-olvide firmarla...-

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Desde que se despertó, Nam-Gyu sentía que el aire era más denso de lo habitual. Su corazón latía más rápido, y no por el desayuno que apenas había probado, sino por algo que llevaba escondido en su mochila: la carta.

No tenía nombre. No tenía firma. Solo tenía todo lo que no se había atrevido a decir en voz alta.

—¿Estás listo? —preguntó Seon-nyeo desde la puerta.

Nam-Gyu asintió en silencio, tragando saliva. Se subió al auto con las manos sudorosas, mirando por la ventana mientras el paisaje pasaba más rápido de lo que le gustaría. Todo dentro de él le decía que se arrepintiera. Pero ya no podía dar marcha atrás. Era hoy. Tenía que ser hoy.

Llegaron más temprano de lo habitual. El colegio todavía estaba medio vacío, con pasillos en silencio y luces apagadas en algunas salas. Nam-Gyu caminó con paso ligero hasta los casilleros. Miró a los lados. Estaban solos.

Sacó la carta de su mochila. Doblada cuidadosamente, escrita con esfuerzo y a ratos con lágrimas contenidas, la depositó dentro del casillero de Su-bong. Luego cerró la puerta, contuvo el aliento y se fue rápidamente hacia su sala.

Al sentarse en su pupitre, su corazón se detuvo un momento. Abrió los ojos, como si acabara de caer en cuenta de algo.

—No la firmé...

Sintió que la sangre le bajaba a los pies. Se llevó las manos al rostro. ¿Cómo había olvidado algo tan importante? ¿Cómo iba Su-bong a saber que era de él?

Y justo en ese momento, la puerta de la sala se abrió lentamente.

—¿Estás aquí tan temprano? —preguntó una voz ronca, todavía adormecida.

Nam-Gyu levantó la mirada y se encontró con los ojos azules que conocía mejor que nadie. Su-bong estaba ahí, despeinado, con la mochila al hombro, mirándolo con curiosidad.

—¿No podías dormir tampoco?

Nam-Gyu negó lentamente con la cabeza.

—¿Quieres que salgamos a caminar un rato? Odio estar aquí cuando está tan silencioso —dijo Su-bong, sin esperar respuesta.

Nam-Gyu lo siguió sin decir palabra.

Caminaron por los pasillos vacíos. El sonido de sus pasos resonaba en el edificio. Nam-Gyu se sentía como si estuviera a punto de explotar por dentro. Cada segundo que pasaba, se preguntaba si Su-bong ya habría visto la carta. Si la habría leído. Si la había reconocido.

Pero no decía nada.

Llegaron al casillero de Su-bong. Este lo abrió con una llave y frunció el ceño al ver un papel doblado en el fondo.

—¿Qué es esto...? —dijo, sacándola.

Nam-Gyu contuvo la respiración.

Su-bong la abrió y comenzó a leer. Sus ojos se movían lentamente de un renglón a otro. Su expresión no cambiaba, pero tampoco se reía ni parecía molesto. Cuando terminó, levantó la vista.

—¿Una carta...? —susurró. Luego, giró el papel. Buscó con la mirada en las esquinas. Frunció el ceño—. No está firmada. ¿Quién deja una carta sin firmar?

Nam-Gyu tragó saliva.

—Tal vez alguien que no tuvo el valor —dijo en voz muy baja.

Su-bong rió por lo bajo.

—Eso es tonto. Si vas a decir algo así, por lo menos ten el valor de poner tu nombre. —Le dio un pequeño codazo amistoso a Nam-Gyu—. ¿No crees?

『Callarme dolía menos』Stories to obsess over. Discover now