(2011)
Me llamo Iván León Salvat, y por allá del 2011 con quince años, si lo fui.
No tenía todo, pero me alcanzaba.
La vida era un recreo largo y tibio.
Una especie de descanso infinito entre deberes mal hechos y meriendas improvisadas.
Jugaba al fútbol con los pibes del barrio,
en una canchita de tierra que parecía resistirse al olvido.
El arco era un par de piedras, y los botines, a veces, unas zapatillas gastadas.
Corríamos hasta que el sol se caía, y no nos importaba la hora,
ni el frío, ni los gritos lejanos llamándonos para volver a casa.
Aparte de eso...
me gustaba escribir historias raras que no entendía nadie.
Eran como dibujos sin forma, pensamientos que salían sin permiso.
Mis cuadernos estaban llenos de mundos rotos, criaturas tristes,
finales que nadie pedía, pero que igual escribía.
En casa, la música sonaba como si protegiera las paredes.
Un escudo invisible contra el silencio de la noche.
El flaco, Pappo, Iorio...
mi vieja ponía esos discos como quien enciende una vela para espantar los fantasmas.
Y yo, mientras tanto, soñaba con tener una guitarra.
Recuerdo que en la escuela me sentaba cerca de la ventana.
No solo por mirar el cielo, sino por sentir que siempre había una salida, aunque no supiera a dónde.
A veces llovía y las gotas bajaban lentas por el vidrio,
y yo las seguía con el dedo, como si pudiera controlar algo.
Y cuando salía corriendo, después del timbre,
éramos un ejército de risa y tierra bajo las uñas.
Las mochilas medio abiertas, los guardapolvos sucios.
Con los pibes íbamos a los cibers.
Jugábamos al Dota como si fuera una guerra real.
Gritábamos, puteábamos, festejábamos.
Era como vivir otra vida dentro de una pantalla de tubo.
Una tarde, en la ciudad, metidos en uno de esos locales que olían a plástico caliente y teclado gastado,
un tipo se nos acercó.
Quiso hablar, ofrecía "más horas para jugar",
pero algo en su voz temblaba, como si escondiera algo.
La piel se me erizó sin saber por qué.
La seguridad del lugar se dio cuenta, y le dijeron que pague o rajaba de ahí.
Nos miramos sin entender,
y aunque seguimos jugando como si nada,
algo quedó adentro mío.
Un presentimiento, una grieta mínima.
Algo que no se fue más.
Metiéndome mas en lo cotidiano...
También me acuerdo de ella, Sheena, no era gringa ni nada,
pero parece que su viejos eran ramoneros, je...
Recuerdo que cuando le hable por primera vez fue una conversación chistosa jaja.
"Che ¿vos como te llamas? ¿entendés algo?" y ella respondió: "No, la verdad esta profe no la entiendo... y me llamo a si mirá" mientras escribía con lapiz en su cuadernito: "Shina". Diciéndome:"mirá, a si se pronuncia, es como raro pero me gusta... pero en realidad se escribe a si mirá" A si comenzamos una amistad que ya desarrollada, no nos separaban ni aunque nos partan a la mitad a ambos.
También...
A Sheena le gustaba leer cosas raras, de esas que no entendés hasta que te atraviesan.
No compartíamos muchos gustos,
pero los dos escribíamos.
Eso bastó para acercarnos.
Las palabras eran puentes, y sin querer, los cruzamos.
Nunca dejé de quererla.
Ni cuando crecimos y la vida nos fue llevando por esquinas diferentes.
Era mi primer amor,
y sin saberlo, fue también mi primer refugio.
Esas palabras que compartíamos fueron lo más puro que toqué con mis manos.
No había mentira en ellas.
No había miedo.
Solo una sinceridad que, ahora que lo pienso, se extraña.
De a poco, las noticias me golpeaban.
Robos, violencia, miedo.
Yo escuchaba en la tele que el mundo era peligroso.
Las voces eran frías, hablaban de estadísticas, de inseguridad.
Pero para mí no eran números.
Eran rostros, eran esquinas por las que ya no se podía caminar igual.
Me juré a mí mismo que algún día iba a hacer algo.
Que iba a ayudar a mi familia.
Que iba a ser alguien del que estar orgulloso.
Un escudo, un abrigo, un faro.
Algo.
Pero no todo lo aprendí por la pantalla de la TV.
Una noche larga, papá no volvió.
Mamá se puso rara, nerviosa.
Quiso distraerme, contarme chistes,
me cebó un mate sin azúcar, me acarició el pelo.
Pero algo en sus ojos decía otra cosa.
Una sombra que no combinaba con su voz.
Al día siguiente, papá apareció.
Tenía los ojos apagados, como si los hubiera dejado en otra parte.
Le contó a mamá, en voz baja, que lo habían amenazado con un arma.
Dos pibes.
Le sacaron todo.
Y nada más por suerte...
Yo, desde la habitación, escuchaba.
La radio seguía sonando bajito, como para no molestar al dolor.
Y ese día, sentí que el mundo ya no era mío.
Que algo se rompía,
no afuera, sino adentro.
Y que crecer iba a doler mucho más de lo que imaginaba.
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Ya no es...
PoetryIván ya no es... ¿Qué no es?. Entre partidos en la calle, el primer amor y canciones que lo acompañaban, Iván creyó que la vida era más o menos simple. Pero un día las cosas cambiaron, sin aviso. Empezaron a aparecer esas miradas raras, los silenci...
