las crónicas de castamare (capitulo 1)

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En el pasado En el patio de un castillo, dos niños tomaban el té. Una de ellos era Elizabeth, una niña de ojos negros, cabello dorado-plateado y piel blanca. Frente a ella, sentado con el ceño fruncido, estaba Mykael, de ojos dorados, cabello negro ceniza y la misma piel pálida.

Mykael se quejaba de que, por ser un bastardo, lo trataban mal. Incluso le habían cortado el cabello como castigo. Elizabeth se echó a reír y le respondió:

-Mykael, no solo te tratan mal por ser bastardo. Eres muy insolente con los adultos, ja, ja.

Mykael hizo una mueca de enojo y se limitó a seguir tomando el té mientras Elizabeth seguía riendo.

Presente. Castillo Roca Castamare, hogar de la familia Leiva, lores del oeste. Se celebraba el nombramiento de caballero del hijo mayor de la familia, Arturo Leiva, quien tras años como escudero de un caballero honorable, por fin recibía su título.

El gran salón estaba repleto de gente, comida y bebida. Lord Leif Leiva, cabeza de la casa Leiva y señor del oeste, observaba desde su trono, flanqueado por sus hijos: el nuevo caballero Arturo y la joven Elizabeth. La nobleza y los invitados miraban con todo tipo de emociones a la poderosa familia.

En los establos, lejos del bullicio, Mykael reparaba una estructura mientras era observado por sirvientas que murmuraban entre risas y suspiros, adulando su atractivo físico. Un anciano, entre risas, comentó:

-Ese Mykael tiene un gran encanto con las mujeres. ¿Por qué no se busca una esposa?

Mykael se volvió con una mirada fría y molesta, espantando con palabras cortantes tanto al anciano como a las sirvientas. Siempre fue tosco con todos, salvo con unos pocos... y con la familia Leiva.

Al anochecer, Mykael estaba en el patio, sentado en un tronco frente a una mesa tallada en madera. Su mirada era vacía, casi tétrica, y aunque sus ojos dorados brillaban, carecían de alegría. De pronto, unos pasos se oyeron entre la oscuridad.

Elizabeth apareció, con una sonrisa pícara.

-¿Me esperaste mucho, tonto gruñón? -dijo burlona.

Mykael respondió con voz tranquila, sin su usual frialdad:

-Acabo de llegar, Ely.

-No mientas -rió ella-. Siempre llegas mucho antes, Myka.

Pasaron horas tomando té. Elizabeth le contaba cómo aterrorizaba a las sirvientas tontas y a los cortesanos lamebotas. Mykael sabía perfectamente que Elizabeth era cruel con los de menor rango, aunque jamás lo era con él. Antes se preguntaba el porqué, pero ahora evitaba pensar en eso.

La noche era cálida. Caminaban lento. Elizabeth miraba el cielo y su cabello brillaba como oro bajo la luna. Luego miró a Mykael con ojos pícaros y una sonrisa.

-Ya deberías haberlo notado, Myka. Eres un hombre, y yo una mujer. Ya no somos niños tomando té a medianoche.

Mykael chasqueó la lengua, molesto. Caminó adelante con el ceño fruncido. Esa respuesta le incomodaba.

Al día siguiente.

Mykael trabajaba junto a otros sirvientes en la construcción de estructuras para la boda de Arturo con una noble del este. También levantaban una arena para un torneo de combate. Mientras cargaba madera, oyó la voz de Elizabeth llamándolo. Pero fue una trampa: quería que él vigilara mientras ella golpeaba a una cortesana que osó coquetear con su hermano Arturo.

Ya era costumbre. Elizabeth no daba bofetadas: golpeaba como un hombre. Mykael vigilaba la entrada del lugar mientras ella castigaba a su víctima.

-¿Qué tan mal la dejaste, Ely? -preguntó, aburrido, mientras se recostaba contra un árbol.

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