Algo en mi arde

482 28 8
                                        

.

El viento soplaba suavemente en el bosque que rodeaba la sede del Cuerpo de Cazadores. Las hojas danzaban con un ritmo tenue y persistente, como si compartieran un secreto entre susurros. En medio de ese mundo verde, donde la sangre se mezclaba con la tierra y las cicatrices eran medallas silenciosas, Tanjiro Kamado caminaba en silencio... solo.

Sus sandalias golpeaban la madera del corredor exterior. Era temprano, el cielo aún enrojecido por el amanecer. Su respiración era tranquila, pero sus pensamientos eran un caos lento y oscuro.

Había vuelto de una misión agotadora hacía menos de un día. La herida en su brazo aún ardía, pero eso no lo detenía. Nada podía detenerlo cuando se trataba de él. De Zenitsu.

Giró la esquina, como si fuera por inercia, y lo vio.

Zenitsu estaba sentado bajo el cerezo del patio. El sol apenas tocaba su cabello dorado, haciéndolo brillar como si lo envolviera una corona de luz. Tenía los ojos cerrados, con una expresión de melancolía tranquila, y una cajita de madera en sus manos. No era la suya; era una que él mismo había construido para guardar pequeñas flores secas que recogía en sus viajes. Tanjiro sabía eso porque lo había visto hacerlo. Lo había observado en silencio más veces de las que se atrevía a contar.

Y entonces, la escena se arruinó.

Genya apareció detrás de él.

Se acercó sin hablar, sin anunciarse, como siempre hacía, con ese andar hosco y simple. Zenitsu abrió los ojos, y su rostro cambió. Una sonrisa nerviosa y cálida curvó sus labios.

—¡Genya! —exclamó, y su voz... su voz sonó distinta. Alegre. Sincera. Casi rota de ternura.

Tanjiro lo sintió como una piedra estrellándose en el fondo de su estómago.

Genya se sentó junto a él, demasiado cerca. Hablaban en voz baja. Zenitsu reía entre murmullos. Se inclinaba, se sonrojaba. Y aunque no se tocaran, Tanjiro vio los hilos invisibles que los unían.

Y entonces supo, sin lugar a dudas, que Genya ya no era solo un amigo.

Zenitsu estaba enamorado.

Pero de la persona equivocada.

Tanjiro no se fue. No podía. Se quedó oculto entre las sombras del pasillo, mirando. Analizando. Sufriendo.

Porque él también había amado a Zenitsu, desde mucho antes. No como un hermano ni como un amigo.

Él lo había deseado.

En las noches de misión, cuando Zenitsu lloraba de miedo, Tanjiro deseaba poder abrazarlo hasta que el mundo se callara.

En las tardes cuando entrenaban, y Zenitsu se quejaba por todo, él pensaba que incluso sus gritos eran lindos.

Y cuando se dormía junto a él, con la cabeza recostada sobre su hombro, lo único que Tanjiro quería era no moverse nunca más.

Pero eso ya no bastaba.

Zenitsu había hecho su elección.

Y no era él.

Esa noche, Tanjiro no durmió.

Se sentó en el tejado, con la vista perdida entre las estrellas. Tenía una flor seca en la mano: una que Zenitsu había dejado caer sin darse cuenta. La apretaba entre los dedos con tanta fuerza que parte del tallo se quebró.

Pensó en la sonrisa de Zenitsu.

Pensó en cómo temblaba cuando lo elogiaban, en cómo se escondía detrás de su haori cuando se sentía intimidado.

Él era todo lo que Tanjiro quería proteger.

Y Genya no entendía eso. Genya no tenía la sensibilidad para cuidarlo con ternura. Genya no había estado con él desde el principio. No cuando lloraba por cada misión, no cuando decía que no quería morir.

No como Tanjiro.

"Te lo voy a quitar," pensó.

"No me importa cómo ni cuándo. Solo sé que no te lo mereces."

Sus ojos carmesí brillaron bajo la luna.

Al amanecer, Tanjiro encontró a Zenitsu entrenando. Se acercó con su sonrisa amable, esa que usaba con todos. Pero sus palabras estaban cuidadosamente elegidas.

—Te ves cansado —dijo, pasándole una botella de agua—. ¿No has dormido bien?

Zenitsu lo miró con sorpresa y una risita nerviosa.

—No mucho. Genya me llevó a recoger algunas cosas para la misión de esta semana... Se hizo tarde.

Tanjiro sonrió. Pero por dentro, algo crujió.

—Genya, ¿eh?

—Sí... bueno... —Zenitsu se rascó la nuca, tímido—. Estamos... saliendo, creo. Nada serio. Pero me gusta. Es... diferente.

Tanjiro inclinó la cabeza.

—¿Diferente cómo?

—No lo sé... Es como si me viera sin que tenga que gritarle "¡mírame!" todo el tiempo.

Tanjiro se quedó quieto unos segundos. Luego asintió.

—Entiendo.

Pero no entendía. No podía. Porque Genya no tenía derecho. No sabía cuántas veces Zenitsu había querido rendirse. No sabía cómo temblaba después de cada batalla. No sabía cómo a veces, Zenitsu le rezaba en voz baja a su abuela fallecida para que no lo dejaran solo.

Tanjiro lo sabía todo.

Y en su interior, una voz se volvió cada vez más clara.

"No me vas a quitar lo que es mío."

Solo para miDonde viven las historias. Descúbrelo ahora