Prólogo - El Elevador

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Las luces parpadeaban débilmente.
Un zumbido constante vibraba en las paredes metálicas.
Asvell se miró las manos. No recordaba haber entrado al elevador, pero ahí estaba. De pie. Solo. Sin saber cómo había llegado.

El tablero de botones brillaba con números apagados, pero el botón del piso 5 resplandecía con un tenue rojo.
Un "ding" quebró el silencio.

Las puertas se abrieron lentamente.

Un pasillo oscuro se extendía más allá de su visión, como si la misma realidad se desvaneciera más allá del umbral.
El aire se volvió pesado.
Asvell se acurrucó contra la pared del fondo, instintivamente comenzó a presionar los botones una y otra vez, tratando de cerrar la puerta.
Nada.

Entonces... los escuchó.

Tac... tac... tac...

Sonaban como tacones... pasos lentos, firmes, resonando en el pasillo vacío.

-No... -susurró, como recordando algo lejano.

Las palabras que había leído en aquella página maltratada en internet volvieron a su mente:

> "Si en el juego del elevador escuchas a una mujer, no la mires. No le hables. No la reconozcas. Haz como que no existe o morirás."

La figura apareció.

Primero un vestido oscuro.
Luego unas manos pálidas.
Pero su rostro... permanecía en las sombras.

Ella no miraba a Asvell.
Y él tampoco se atrevía a mirarla.

Sin embargo, la mujer entró al elevador...
Y se colocó justo detrás de él.

Asvell sintió el calor de su aliento sobre su oído izquierdo.
Sintió cómo su espalda rozaba su pecho.
Un escalofrío le recorrió la columna vertebral.

Entonces la mujer habló, su voz era dulce y peligrosa como una promesa rota:

-¿No sientes... que naciste en el lugar equivocado?

El corazón de Asvell latía con fuerza. Pensó que tal vez... esto era una broma. ¿Antonio? ¿Víctor? ¿Sandra?
Tal vez lo estaban grabando...

Respondió en voz baja, tratando de mantener la calma.

-Muchas veces siento... que no pertenezco aquí...

La mujer rió muy bajo, como si hubiera esperado esas palabras toda su vida.

-Lo sabía... -susurró cerca de su oído-. Al fin... te encontré.

Ding.

Las puertas se cerraron sin que él las tocara.
El elevador comenzó a moverse... pero en el tablero los números subían: 6... 7... 8...
Sin embargo, Asvell sintió el vértigo: sabía que estaban bajando. A gran velocidad.
Su estómago se comprimía.
Su mente no entendía.

Piso 10.
Ding.

Las puertas se abrieron.
La mujer, en un movimiento tan rápido como imposible, lo volteó de golpe y lo miró a los ojos.
Su rostro era hermoso. Familiar. Y sin embargo, inquietante.

Ella sonrió.
Y dijo:

-Aquí es donde debes estar.

La oscuridad lo engulló.

-¡AGH! -Asvell despertó sobresaltado, bañado en sudor, jadeando con fuerza.

Estaba en su cama.
En su cuarto.
Las luces apagadas.
Susurraba su nombre entre dientes, intentando calmarse.

Pero algo... no estaba bien.

Algo... había venido con él.

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