Tocadiscos del tiempo

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Parte 1

Ambientado en 1967, Corea del Sur.

Había algo en los veranos que se sentía como una promesa sin cumplir. El calor parecía empujar a la ciudad hacia la nostalgia, y la gente caminaba como si esperara algo que no llegaba nunca.

Trabajaba por las tardes en una pequeña tienda de discos y revistas extranjeras, en una esquina olvidada del centro. No era popular, pero tenía su encanto. El aroma a papel viejo, las portadas psicodélicas importadas de Inglaterra, el sonido suave de un vinilo girando en el fondo. Era mi refugio, mi escondite, donde podía ser casi yo mismo.

Fue un miércoles cuando lo vi por primera vez.

Entró con paso tranquilo, como si flotara, vestido con una camisa blanca de lino que dejaba ver un poco de su clavícula y sus mangas hacia atrás que hacía que mostrara sus brazos un tanto musculosos. Tenía ese aire de otro lugar, pero no del todo. Su piel era cálida, los ojos oscuros y curiosos, y su voz...

—¿Tienen algo de los Beatles? —preguntó con acento suave, apenas perceptible.

—Tenemos "Sgt. Pepper"... Recién llegó esta semana.
Pero está algo caro.

—No importa —sonrió.
Dios... esa sonrisa. Algo en mí se quebró.

Le pasé el disco con manos temblorosas, у sus dedos rozaron los míos.

—¿Trabajas aquí todos los días?

Asentí. Sentí que el corazón me golpeaba tan fuerte que temí que pudiera escucharlo. En los años 60, un roce de más, una mirada larga, podían ser una condena.

- Soy San —dijo-. Choi San. Estoy quedándome por aquí unas semanas. Mi padre trabaja en la alcaldía, soy de Namhae.
- Oh ya veo... Yo soy Jung Wooyoung ¿Y qué haces tú... en esta tienda perdida?
Me miró con una mezcla de misterio y dulzura.
-Tal vez... te estaba buscando.

                               Parte 2

Julio, 1967 - Seoul, Corea del Sur

Los días siguientes lo vi casi a diario. A veces entraba a la tienda sin comprar nada, sólo para verme. Otras, se quedaba hojeando revistas francesas o escuchando música mientras hablábamos de todo y nada.

Yo no me atrevía a preguntar mucho. No por miedo a él, sino por miedo a mí mismo. A lo que empezaba a sentir.

Una tarde de lluvia, cuando la ciudad parecía lavarse la cara, él llegó empapado. Su cabello goteaba, y la camisa se le pegaba al cuerpo como si hubiera nacido de la tormenta.

—¿Puedes cerrar temprano hoy? —me dijo de pronto.
Lo miré, confundido.
- ¿Por qué?

- Quiero mostrarte algo.

Y como si fuera lo más normal del mundo, tomé las llaves, bajé la cortina metálica de la tienda, y salimos caminando bajo la lluvia. Nadie se atrevía a mirar demasiado en esa época. Los hombres que caminaban juntos no levantaban sospechas... hasta que lo hacían.

Me llevó hasta una vieja casona a unas cuadras.
Subimos por una escalera de madera hasta el último piso. Allí, en una habitación con techos altos y cortinas viejas, tenía un pequeño tocadiscos, una silla de terciopelo y una ventana enorme desde donde se veía toda la ciudad.

—Es el único lugar donde puedo ser yo —dijo con voz queda.

Puso un vinilo a girar. Era "Nights in White Satin" de The Moody Blues.
Y entonces... bailamos.

No sé cómo sucedió. No hubo un inicio claro, no fue algo que planeáramos. Simplemente nuestros cuerpos comenzaron a moverse al mismo tiempo, al mismo ritmo. Lo tomé de la cintura. Él apoyó su frente en mi hombro. Y durante esos minutos, no existía nada más:
ni el mundo, ni las leyes ni los secretos.

