Park min-su

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Min-su corría por el laberinto de azulejos blancos, el sudor empapando su traje verde mientras el eco de los disparos resonaba a su alrededor. Era el juego de "Escondidas", y el pánico lo consumía. Los guardias avanzaban implacables, y los gritos de los demás jugadores llenaban el aire. Su corazón latía desbocado, sus manos temblaban mientras intentaba encontrar un lugar donde ocultarse. La culpa lo carcomía, el recuerdo de Ji-woo aún fresco en su mente, su muerte un peso que no podía sacudirse. Para escapar de la presión, sacó una pastilla azul que había escondido en el bolsillo de su traje y la tragó rápidamente, cerrando los ojos con fuerza mientras el mundo se desvanecía a su alrededor.
Cuando los abrió de nuevo, el caos había desaparecido. Estaba tumbado en una cama matrimonial, envuelto en sábanas blancas que parecían flotar como nubes. La habitación era amplia, cálida, con paredes de un tono suave y una luz dorada que se filtraba por las cortinas. El aroma a lavanda y café llenaba el aire, un contraste tan abrumador que lo dejó sin aliento. Se incorporó lentamente, confundido, su cuerpo temblando mientras intentaba procesar lo que veía. ¿Había sobrevivido? ¿Era esto real? Antes de que pudiera responderse, la puerta se abrió con un chirrido suave, y Ji-woo entró.
Ella era un sueño vivo. Su cabello largo, lacio y negro caía como una cascada sobre sus hombros, brillando bajo la luz. Sus ojos, profundos y cálidos, lo miraron con una ternura que lo desarmó. Su rostro, perfecto, con labios carnosos que lo invitaban a perderse, estaba enmarcado por una sonrisa que le robó el aliento. Llevaba una camisa blanca grande, probablemente suya, que apenas cubría sus muslos, dejando entrever la curva de sus piernas. Min-su sintió que el mundo se detenía, su corazón acelerándose mientras ella se acercaba con pasos ligeros.
—"¿Otra pesadilla?"— preguntó Ji-woo, su voz un susurro melódico que lo envolvió como un abrazo. Se inclinó hacia él y le dio un beso corto pero firme en los labios, un roce cálido que lo dejó mudo, con las mejillas ardiendo de un rojo intenso. Ella se apartó ligeramente, acariciándole la mejilla con suavidad —"Esos juegos... solo fueron un mal sueño, ¿verdad? Vamos, levántate, que ya hice el desayuno."—
Min-su se quedó paralizado, el sabor de sus labios aún en los suyos. Lentamente, se miró a sí mismo y notó que solo llevaba unos boxers, lo que lo hizo sonrojarse aún más. Buscó a tientas algo que ponerse, encontrando unos pantalones de pijama tirados al borde de la cama y una camisa blanca arrugada en la esquina del clóset. Se los puso con manos temblorosas, el tejido suave rozando su piel como un recordatorio de que esto debía ser real. Cuando salió de la habitación, un aroma a café recién hecho lo golpeó como una ola, cálido y reconfortante.
En la cocina, Ji-woo estaba de espaldas, vertiendo café en dos tazas con una gracia natural. Su cabello se movía ligeramente con cada movimiento, y la camisa se ajustaba justo lo suficiente para insinuar su figura. Min-su sintió un impulso abrumador de acercarse, de envolverla en sus brazos, de besarla hasta perderse en ella. Pero la timidez lo detuvo, sus pies clavados al suelo como si temiera romper el sueño. Entonces, Ji-woo se dio la vuelta, y sus ojos se encontraron. Esos ojos brillaban como estrellas, llenos de vida y algo que lo llamó como un imán.
No pudo resistirse más. Dio un paso adelante, y otro, hasta que estuvo frente a ella. Sin decir una palabra, la tomó por la cintura con ambas manos, apretándola contra sí con una mezcla de deseo y desesperación. Sus labios chocaron con los de ella en un beso hambriento, rudo pero cargado de anhelo. Era un choque de emociones crudas, sus bocas moviéndose con urgencia mientras sus manos exploraban la curva de su cadera
—"No sé qué está pasando..."— murmuró contra sus labios, su voz temblorosa, sus dedos apretándola como si temiera que se desvaneciera. Ji-woo respondió con igual intensidad, sus dedos enredándose en el cabello de Min-su y tirando ligeramente, un gesto que lo hizo gemir contra su boca.
Cuando el beso terminó, ella soltó una risa baja y traviesa, mirándolo con curiosidad —"¿Qué te pasa?"— preguntó, su voz teñida de diversión mientras lo miraba con esos ojos que lo hipnotizaban. Min-su no supo qué responder. Su mente estaba en blanco, atrapada en la sensación de su cuerpo contra el suyo, en el calor que lo envolvía. La abrazó con fuerza, enterrando el rostro en su cuello, inhalando su fragancia —lavanda con un toque dulce que lo volvía loco—. Quería grabar cada detalle: la suavidad de su piel, el latido de su corazón contra el suyo, el sonido de su respiración.
