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Desde afuera parece que todo terminó. Que ya no somos nada. Que lo de Jere y yo fue solo una historia más, de esas que se olvidan con el tiempo. Pero no. La verdad es que, aunque cortamos, aunque todo se fue a la chucha por culpa de ese atraso que me asustó hasta el alma, seguimos viéndonos. Nos seguimos comiendo. A escondidas. Como si fuera pecado, como si fuera droga.

Yo soy Giuliana, o Giuli pa' los que me conocen. Tengo 16 y vivo con mi vieja y el Benja, mi hermano de 17. El loco es terrible buena onda, pero ni se imagina que cada vez que digo "voy a ver a una amiga", en verdad voy a los brazos del Jere. Jere Klein. El turro que me enseñó lo que era amar de verdad y también lo que era cagarse de miedo.

Todo empezó raro. Un día nomás no me bajó. Yo toda asustada, no sabía qué hacer. El Jere se lo tomó peor. No sé si fue el cagazo o el amor, pero decidió alejarse. "Pa no seguir metiendo las patas", dijo. Puras excusas. Igual nos seguimos viendo. Igual se me siguen cerrando los ojos cuando siento su perfume cerca.

Terminamos sin habernos terminado.

Ese día estaba pa' la cagá. Mi vieja no me pescaba, el Benja andaba metido en sus weás y yo solo quería olvidarme del mundo. Así que agarré mi bolso, me puse la polerita más apretada que tenía y le escribí al Jere: "¿Tai?"

No pasaron ni dos minutos y ya me había contestado con la ubicación. Ni un "hola", ni un "te extraño". Solo eso. Pero yo sabía que con él nunca se necesitaban muchas palabras. Me fui no más, sin decir nada en la casa, y partí directo pa' su depto, ese donde vive solo, donde siempre terminamos haciendo puras cagás.

Cuando abrí la puerta, lo vi. Estaba sin polera, fumándose un pucho en la ventana, con esa cara de turro que me vuelve loca. Pero no se rió, no me abrazó ni nada.

—¿Y voh de dónde venís tan arreglá? —me tiró de una, con esa voz ronca que pone cuando está con celos.

—No estoy arreglá —le dije bajito, sabiendo que estaba mintiendo—. Me arreglé pa' mí.

Se me acercó lento, mirándome como si fuera de otro. Como si ya no fuéramos los mismos. Y me agarró la cara con una mano, suave, pero con ese toque dominante que siempre me hizo derretirme.

—¿Con quién estuviste, Giuli?

—Con nadie po... Jere...

—No me hueís —me cortó, más cerca, respirándome en la boca—. Voh jurai que soy weón.

No dije nada. No tenía cómo demostrarle que no era así. Pero él tampoco me dio tiempo pa' explicarle. Me empujó suave pa' atrás hasta que choqué con la muralla. Me besó con rabia, de esa que te cala los huesos, y me mordió el labio como pa' dejarme callada.

—Voh soy mía, aunque me odiís, aunque digai que no. No me vengan con weás.

Y me lo decía mientras me levantaba la polera, mientras me apretaba la cintura con esas manos grandes que ya sabían cómo tocarme. Yo no resistí. No quería. Quería que se le pasaran los celos a su manera. A la manera que siempre usábamos pa' arreglarnos: con el cuerpo, no con palabras.

Me tiró a la cama y se sacó la ropa sin decir nada más. Y yo lo miraba, caliente, deseándolo, odiándome por no poder odiarlo.

—¿Así que vení de otro lado? —me dijo en voz baja, mientras se metía entre medio de mis piernas—. Pagai con sexo entonces, ¿ah?

Y fue así. Celos, rabia, deseo, todo mezclado. Me lo hizo lento primero, mirándome fijo, agarrándome de los muslos como si quisiera dejarme marcada pa' que nadie más me mirara. Después se volvió más salvaje, más fuerte, como pa' descargar toda su inseguridad en mí. Y yo me dejé, porque él era mi adicción.

Terminamos transpirados, enredados en las sábanas, sin decir nada. Solo se escuchaba su respiración pesada y mi corazón acelerado. Me abrazó por detrás, me besó el cuello y me susurró:

—No me gusta compartir lo que es mío.

Y aunque sabía que eso no era amor sano, igual me acomodé entre sus brazos. Porque, en el fondo, yo tampoco lo quiero compartir.

Después de que terminamos esa locura, quedamos callaítos. El Jere prendió otro pucho, como siempre, con esa manía suya de fumar después del sexo, y yo me quedé tapada hasta el cuello, mirando el techo. Sentía ese vacío raro... esa wea que te queda cuando lo das todo, pero no sabís si te están devolviendo algo.

Me giré y lo miré. Tenía los ojos entrecerrados, como si estuviera en otro planeta, pero yo no quería más silencio. No esa noche.

Le agarré la cara con mis dos manos, como lo hacía antes, cuando todavía éramos pololos y yo era su regalona. Le acaricié los cachetes con los pulgares, con miedo, pero con rabia también, y le solté:

—Jere... ¿me amái de verdad o soy solo lujuria pa' voh?

El loco me miró. Ni se movió. Solo me acarició el brazo, como si eso bastara pa' calmarme, pero a mí me dolía. Me dolía su silencio, me dolía que siempre resolviera todo con el cuerpo, nunca con el corazón. Y justo cuando pensé que no iba a decir nada, al fin habló.

—Giuli... si no te quisiera, no estaríai acá po. ¿Creí que le abro la puerta a cualquiera?

—No me digai eso si voh sabís que a veces parece que sí... —le respondí, mordiéndome los labios, con los ojos húmedos.

Él dejó el pucho de lado, se inclinó sobre mí y me empezó a besar lento, suave, como si quisiera pedir perdón sin decirlo. Su mano bajó por mi cuello, por mis tetas, por mi guata, hasta que me tuvo entera pa' él de nuevo. Pero esta vez, sus besos no eran de deseo no más... eran como tristes, como si estuviera escondiendo algo.

—No te quiero con otros —me dijo de pronto, con la voz ronca, sus labios pegados a mi oreja—. Si te veo con otro weón, lo reviento. ¿Escuchaste?

—¿Y vos? ¿Cuántas minas tenís pa' entretenerte? —le respondí, sin miedo, con el pecho apretado.

—Yo puedo hacer lo que quiera —me tiró altiro—. Pero vos no. Vos soy mía.

Y ahí volvió a tocarme con rabia, con celos, con esa obsesión que no sé si es amor o solo necesidad. Me besó con fuerza, me agarró como si quisiera dejarme marcada pa' siempre. Y por dentro, yo lloraba un poco, porque aunque su cuerpo lo tenía todo mío... su corazón, no sabía si alguna vez me había pertenecido.

Pero me quedé. Porque cuando Jere me toca, se me olvida todo. Hasta lo que merezco.

Amor y deseoStories to obsess over. Discover now