¿Quién eres?

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El sonido de la lluvia comenzaba a oírse, fina y constante, como si el cielo no pudiera decidirse entre llorar o callar. Las gotas que caían como si fuera una plegaria sin dios, al menos así lo recuerdo.

El sonido de las mismas contra los cristales era lo único que rompía el silencio en aquella habitación sombría.

Caían con la suavidad de un secreto. Aquel tipo de lluvia que parece llegar no desde el cielo, sino desde el interior del pecho.

En la casa que habíamos compartido durante treinta y cinco años, el aire estaba cargado de ecos, como si los muros repitieran los nombres que ya nadie decía.

El silencio se había vuelto tan habitual como mi propia sombra. Recorría los pasillos como un amante viudo, pero Louis, su adorado Louis, no estaba muerto. Solo... se había ido.

Louis de Pointe du Lac había sido mi todo desde aquella noche lejana en Nueva Orleans, cuando lo vi por primera vez bajo la luz enfermiza de un farol de gas. Ese hombre de piel color canela, de ojos tristes y gestos medidos, caminaba como si la noche fuera su aliada, y yo... yo supe que mi eternidad había comenzado en ese instante.

Treinta y cinco años...

Treinta y cinco años viéndolo leer en voz baja, cazar con una elegancia inalcanzable, escribir pensamientos en libretas que nunca me dejaba leer. Lo conocía como se conoce un poema: de memoria, y aun así misterioso. Pero algo había cambiado en él. Ya no era su silencio, sino su falta de peso. Era como si caminara en otro plano, como si estuviera en este mundo solo por inercia. Se estaba apagando ante mis ojos. Y yo, tonto inmortal, lo dejaba.

Suspiré sin realmente necesitarlo.

Continuaba de pie junto a la ventana, mirando sin ver, atrapado en la repetición de momentos que parecían cada vez más distantes. Atrás quedaban las noches donde la risa de Louis iluminaba los pasillos, donde la quietud del mundo era un refugio compartido y no una prisión.

Pero ahora, Louis ya no reía. No con él.

—¿Dónde estás, Louis? —murmuré, no al lugar físico donde estaba mi compañero, sino al alma que sentí perdida.

Lo escucho entrar a la habitación. Louis caminaba con una gracia mecánica, sin el fuego que antes ardía incluso en sus silencios. Su presencia, antes cálida y magnética, ahora era apenas una sombra elegante con los bordes desdibujados.

—Has estado fuera otra vez... —comenté, girándome para observarlo.

—Tenía cosas que hacer —respondió Louis, sin molestarse en inventar detalles. Colgó su abrigo empapado con una parsimonia que hería más que cualquier palabra.

—¿Qué cosas? —pregunté, dando un paso hacia él.

Louis me miró finalmente. Sus ojos eran los mismos, pero había algo en ellos... una distancia, una puerta cerrada desde dentro.

—No sé por qué sigues preguntando —respondió con voz baja— Ya no importa.

"Ya no importa." Como si lo suyo hubiera sido algo que simplemente se podía archivar, empolvar, olvidar.

Recordaba noches en las que Louis hablaba durante horas, sobre arte, sobre libros, sobre lo que soñaba. Ahora sus palabras eran contadas, precisas. Frías.

Una vez, Louis me había dicho: "No me reconozco sin ti."

Ahora, era yo quien no podía reconocerlo a él.


...

Los días pasaron como hojas desprendidas por el viento. Intentaba encontrar pistas, retazos de ese Louis que había amado tanto. Traté de ser paciente...

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