—"Pensé que te había perdido..."— susurró contra su piel, su voz quebrada por la emoción. Ji-woo sonrió, acariciándole la espalda con suavidad antes de tomarlo de la mano y guiarlo hacia la mesa. El desayuno estaba listo: pan tostado, frutas frescas y las dos tazas de café humeante. Se sentaron juntos, y por un momento, Min-su se permitió creer que los juegos habían sido solo una pesadilla, que Ji-woo estaba viva y a su lado. Comieron en silencio, pero sus miradas se cruzaban constantemente, cargadas de una tensión que ninguno se atrevía a nombrar.
Después, ella se levantó para recoger los platos, y él no pudo evitar seguirla con la mirada, imaginándola sin esa camisa, sus curvas desnudas como una obra de arte que solo él podía contemplar. De pronto, se levantó y la abrazó por detrás, rodeándola con los brazos como si fuera lo único que lo mantenía anclado. Ella se giró en su abrazo, y sus labios se encontraron de nuevo, esta vez con una dulzura que contrastaba con la urgencia anterior. Fue un beso lento, profundo, donde cada roce era una promesa silenciosa. Sus manos subieron por su espalda, apretándola contra él, mientras ella le devolvía el gesto, sus dedos trazando líneas en su nuca —"Quédate conmigo..."— susurró él entre besos, su voz ronca, sus labios rozando los de ella con devoción.
—"Ven"— susurró Ji-woo, tomándolo de la mano y llevándolo de vuelta a la habitación. Las sábanas los recibieron como un lienzo, y el aire se llenó de una neblina suave, como nubes que danzaban a su alrededor. Min-su la besó de nuevo, esta vez con una mezcla de rudeza y ternura, sus labios reclamando los de ella mientras la tumbaba suavemente sobre la cama. Sus manos exploraron su cuerpo con reverencia, deslizándose bajo la camisa para sentir la calidez de su piel. Ji-woo respondió con igual pasión, sus uñas dejando marcas ligeras en su espalda mientras lo atraía más cerca. Era un torbellino de sensaciones: el roce de sus cuerpos, el calor que los consumía, la sensación de que esto era una bendición que no merecía.
Pasaron horas envueltos el uno en el otro, perdiéndose en besos que iban desde lo salvaje hasta lo dulce, en abrazos que los unían como si el mundo exterior no existiera. Min-su trazó cada rincón de su cuerpo con los dedos, memorizando cada curva, cada suspiro. Era como si quisiera dibujarla en su mente, un arte que solo él podía ver —"Eres todo lo que quiero..."— le susurró entre besos, su voz rota, sus manos apretándola contra su pecho. Ji-woo lo miró con esos ojos que lo envenenaban y lo salvaban a la vez, y asintió. Pasaron la tarde bebiendo vino, riendo y tocándose con una libertad que nunca había conocido.
Pero había un trasfondo de tristeza, una conciencia tácita de que esto no duraría. Min-su la besó con desesperación, como si quisiera grabar cada segundo en su alma. Sus manos la apretaron con fuerza, y ella respondió con igual intensidad, sus labios chocando en un baile de pasión y dolor —"Aunque me rompas el corazón, no me importa..."— confesó él, su voz un susurro roto, sus ojos buscando los de ella. La noche llegó, y con ella, una calma inquietante. Estaban tendidos en las sábanas blancas, el humo de un cigarrillo que habían compartido flotando a su alrededor. Min-su la abrazó, su cuerpo temblando mientras le acariciaba el cabello. Pensó en las noches que había pasado imaginándola, rayando su nombre en las paredes de su mente, dibujándola en los márgenes de su desesperación.
—"Pensé que te había perdido para siempre..."— murmuró, su voz apenas audible, sus dedos enredados en su cabello. Ji-woo lo besó suavemente, un gesto que lo llenó de una mezcla de paz y tormento. Se quedaron así, envueltos en el calor del otro, hasta que el sueño comenzó a reclamarlo.
Cuando abrió los ojos de nuevo, el calor y la suavidad habían desaparecido. Estaba de vuelta en el laberinto, el frío azotando su piel, el sonido de los disparos resonando en la distancia. Su cuerpo temblaba, no por el frío, sino por la pérdida. Las sábanas blancas, los besos, los abrazos de Ji-woo... todo había sido una alucinación, un sueño inducido por la pastilla azul que aún corría por sus venas. Se llevó las manos a la cara, sintiendo las lágrimas que escapaban sin control. La culpa lo aplastaba: Ji-woo había muerto por su inacción, su silencio mientras Nam-gyu la atacaba, y ahora este anhelo imposible lo estaba consumiendo.
Se levantó tambaleante, mirando a su alrededor. Los guardias seguían avanzando, y los pocos jugadores restantes corrían desesperados. Min-su se sentó contra una pared, el número 125 aún visible en su traje verde. Cerró los ojos de nuevo, deseando volver a ese mundo de ilusiones, pero sabía que no podía. La realidad lo esperaba, cruel y despiadada, y él tendría que enfrentarla solo, con el recuerdo de Ji-woo grabado en su corazón como un castigo y una bendición.




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Holii, bebés.
Este OS está inspirado en "Sábanas Blancas"  de La Santa Grifa. 🙏🏻🙏🏻🙏🏻
Eso es todo.
Xoxo.

ONE SHOTS | SQUID GAME Where stories live. Discover now