capítulo. 1

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El Fastidio del Pequeño.

Después de los acontecimientos del día en que el Cuarto Hokage murió, sacrificándose por el bienestar de la aldea, el Tercer Hokage retomó el mando. Nadie en la aldea conocía la verdad: el Cuarto Hokage tenía un hijo. Se creyó que había perecido junto a su esposa embarazada, sin dejar descendientes. Sin embargo, los líderes de la aldea sabían la verdad: el bebé fue el único sobreviviente del ataque del Zorro. Pero su egoísmo los llevó a ocultar esa verdad.

Un lapso de tiempo transcurrió. En la aldea, un pequeño niño rubio de ojos azules caminaba por las calles, mientras los aldeanos lo miraban como si fuera un monstruo, por contener al Zorro de Nueve Colas. Para nuestro protagonista, la fachada de tonto y ruidoso salía a la luz, pero en sus pensamientos solo había una cosa:

"Maldita sea, estos estúpidos aldeanos son unos idiotas. Ellos son los monstruos. Y luego está esa chica Uchiha. Se cree muy astuta, pero cada vez que estamos sentados en la academia, se me queda viendo. Según ella se hace la distraída, pero cómo la odio. Y odio aún más a la estúpida de Sakura, porque una vez a esa Uchiha se le olvidó un lápiz y me pidió el mío; en el receso, ella y su club de fanáticas me golpearon. ¡Cómo odio esta aldea!"

Con cada paso, el pequeño Naruto, envuelto en su monólogo interno, sentía cómo la rabia y el resentimiento se acumulaban. Sus pies descalzos, curtidos por la tierra y el asfalto, parecían resonar con el eco de sus pensamientos amargos.

"Y no solo es Sakura," continuó la voz en su cabeza, un susurro cargado de frustración. "Sus amigas son igual de fastidiosas. Se creen muy listas por andar detrás de la Uchiha, pero solo son unas cobardes. También me golpearon, igual que ella. Y no había nadie, absolutamente nadie, que me ayudara. Ni un solo adulto que dijera algo, ni un solo chūnin que se preocupara. Se hacen los de la vista gorda, como si fuera normal que un niño sea golpeado en la calle."

La imagen de los golpes, los empujones y las risas crueles de las otras niñas se grababa a fuego en su memoria. Naruto apretó los puños, la sonrisa forzada en su rostro temblaba por un instante, apenas perceptible. La fachada de "niño tonto" era cada vez más pesada, un disfraz que le arañaba el alma. La verdad era que cada día odiaba más Konoha, el lugar que se suponía que era su hogar.

Naruto, con el peso de la amargura en cada paso, se desvió del camino principal, buscando refugio en el corazón del bosque denso que bordeaba Konoha. No era un lugar al que muchos se atrevieran a ir, pero para él, era un santuario secreto, un respiro del odio constante. Se adentró entre los árboles, las hojas crujiendo bajo sus pies mientras el bullicio de la aldea se desvanecía lentamente.

Finalmente, llegó. El sonido apacible del agua lo guio hasta una cascada escondida, un velo plateado que caía sobre un estanque cristalino. La vista era hermosa, un contraste brutal con la fealdad que sentía por dentro. Se dejó caer a la orilla del río, con un suspiro pesado que intentaba expulsar la furia y la desesperación.

"Nadie me ayuda," pensó, la voz resonando en el silencio de su escondite. "Ni siquiera el viejo. Mi 'abuelo adoptivo', Hiruzen. El Tercer Hokage. También se hace la vista gorda. Solo dice que es 'temporal', que 'mejorará'. ¿Cuándo? ¿Cuándo va a mejorar? ¡Ni siquiera tengo una casa! Tengo que dormir en cartones mojados y en la calle, como un perro."

Miró sus manos, y un escalofrío que no era de frío lo recorrió. Las vio ponerse de un blanco puro, como si fueran a congelarse, pero no sentía el helor gélido. Esa fría palidez reaccionaba con su ira helada, con la quietud mortal que se apoderaba de él cuando el dolor se volvía insoportable. Con otro suspiro, más profundo esta vez, frotó sus manos, intentando calmar no solo la extraña sensación física, sino también la tempestad que rugía en su alma y la ira que amenazaba con consumirlo.

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