                               Parte 3.
                       Un domingo sin iglesia

Después de ese beso, el mundo no cambió.
Las calles seguían llenas de autos y humo, las mujeres usaban peinados altos y los hombres hablaban en voz grave sobre política y fútbol.
Pero yo sí cambié.

Había algo en mi cuerpo que no podía volver atrás.
Como si, con ese beso, me hubiera cruzado una línea invisible. El problema era que no sabía si el resto del mundo me dejaría vivir al otro lado.

Nos seguimos viendo. A escondidas, claro.
A veces en la azotea de la casona donde San vivía temporalmente. A veces en el cuarto trasero de la tienda, donde nadie entraba más que yo.
Compartíamos vinilos, libros, miradas largas...
Y a veces, sólo silencio.

Una noche me dejó una nota doblada dentro de un disco:

"Si yo hubiera nacido en otro tiempo... te habría
amado sin miedo"

Me quedé con esa frase todo el día en el pecho. Me dolía. Porque yo también quería eso: amar sin miedo.

Pero el miedo estaba ahí, como una sombra pegada a los talones.

                                Parte 4
                    Y la ciudad susurra cosas...

Un jueves por la tarde, entró a la tienda el señor Kang, el dueño del local vecino. Un hombre mayor, de mirada pesada, siempre con olor a cigarro.

- ¿Ese joven que viene seguido... es tu amigo?

- ¿Por qué lo pregunta? —intenté sonar casual.

Me miró fijamente, con algo entre burla y sospecha.
—Dicen que se les ha visto demasiado juntos.
Demasiado... cercanos.
Escupió la última palabra como si tuviera algo sucio en la lengua.

No respondí. Pero sentí cómo el corazón me golpeaba el pecho desde dentro, como queriendo huir.

Esa noche, cuando vi a San en la azotea, le conté.
Se quedó en silencio. Luego sacó un cigarro del bolsillo de su camisa y lo encendió, sin mirarme.

- Tarde o temprano iba a pasar —murmuró.

- No quiero que te metas en problemas por mi culpa.

- ¿Y si tú eres la única razón por la que todo esto vale la pena?

Lo miré. Bajo la luz tenue de la ciudad, su rostro parecía hecho de sueños rotos y esperanzas tercas.

Lo abracé.
Fuerte.
Como si pudiera protegerlo del mundo, aunque no pudiera ni protegerme a mí mismo.

                                Parte 5

Agosto de 1967

El rumor se volvió eco.
Y el eco, sentencia.

Una noche lo esperé en la azotea. Como siempre.
Tenía en el bolsillo una nota para él. No decía mucho, solo: "No me importa el mundo. Me importas tú."

Pero él no llegó.

Al día siguiente, fui a buscarlo.
La casona estaba vacía.
La habitación, cerrada.
Y la señora del primer piso me dijo, sin mirarme a los ojos:

—Su padre se lo llevó. Lo mandaron de regreso a
Namhae. Anoche. Sin despedirse de nadie.

Sentí que algo en mí se rompía. No de golpe, sino lentamente. Como una cuerda que se tensa demasiado.

Esa noche, regresé a la tienda. La abrí aunque era domingo. Encendí el tocadiscos y puse "Nights in
White Satin". Me senté en el suelo, solo, y dejé que la canción me envolviera.

Y entonces, la vi.

Dentro del disco, entre las fundas, había una última nota de San, doblada en cuatro partes.

"No te busques en esta vida. No me busques tampoco.
Si el tiempo nos niega, el alma nos recordará.

En otra vida, tal vez, me verás entrar de nuevo en una tienda...
...y sabrás que soy yo"

Lloré.

Como nunca había llorado.
Y luego guardé la nota dentro de un libro de poesías de Neruda, en la última página, donde los versos se apagan.
Y seguí viviendo.
Porque no me quedaba otra cosa.

Tocadiscos del tiempo Mga kuwentong kahuhumalingan mo. Tumuklas ngayon