☀️Prólogo

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(Rockfield, otoño de 1952)

La niña no paraba de cantar.
Era una tonada baja, sin letra, más parecida a un zumbido arrastrado, circular, como si imitara el sonido de una máquina oxidada que gira una y otra vez. Nadie le había enseñado esa melodía. Nadie que estuviera vivo.

La casa de los Whitmore, de ladrillo rojo y techo a dos aguas, estaba al final de la calle Carter, la más antigua de Rockfield. Una hilera de casas idénticas, con jardines mustios y ventanas cerradas, todas construidas durante el auge industrial, ahora en decadencia.

—Margaret —llamó su madre desde la escalera—. ¿Otra vez con esos cantos?

No obtuvo respuesta. Solo el mismo murmullo hipnótico que flotaba como humo desde el segundo piso.

La mujer subió con lentitud, una mano sobre la baranda, la otra apretando un crucifijo de madera. No era religiosa, pero hacía semanas que no encontraba otra forma de protegerse de lo que sentía en su propia casa. Las luces parpadeaban. Las puertas se cerraban solas. Y Margaret... ya no era del todo Margaret.

El cuarto olía a tierra húmeda, como si alguien hubiera cavado adentro. La lámpara del techo colgaba torcida, y el papel tapiz se despegaba en las esquinas. Margaret estaba sentada en el suelo, de espaldas, entre sus muñecas. Les había arrancado los ojos de botón, y los había dejado alineados junto al rodapié.

—¿Por qué hiciste eso? —preguntó la madre, forzando la voz.

—Porque él no los necesita —susurró la niña, como si hablara sola—. Él ya sabe dónde están.

—¿Quién, amor?

La niña giró apenas la cabeza, sin mirar directamente. Sus ojos estaban muy abiertos, pero la mirada... no parecía suya.

—El que vive debajo. No te quiere a ti, mamá. Dice que tu lo olvidaste.

La madre retrocedió un paso. El piso crujió. Al instante, la niña comenzó a reírse en silencio, como si se burlara de ella. Luego volvió a cantar, pero ahora su voz se mezclaba con otra más grave, más lenta. Una voz que no debía salir de una garganta tan pequeña.

El padre llegó esa noche. Trabajaba en el turno de la madrugada en la fundición, pero había empezado a volver antes desde que Margaret comenzó a hablar en sueños, a rascar el piso hasta sangrar, a escribir símbolos con tiza blanca detrás de las puertas.

Intentaron rezar. Intentaron dormir en el cuarto de al lado. Una noche, el padre bajó al sótano para revisar las cañerías, tras oír un goteo constante. Encontró las paredes cubiertas de tierra removida. Alguien —o algo— había cavado desde adentro.

Al día siguiente, llamaron al pastor de la Iglesia Pentecostal de Rockfield. Subió las escaleras con la Biblia abierta y salió de la casa quince minutos después, mudo, temblando, con una mancha oscura en el cuello de la camisa.

La policía vino una semana más tarde. Dijeron que había sido abandono, locura. La casa quedó tapiada. El nombre "Whitmore" fue borrado del censo.

Pero en el orfanato de la colina, los niños aún dicen que si silbas esa melodía después de medianoche, ella baja las escaleras.
Y si abres los ojos mientras canta...
Él también baja.

"Nadie Duerme En Rockfield"Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora