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2006

-¡Nooo, yo no voy al arco otra vez, Cristian! -protestó Priscila con las manos en la cintura y el ceño fruncido- ¡Siempre me toca a mí y vos sos el que vive pateando!

-¡Pero si vos decís que sos buena en todos los puestos! -respondió Cristian, cruzado de brazos- ¡Y además atajás bien!

-¡Atajo bien porque me obligás, no porque me gusta! -replicó ella, pateando el suelo con su zapatilla sucia- ¡Yo también quiero hacer goles como vos!

Cristian suspiró y agarró la pelota con fuerza, apretando los labios.

-Bueno, pero hoy traje mi pelota nueva, y si yo la traje, elijo -dijo serio.

-¿Ah sí? ¿Y yo qué? ¿Sólo porque soy chica tengo que ir al arco? -dijo Priscila, enojada, mientras se le caía un mechón de pelo de la colita despeinada.

-¡No tiene nada que ver! -se defendió él rápido- ¡Pero el otro día te pateé tres veces y no me dejaste meter ni un gol!

-¡Porque soy buenísima! Pero no quiero más barro en las rodillas, mirá cómo me quedaron los pantalones... -se quejó, mostrando sus piernas manchadas.

Cristian miró al cielo, pensativo... y al final, se rindió.

-Bueno, piedra, papel o tijera -propuso, resignado-. Y que el que gana elija.

-¡Hecho! -respondió ella, lista.

Uno, dos, tres... ¡tijera contra papel!

-¡Toma! ¡Gané! ¡Andá vos al arco, Cuti! -gritó Priscila saltando de alegría.

-¡Pero qué suerte tenés! -gruñó él, mientras iba hacia el arco de ramas torcidas-. Me vas a patear con toda ahora, ¿no?

-Obvio -dijo ella, guiñándole un ojo y acomodando la pelota-. Esto es por todas las veces que me comí el barro por tu culpa.

Cuti se preparó con las manos extendidas, riendo nervioso.

-¡Eh! ¡Tampoco tan fuerte, che!

Y mientras el sol bajaba y las sombras del potrero se alargaban, entre goles, risas y discusiones de barrio, nacía el carácter de un defensor que años después defendería otra camiseta... la celeste y blanca, en Qatar.

-¡Cristiaaan! ¡Priscilaaa! ¡Vengan que está la merienda! -gritó la mamá de Cuti desde la casa, levantando la voz por encima del ruido de los pajaritos y los gritos del potrero.

Apenas escucharon "merienda", los dos dejaron la pelota tirada y se miraron al mismo tiempo.

-¡El que llega último lava los platos! -gritó Priscila, saliendo disparada como una flecha, con la risa escapándosele por la boca.

-¡Eh, pará tramposa! ¡Yo no estaba listo! -gritó Cuti, apurándose detrás de ella.

Corrieron como si estuvieran jugando la final del mundo. Priscila le llevaba medio cuerpo de ventaja, con las trenzas rebotando en su espalda, mientras Cristian aceleraba con los dientes apretados.

-¡No me vas a ganar! -gritó él, entre risas y resoplidos.

Cuando estaban a solo unos metros de la puerta, Cristian estiró el brazo, y sin pensarlo... ¡la empujó suavemente por el hombro!

-¡Ey! -chilló Priscila, perdiendo el equilibrio.

Cayó de rodillas contra la tierra y se raspó la pierna izquierda. Se quedó en el suelo un segundo, sorprendida. Cristian se frenó en seco.

-¡Ay no! ¡Pri! ¡Perdón! ¡No quise! -dijo, corriendo de nuevo hacia ella-. Yo solo... solo no quería lavar los platos...

Priscila tenía los ojos brillosos, pero no lloraba. Se miró la raspadura con una mueca de dolor.

-Me raspé, tontooo...

-¡Perdón! -repitió Cristian, nervioso, mientras se agachaba a su lado-. Mirá, te llevo a upa si querés. O te doy mi medialuna.

-¿Tu medialuna con dulce? -preguntó ella, levantando una ceja.

-Sí, esa misma.

-Entonces está bien -respondió Priscila, estirando la mano para que la ayudara a levantarse.

Cuti la tomó con cuidado y la ayudó a pararse. Caminaron juntos hasta la puerta, mientras ella se sacudía la tierra y él la miraba todo el tiempo como si tuviera miedo que se vuelva a caer.

La mamá de Cristian los recibió en la puerta con dos tazas de té humeante, una bandeja con medialunas y una sonrisa divertida.

-¿Qué hicieron ahora, mocosos?

-Nada -dijeron los dos al mismo tiempo, y se sentaron en el escalón, uno al lado del otro.

Mientras comían, Priscila se reía bajito, y Cuti la miraba de reojo.

-Te juro que la próxima vez te dejo ganar -murmuró él.

-¿En serio?

-Bueno... capaz.

Y siguieron merendando, con las rodillas raspadas, la ropa sucia y el corazón lleno. Porque así eran las tardes en el potrero. Sencillas, dulces... y llenas de historias que con los años iban a valer oro.

del potrero a QATAR | Cristian Romero Stories to obsess over. Discover now