El Hijo de la Luna y el Dios del Sol

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Capítulo 1. El nacimiento de un secreto bajo la lluvia

Era una noche inusualmente fría y lluviosa en las calles de Tebas. El cielo descargaba un aguacero que retumbaba sobre los tejados de la casa de banquetes más famosa del distrito rojo. En su interior, un grupo de mujeres —prostitutas y felatrices— se afanaba alrededor de una cama improvisada. El aire estaba cargado de incienso, vino agrio y el miedo que se disfraza de urgencia.

—¡Empuja, Iset! —gritó Neferura, la más vieja del grupo, mientras sostenía las manos sudorosas de su amiga—. ¡Empuja ahora, o perderás al bebé!

—No… no puedo… —jadeó Iset, una mujer de cabellos negros y ojos delineados con kohl, mientras su rostro se contorsionaba de dolor.

—¡Sí puedes! —la animó Hameit, mientras exprimía un paño para limpiar la frente de Iset—. ¡Esta lluvia es una bendición! Tapará tus gritos… ¡Empuja, por los dioses!

Un último alarido rompió el silencio y, entre fluidos y sangre, un llanto resonó. Neferura alzó al bebé hacia la tenue luz de la lámpara de aceite.

—Es… es un niño —dijo con la voz temblorosa.

Iset se derrumbó en llanto.

—No… no puede ser… si es varón… en el templo de Amón o aquí… no me dejarán quedármelo…

Neferura le tomó el rostro.

—Mírame. Nosotras cuidaremos de ti. Tu secreto morirá con nosotras. Nadie debe saber que es un varón.

Iset sollozó mientras tomaba al bebé en brazos. Las llamas danzantes iluminaban la piel del niño: blanca como la luna llena, con un mechón de cabello tan pálido que parecía plata.

—¿Recuerdas quién es el padre? —preguntó Neferura con cautela.

Iset negó con un susurro.

—No lo sé. Fue en aquella orgía del templo de los dioses faraones… solo recuerdo que estaba tan mareada… —acarició la mejilla del niño—. Prometí que si tenía un hijo lo llamaría Alía… —sonrió entre lágrimas—. Ese será tu nombre, pequeño Alía.

El bebé abrió los ojos, dos orbes claros como el amanecer del Nilo.

—Miren su piel… —musitó Hameit—. Es como la de los hombres del norte… jamás vi un egipcio tan blanco…

Esa semana, Iset escondió a Alía como pudo. Sus amigas ayudaban a distraer a cualquiera que merodeara cerca de su cuarto. Una tarde, Hameit entró con un pequeño vestido de lino teñido de rosa.

—Iset, aquí tienes. Es un vestido de niña… si lo ven, pensarán que es mujer.

—Gracias, hermana… —dijo Iset, abrazándola con alivio.

Días después, el jefe de la casa de banquetes, un hombre de panza prominente y mirada inquisitiva llamado Khay, llegó con pasos pesados.

—Iset… —dijo con voz ronca—. Me he enterado de que diste a luz. ¿Qué sexo es el niño?

Iset se arrodilló rápidamente, su corazón latiendo como un tambor.

—Es… es mujer, mi señor —balbuceó, mostrando a Alía envuelto en el vestido.

Khay lo observó con atención. Sus cejas se arquearon al ver la piel blanca.

—Nunca vi este color de piel… —dijo con recelo—. ¿Acaso te acostaste con esos extranjeros que traen cargamentos al puerto?

—No, mi señor… solo con hombres de la casa o enviados del templo —aseguró ella.

Khay reflexionó, acariciándose la barba.

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⏰ Last updated: Jun 27, 2025 ⏰

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