El aire de la secundaria "Los Robles" vibraba con una energía que yo no entendía. Olía a nuevo, a cera de piso y a promesas susurradas de amistades eternas y amores de película. Para mí, Su-ah, sin embargo, el aroma llevaba un dejo amargo de despedida. Hacía apenas dos meses, el silencio se había instalado en las paredes de mi propia casa, denso y pesado, un recordatorio constante de que las risas de mis padres ya no se entrelazarían, que su amor, alguna vez un roble firme, se había desmoronado en astillas que aún sentía en el alma. Ahora, aquí, entre cientos de caras desconocidas, me sentía como un barco sin ancla en medio de un mar agitado, buscando desesperadamente un puerto seguro.
Apreté los libros contra mi pecho, casi como un escudo, deseando que el volumen de la historia universal me absorbiera por completo. Mis ojos, acostumbrados a observar desde la periferia, se perdían en el torbellino de la mañana. Grupos de chicas que parecían sacadas de una revista de moda, chicos con mochilas descolgadas que se creían dueños del mundo, parejas que se tomaban de la mano con una descarada naturalidad que me hacía sentir aún más sola. Mi propia existencia se reducía a un susurro, a una sombra que se escurría por los pasillos, ansiando con cada fibra de mi ser ser invisible hasta poder descifrar los códigos de este nuevo universo. Quería que el día terminara, que la semana se diluyera en el calendario y que, tal vez, en la rutina, encontrara una pizca de normalidad que en casa ya no existía.
La campana de las siete y media, estridente y perentoria, resonó por los pasillos, actuando como una señal de estampida. En segundos, el bullicio se disipó, las voces se apagaron, y me encontré completamente sola en medio de un cruce de caminos. El mapa del colegio, un pergamino confuso en mis manos temblorosas, parecía un jeroglífico indescifrable. Matemáticas. Aula 3B. ¿Dónde demonios estaba el 3B? Mis ojos recorrieron los números en las paredes, mis labios murmuraban direcciones que no tenían sentido, y la frustración, esa vieja conocida, empezaba a trepar por mi garganta.
—¿Necesitas ayuda, Su-ah?
La voz, grave y suave a la vez, me hizo dar un respingo tan fuerte que casi dejo caer mis libros. Mi corazón, que ya latía con un ritmo acelerado por el pánico de estar perdida, dio un vuelco aún mayor. Levanté la vista, y ahí estaba él.
Yosep.
No lo conocía, ni siquiera había oído hablar de él antes, pero su presencia era tan impactante que llenaba el pasillo con su sola existencia. Alto, con el cabello castaño claro ligeramente revuelto, como si acabara de pasar una mano por él en un gesto despreocupado, y unos ojos que brillaban con una picardía natural, una chispa que parecía reír con el mundo. Llevaba el uniforme con una soltura que yo solo podía envidiar, una camisa blanca impecable y un pantalón que caía sin una arruga, como si hubiera nacido para vestirlo. Estaba sonriendo, una sonrisa fácil, cálida y contagiosa que parecía iluminar el espacio vacío a nuestro alrededor. Una parte de mí quiso correr, esconderse, pero otra, una minúscula y valiente parte, se sintió inexplicablemente atraída por esa luz que emanaba de él.
—Un poco —murmuré, sintiendo un rubor incómodo que se extendía por mis mejillas hasta la raíz de mi cabello. Mis palabras siempre se quedaban atascadas en mi garganta, atrapadas por una timidez que se había acentuado con la separación de mis padres. Hablar con extraños, especialmente con uno tan... resplandeciente como él, era un acto de valentía titánica para mí.
Él se rió, un sonido agradable que parecía disolver la tensión en el aire. —Aula 3B, ¿verdad? Es por aquí. Vienes tarde, la profesora de matemáticas es un poco... especial con las llegadas impuntuales.
