Prólogo- Donde el juramento no muere.

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Por Moon Writing

"Algunos vestigios aún arden. No en fuego, sino en remembranza."

El cielo estaba enfermo. Gris, opaco, inerte. Como si la luz hubiera decidido no descender jamás sobre ese pedazo de tierra. La brisa (si es que podía llamarse así) no traía frescura, sino un sabor seco, como de algo que había muerto hace siglos y aún insistía en quedarse.

Los muros estaban caídos. La piedra, ennegrecida. Las estatuas de los santos... decapitadas.

Una vez, este lugar fue sagrado. Un templo, un amparo, sí, pero también un faro. Para peregrinos. Para huérfanos. Para almas perdidas.

Y ahora solo quedaba ella.

Thara Morn no lloraba. Había olvidado cómo.

Pero los ojos le dolían. No por lágrimas, sino por la ceniza que aún se desprendía de los restos del altar. Como si la fe se negara a extinguirse del todo.

Su armadura, antes blanca como la pureza, ahora era negra como la noche sin luna. Resonaba con cada paso. No por peso... sino por memoria.

El sonido del metal sobre piedra vacía era todo lo que respondía a su presencia. No había cánticos. Ni voces. Ni plegarias.

Solo el eco.

Solo sus pasos.

Solo ella.

Se detuvo donde una vez se alzó la estatua de su dios. Ya no quedaba más que una base rota, y fragmentos dispersos como huesos. La mano de mármol que alguna vez sostuvo la promesa del mundo yacía entre la tierra, rota en dos, cubierta de polvo.

Thara se arrodilló, no por devoción, sino por costumbre.

Sus labios se movieron. No para rezar... sino para recordar cómo se hacía.

—Volveré —susurró. Pero su voz sonó más como una herida que como una promesa.

Nadie respondió.

"Mi dios cayó en silencio. Pero yo no."

Desde entonces, había vagado dentro de las ruinas de lo que una vez, ya hace mucho, llamó hogar. Sin tener un destino.

Su juramento aún ardía en su pecho, pero lo hacía como una brasa bajo la carne. No era calor. Era una quemadura que marcaba su alma.

No lo hacía por fe.

No lo hacía por justicia.

Ni por gloria.

Ni siquiera por venganza.

Lo hacía porque seguir caminando era lo único que quedaba entre ella... y el olvido.

Y aún no estaba lista para desaparecer.

Se levantó.

La capa ondeó con el viento como un sudario flotante.

Ceniza cayó de su hombrera.

Sus dedos temblaron al tocar la empuñadura de la espada, como cada vez que pensaba en desenfundarla.

Y sin mirar atrás, Thara Morn abandonó las ruinas.

Con la espalda recta.

Con el alma rota.

Donde el juramento no muere... comienza el luto eterno.

luto eternoWhere stories live. Discover now