—Lady Gaoyue —dijo suavemente el joven eunuco, con la voz pulida—. El sol de primavera parece más suave hoy, como si respetara su presencia.
Ella alzó el rostro con lentitud. Su mirada dorada, tranquila como el agua estancada, se posó en él con la misma indiferencia con que uno ve caer una hoja.
Sabía lo que estaba haciendo.
Sabía que este teatro no era para ella, sino para los demás.
Asintió, brevemente.
—Se lo agradezco mucho, pero no se tome tantas molestias—respondió con una voz suave, casi musical, sin un atisbo de emoción.
No hubo más palabras.
Solo un leve intercambio de miradas.
Jinshi se inclinó con una reverencia tan exacta que parecía medida con regla. Luego siguió su camino, como si ella fuera solo una más entre muchas.
Y sin embargo, desde ese momento, todos los ojos del jardín comenzaron a volverse hacia ella, como si la naturaleza misma hubiera detectado que había entrado una pieza nueva al tablero.
Gaoyue se quedó sentada.
Serena.
Silenciosa.
Jugando el papel que le habían dado, mientras las miradas de muchos entre compasión y envidia estaban sobre ella, como si solo fuera una flor que estuviera en su punto medio y esperarán a que se marchitará para remplazar la
La música comenzaba suavemente, montado con un propósito nada sutil: alimentar la competencia entre las concubinas del emperador.
Gaoyue estaba entre ellas.
Silenciosa.
Inmóvil.
Los colores opacos de su atuendo otoñal la hacían parecer una sombra entre pétalos, y sin embargo, su sola presencia atraía más miradas que los atuendos dorados de las demás que presentaban el shou. Y como no lo aria, si era la única concubina del hermano menor del emperador.
Aún que, ella no sentía que merecía estar allí.
Pero lo estaba.
No por mérito, no por deseo.
Simplemente... por capricho de un joven príncipe que se negaba a soltarla.
Muchas mujeres la miraban con compasión, como si fuese una pequeña flor atrapada en el vendaval de un destino cruel.
La hija de Gaoshun.
La única concubina del hermano enfermo del emperador.
Esa era la versión pública. Según los informes oficiales el hermano menor del emperador, estaba delicado de salud, recluido. Se decía que por eso nunca asistía a eventos formales.
Pero otras la miraban con desprecio o incluso con envidia para nada disimulada.
No por lo que era.
Sino por lo que representaba.
La única mujer que había captado la atención del misterioso hermano menor del emperador.
—Debe tener algún talento oculto... —murmuró una de las concubinas de tercer rango, sin apartar los ojos de ella.
—¿Talento? ¿Eso es lo que llaman ahora a parecer una niña? —respondió otra con una sonrisa venenosa.
Los rumores iban y venían, susurrados tras abanicos o intercambiados entre miradas cómplices:
"¿Será que el hermano del emperador comparte los gustos del antiguo?"
"Dicen que no envejece, ¿será que ella envenena al hermano menor del emperador para mantener su juventud?"
"Parece una muñeca... no una mujer."
"¿Seguros tiene la edad que dicen?"
Y entonces alguien más, una voz más informada, comentó con tono frío:
—Ella no ha cambiado desde la primera vez que apareció. Pero no se engañen... tiene casi la misma edad que el hermano menor del emperador. Lo escuché. Es un año mayor que su hermano, el general Basen.
Eso no calmó las aguas.
Solo agitó nuevas especulaciones.
¿Por qué alguien como ella, tan común, tan aburrida, había sido elegida?
Sabía cada mirada, cada juicio, cada murmullo.
Pero su rostro seguía igual: sereno, como una hoja seca que se niega a ser arrastrada por el viento.
Porque no estaba allí para competir.
No estaba para atraer.
Solo estaba para cumplir con su parte del juego.
Y aunque todo en ella decía "no pertenezco aquí", su sola presencia perturbaba la armonía artificial del jardín.
El espectáculo estaba en su punto más alto, lleno de color y risas educadas.
Y sin embargo, una brisa de invierno se coló entre los corredores abiertos del jardín, enfriando los dedos y trayendo consigo un silencio interior, uno que solo algunas podían sentir.
Gaoyue no tiritó.
No se movió.
Solo observaba, con una calma casi inquietante, el espectáculo frente a ella.
Parecía disfrutarlo, sí, pero no como las demás.
No con fascinación ni competencia.
Sino como quien observa un cuadro ya terminado.
Muy cerca, desde uno de los corredores laterales, Maomao se encontraba junto a Guiyuan, mientras miraban lo que sucedió alrededor.
—Mira esa de ay es la emperatriz viuda —susurró la Guiyuan
Maomao, con su mirada crítica habitual, murmuró:
—enserio?, se ve muy joven...
—es por que es joven, sabes ella dio a luz al emperador... —murmurrl cerca de su oído, para evitar que pensaran que estaba divulgando informa—la emperatriz viuda tuvo dos hijos con el antiguo emperador, el emperador y su hermano pequeño, y esa de hay es la concubina del hermano menor del emperador .
—pero solo es una niña
—¡No lo es! —se apresuró a decir Guiyuan—. Tiene la misma edad que el hermano menor del emperador, incluso creo que ella es mayor por un año. Solo se ve así
La brisa sopló de nuevo.
El escenario vibraba con tambores suaves.
Pero Maomao ya no escuchaba la música.
—No es una flor —murmuró—. Es como una hoja seca.
—¿Eh?
—Nada —respondió Maomao, bajando la voz, con esa media sonrisa que solo mostraba cuando encontraba algo verdaderamente intrigante.