Me hizo un gesto con la cabeza, una invitación silenciosa para que lo siguiera. Comenzó a caminar, no apurado, sino a un ritmo constante, casi pausado, como si el retraso inminente no le importara en absoluto. Caminó a mi lado, y el pequeño espacio entre nosotros se sintió cargado de una energía inusual. Yo, en cambio, sentía el corazón martilleando contra mis costillas, no solo por la prisa imaginaria hacia el aula, sino por la cercanía de este chico que irradiaba una calidez tan diferente a la fría quietud de mi propio mundo.
—Soy Yosep, por cierto —dijo, deteniéndose justo antes de girar en una esquina, extendiéndome una mano.
Su mano era grande, cálida y firme. La mía, fría y un poco temblorosa por los nervios, se sintió diminuta y frágil entre sus dedos. La piel de su palma contra la mía envió una sacudida eléctrica que me recorrió el brazo.
—Su-ah —respondí, apenas audible, sintiendo cómo mi voz se quebraba un poco. Mis ojos, que normalmente evitaban el contacto, se encontraron con los suyos por un instante, y sentí un reconocimiento extraño, como si una pieza perdida de un rompecabezas invisible hubiera encajado.
—Bienvenida a Los Robles, Su-ah —su sonrisa se amplió, y por ese breve momento, el peso de la separación de mis padres, la incertidumbre del nuevo colegio, la sensación de estar completamente sola... todo pareció disiparse. Sus ojos se encontraron con los míos de nuevo, y sentí una conexión extraña, una promesa silenciosa, como si en esa simple mirada, algo fundamental, algo que cambiaría el curso de mi existencia, hubiera comenzado a moverse.
Llegamos al aula 3B. La profesora, una mujer de lentes finos y mirada severa, ya estaba escribiendo ecuaciones en el pizarrón. Yosep abrió la puerta con una naturalidad que me asombró, como si no fuera un minuto tarde.
—Buenos días, Profe. Tuvimos un pequeño contratiempo con el mapa del tesoro.
La profesora, que parecía una figura sacada de un cuadro de disciplina, suspiró, pero una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. —¿Yosep? Siempre con tus "contratiempos". Pasa. Y tú, señorita...
—Su-ah —dijo Yosep, antes de que yo pudiera abrir la boca, ofreciéndome una pequeña ayuda al empujarme suavemente hacia el asiento vacío a su lado, en la tercera fila. Su mano rozó mi espalda, enviando otro escalofrío.
Me senté, sintiendo aún el leve calor de su toque en mi espalda, una chispa que contrastaba con el frío de mi propio aislamiento. La clase de matemáticas comenzó, pero mi mente seguía atascada en aquel encuentro inesperado. Yosep, el chico popular con la sonrisa fácil y una vida que parecía de cuento de hadas, se había tomado el tiempo de ayudar a la chica nueva y silenciosa, a mí. Había algo en su gesto, en su forma de mirar, que me hacía sentir que no era tan invisible como creía.
Mientras la profesora explicaba algoritmos complejos, no pude evitar echarle un vistazo furtivo. Él estaba concentrado, tomando apuntes con una caligrafía impecable, pero de vez en cuando, sus ojos se desviaban hacia mí, y una pequeña sonrisa, casi imperceptible, aparecía en sus labios. Una sonrisa que sentí que era solo para mí.
Ese día, en el caótico inicio de la secundaria, no solo encontré el aula 3B y a un guía inesperado, sino también una mirada que prometía, sin que yo lo supiera entonces, el inicio de algo mucho más grande. Algo que cambiaría mi mundo para siempre, para bien y, eventualmente, para mal. Algo que resonaría con el Eco de la Despedida.
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La Grieta del Primer Amor
RomanceLa Grieta del Primer Amor: Temporada 1 - El Eco de la Despedida Su-ah solo busca estabilidad en "Los Robles" tras la separación de sus padres. La encuentra en Yosep, el chico perfecto con la familia ideal, y un primer amor que lo es todo. Juntos con...
