estiradas en la cama mirando el techo con el atardecer creando sombras en la pared, había calma, Max entendía que esa calma era sana, le gustaba mucho estar así de tranquilos en la habitación. Piel con piel ambas después de que la tarde se haya convertido en una de las tardes más increíbles y mágicas del mundo.
Así la catalogaba Max, increíble, su primera vez había sido increíble, más con el español quien era su compañero de equipo de quien había comenzado a enamorarse desde que comenzaron a estar juntos, hasta que secretamente se volvieron una pareja, algo que sus padres no sabían, nadie sabía lo que estaba pasando dentro de esas paredes.
— Me encanta verte esa carita toda rojita — susurró Sainz acariciando sus mejillas — mi camaroncito.
— No soy un camarón... es que mi piel es así — musitó Max, avergonzado. Carlos solo sonrió y lo besó, sin darle tiempo de seguir quejándose.
— Camaroncito te voy a decir para siempre —rió bajito contra sus labios.
Esa tarde no podía ser más perfecta de lo que ya era, al menos hasta que Carlos tuvo que irse dejándole una de sus sudaderas favoritas para que Max no lo extrañara tanto, como las otras cuatro que estaban en su clóset, Max se quedó en boxer mirando el sol caer, salió al balcón con una bata en su cuerpo aunque sin cerrar simplemente no quería que se mostraran demasiado las marcas en su cuello.
Su cuerpo se adornó del sol dorado en su cuerpo mirando al cielo si tiendo la brisa del mar mediterráneo en su rostro todo parecía en calma, todo excepto aquellos golpes en la puerta principal de su departamento, hizo una mueca guardando la sudadera de Carlos en el rincón más escondido de su clóset junto a las otras.
Fue por el pasillo con una calma que mataba a cualquiera y caminando extraño tratando de disimularlo, esperaba que nada hubiera pasado sinceramente, miro por la mirilla y vio a su padre sorprendiéndose y mostrando su sonrisa ante el mayor viéndolo molesto.
— No voy a pedir explicaciones ni voy a escuchar nada, Max Emilian, pero si te voy a advertir que no quiero que te vuelvas a acercar a Sainz, nunca más, lo voy a sacar del equipo — fue lo que dijo tomándolo de la muñeca y Max solo pudo tragar duro — vas a ser un hombre de verdad, hoy mismo saldrán una entrevista, más te vale que no digas nada ¿Entendiste? — Jos lo soltó con fuerza y Max asintió agachando la mirada, el mayor salió del departamento dejando a Max con el corazón roto.
Más tarde el eco de aquellas palabras que aparecían en la pantalla de su computadora, lo dejaron inquieto, le dieron escalofríos, aquella mujer tenía veintisiete años, él apenas había cumplido los dieciocho, de hecho aquel día Carlos lo había planeado para él exclusivamente por su cumpleaños para disfrutarlo a solas y una cosa llevó a la otra y pasó lo que tenía que pasar, pero había sido con su Carlos, no con aquella mujer.